19. La posición femenina

 

 

 

 

 

 

Jesús González Requena
Psicoanálisis y Análisis Textual, 2019
sesión del 2019-11-15 (1)
Universidad Complutense de Madrid
de esta edición: gonzalezrequena.com, 2020

 

 

 

 

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Lacan, Freud, la mística y el goce de la mujer

 

«No hay ningún medio para decir en que dosis son ustedes masculino o femenino, no se trata tampoco de biología, (…) es imposible dar un sentido analítico a los términos masculino o femenino.»

[Jacques Lacan: (1966-1967 (14) La lógica del fantasma\1967-04-19 (16)]

 

«Si hay un punto en el análisis en el que se sostiene tranquilamente lo que les señalé, que no hay relación sexual, es en que no se sabe qué es la Mujer. (…)

«¿Qué es sino una denegación atribuirle como carácter no tener lo que precisamente nunca se trató de que tuviera? Con todo, solo desde este ángulo la Mujer aparece en la lógica freudiana -un representante inadecuado, al lado, el falo, y después la negación de que ella lo tenga, es decir, la reafirmación de su solidaridad con ese chirimbolo, que puede ser su representante pero que no tiene ninguna relación con ella. Esto por sí solo debería darnos una breve lección de lógica y permitirnos ver que lo que falta al conjunto de esta lógica es precisamente el significante sexual.

[Jacques Lacan: (1968-1969 (16) De un otro al otro\1969-03-12, p. 207-208.]

 

Aquí nos detuvimos el último día.

 

Les mostraba entonces como Lacan, en una toma de posición que contradecía lo afirmado por Freud, afirmaba que es imposible dar un sentido analítico a los términos masculino o femenino.

 

Y, muy especialmente: que no habría significante de lo femenino.

 

¿No lo habría? ¿No lo hay? ¿No les parece este un enunciado absurdo? Pues pienso que es absurdo decir que no existe el significante de lo femenino, cuando es obvio que ese significante existe, y es, muy precisamente, el significante «femenino».

 

Esto quizás les parezca una perogrullada.

 

Pero miren, más bien la perogrullada es lo otro: afirmar que no existe un significante que existe.

 

Pues los significantes no son entidades enigmáticas de existencia más o menos dudosa. Los significantes son los significantes. Cada lengua tiene los suyos y ustedes pueden encontrarlos listados en sus diccionarios.

 

En todo caso, ya saben a donde conduce la especulación lacaniana.

 

La inexistencia de ese significante que existe volvería impensable el goce de la mujer.

 

«(…) nosotros sabemos muy bien que el goce femenino queda afuera. No sabemos ni una palabra sobre el goce femenino»

[Jacques Lacan: (1967-1968) El acto psicoanalítico (15)]

 

Por mi parte, ya saben, creo que lo sensato es volver a Freud.

 

Les daré un motivo de peso para hacerlo.

 

Se trata, sencillamente, de esto: la posición de Lacan no muestra ninguna utilidad a la hora de leer el Cántico Espiritual.

 

La de Freud, en cambio, se presenta extraordinariamente apropiada para esa tarea.

 

«No carece de importancia tener presentes las mudanzas que experimenta, durante el desarrollo sexual infantil, la polaridad sexual a que estamos habituados. Una primera oposición se introduce con la elección de objeto, que sin duda presupone sujeto y objeto. En el estadio de la organización pregenital sádico-anal no cabe hablar de masculino y femenino; la oposición entre activo y pasivo es la dominante. En el siguiente estadio de la organización genital infantil hay por cierto algo masculino, pero no algo femenino; la oposición reza aquí: genital masculino, o castrado. Sólo con la culminación del desarrollo en la época de la pubertad, la polaridad sexual coincide con masculino y femenino. Lo masculino reúne el sujeto, la actividad y la posesión del pene; lo femenino, el objeto y la pasividad. La vagina es apreciada ahora como albergue del pene, recibe la herencia del vientre materno.»

[Sigmund Freud: 1923 La organización genital infantil, p. 148-149.]

 

Pues el Cántico Espiritual habla del goce místico desde luego, pero lo hace utilizando como metáfora del mismo el goce de la mujer.

 

Ese es el motivo de que el poeta se ubique, en su poema, en posicion femenina. Lo que se materializa, de manera indiscutible, en el hecho de que los enunciados que profiere se declinan en femenino.

 

¿Se dan cuenta de cuál es el presupuesto que hace todo ello posible? Ni más ni menos que éste: que hay un decir del goce femenino y que es ese decir que existe -precisamente porque existe- es el que constituye la vía para hablar del goce místico.

 

Y ello no es un invento de Juan de la Cruz, sino que viene de muy antiguo.

 

Pues supongo que lo saben ustedes: el Cántico Espiritual se inspira abiertamente en El Cantar de los cantares bíblico.

 

La pregunta obligada -que no suele hacerse- es: ¿en qué estriba la relación, la semejanza si ustedes quieren, entre el goce de la mujer y el goce místico que hace posible la metáfora?

 

Una respuesta posible desde el psicoanálisis podría ser esta: que el goce místico es la sublimación del goce de la mujer.

 

Creo que esta podría ser una hipótesis de larga alcance, pero no voy a detenerme ahora a desarrollarla.

 

Observen en cualquier caso que su mera plausibilidad solo es posible a partir de la existencia, como un hecho, de ese goce.

 

Y una aclaración suplementaria.

 

Para Lacan, el goce de la mujer, ese del que dice que existe, pero del que dice igualmente que él no sabe nada, sería un goce no sexual, dado que para él

 

«El goce, en tanto sexual, es fálico.»

[Jacques Lacan (1972-1973) Aún, 1972-11-21, p. 17.]

 

Y el de la mujer, según él, no lo es, aunque ella pueda participar también de éste.

Frente a eso, es necesario afirmar que si identificamos algo como goce de la mujer, si utilizamos esta expresión, ese goce no puede ser de otra índole que sexual desde el mismo momento en que lo nombramos así: como goce -propio- de la mujer.

 

Y ello porque no hablamos del goce del individuo, del goce de la persona o del goce del ser humano.

 

Cuando hablamos del goce de la mujer hablamos del goce de los individuos que comparecen como diferenciados por su condición sexual, en este caso especificada como femenina.

 

¿Entienden lo que les digo? Hablar de un goce de la mujer que no fuera sexual pero que sería propio de las mujeres y solo de ellas sería dar al término mujer un sentido sustancial e, inevitablemente, metafísico.

 

Una mujer es un ser humano de sexo femenino, como un varón es un ser humano de sexo masculino.

 

Todo lo que postulemos de la mujer o del varón, si no lo postulamos del ser humano en general, es necesariamente porque lo ligamos a su condición sexual.

 

 


El Cántico: goce y padecimiento, actividad y pasividad

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Pues bien, exploremos ese goce del que San Juan de la Cruz nos habla..

 

Lo primero que podemos decir de él es que no puede ser confundido con el placer:

 

«ESPOSA
-¿A dónde te escondiste,
Amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huíste,
Habiéndome herido;
Salí tras ti clamando, y eras ido.»

 

pues se manifiesta en el gemido, se vive como herida,

 

«(…)
-Pastores, los que fuerdes
Allá por las majadas al Otero,
Si por ventura vierdes
Aquel que yo más quiero,
Decilde que adolezco, peno y muero.»

 

como dolor, penar y muerte.

 

«(…)
– Y todos cuantos vagan,
De ti me van mil gracias refiriendo,
Y todos más me llagan,
Y déjame muriendo
Un no sé qué que quedan balbuciendo.»

 

«(…)
-¿Por qué, pues has llagado
Aqueste corazón, no le sanaste?
Y pues me le has robado,
Por qué así le dejaste,
Y no tomas el robo que robaste?»

 

Como llaga abierta.

 

Así pues: el goce del que aquí se habla se sitúa más allá del principio del placer y, en esa misma medida, participa del dolor.

 

O dicho en términos freudianos: está del lado de la pulsión de muerte.

 

Es justo reconocerle a Lacan el haber sabido mejor que muchos otros psicoanalistas prestar atención a la afirmación freudiana de que lo que está más allá del principio del placer es la pulsión de muerte.

 

Es ahí donde Lacan sitúa el campo del goce. Por más que, como siempre, oculte sus cartas y termine generando multitud de confusiones.

 

Las cartas ocultas, en este caso, son Nietzsche por un lado, y Bataille por otro.

 

Les estoy hablando, de nuevo, de plagio.

 

Lo diré a la brava: lo que Lacan presenta en su seminario sobre la Etica del psicoanálisis como una novedad que el aporta y que justifica como una interpretación de Freud, ni es una novedad ni procede de una interpretación de Freud.

 

Se trata de Nietzsche: de ese más allá de un goce insoportable, del todo exterior al orden del lenguaje, que constituye la idea central de El origen de la tragedia.

 

¿Existe ese goce del que Nietzsche habla?

 

Sin duda.

 

Ahora bien, ¿es eso el goce? Yo digo que no. Pero no entiendan como una petulancia que lo diga así en vez de conformarme con un modesto diría.

 

Si lo digo así es porque tengo una prueba -de hecho, tengo muchas más, por más que ésta sea una de las más relevantes-; precisamente, el Cántico Espiritual.

 

Pues, como les anticipaba el otro día, el goce del que el Cántico Espiritual habla -insisto: habla, habla sobre ello, sobre ello dice- es un goce que se inscribe en el campo simbólico.

 

Y esto no es una afirmación gratuita, sino la constatación de un dato objetivo: que el motivo del goce místico es un símbolo, y no cualquiera, sino el símbolo mayor de nuestra civilización: me refiero, claro está, a Dios.

 

Y Dios -lo señalé el otro día en la discusión y debo insistir ahora en ello- es masculino en la misma medida en que es patriarcal.

 

No es esto una interpretación, sino la constatación de algo que se dice todo el tiempo en la Biblia, por más que algunos teólogos modernos se empeñen en desexualizar a Dios -digo modernos, no necesariamente contemporáneos: el Dios del panteísmo ilustrado era ya un Dios asexuado.

 

Pero no el bíblico, y tampoco el del Cántico espiritual, como queda explicitado desde su mismo título: Canciones entre el Alma y el Esposo.

 

No es mi intención detenerme ahora a analizar el Cantico.

 

Para suplir esa tarea, les he invitado a leer aquel viejo artículo mío -1997- que se llama La posición femenina en el Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz. Disponible aquí

 

Por cierto, encontrarán allí una referencia a Lacan que no es incorrecta, pero que caduca a la altura del Seminario 5.

 

Es este en cualquier caso un buen momento para señalar algo en lo que no había reparado cuando escribí aquel trabajo. Y es que en el alma femenina del Cántico encontramos la más directa expresión de esa acentuada actividad con la que la mujer busca alcanzar la posición pasiva.

 

Recuerden:

 

«Podría intentarse caracterizar psicológicamente la feminidad diciendo que consiste en la predilección por metas pasivas. Desde luego, esto no es idéntico a pasividad; puede ser necesaria una gran dosis de actividad para alcanzar una meta pasiva.»

[Freud, sigmund: (1932) Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis: 33ª conferencia – La feminidad, p. 107]

 

«-Buscando mis amores
Iré por esos montes y riberas,
Ni cogeré las flores,
Ni temeré las fieras,
Y pasaré los fuertes y fronteras.
(…)
-Apártalos, amado,
Que voy de vuelo.»

 

Nada detiene al alma en su pasión amorosa: va de vuelo, recorre montes y riberas, no se detiene ni en su más elemental narcisismo femenino, desafía a las fieras y atraviesa los fuertes y las fronteras.

 

Y hace todo eso, despliega esa extraordinaria actividad, para mejor alcanzar la posición pasiva en el encuentro con el amado:

 

«-Allí me dio su pecho.
Allí me enseñó ciencia muy sabrosa,
Y yo le di de hecho
A mí, sin dejar cosa.
Allí le prometí de ser su esposa.»

 

«-Mi alma se ha empleado,
Y todo mi caudal en su servicio;
Ya no guardo ganado,
Ni ya tengo otro oficio.
Que ya sólo en amar es mi ejercicio.»

 

«-Y luego a las subidas
Cavernas de la piedra nos iremos,
Que están bien escondidas,
Y allí nos entraremos,
Y el mosto de granadas gustaremos.»

 

«-Allí me mostrarías
Aquello que mi alma pretendía,
Y luego me darías
Allí tú, vida mía,
Aquello que me diste el otro día.»

 

 


Fase fálica: tener – Fase genital: hacer

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Como ven, lo que encontramos en el Cántico, tanto más nos aleja de Lacan cuanto nos aproxima a Freud.

 

«No carece de importancia tener presentes las mudanzas que experimenta, durante el desarrollo sexual infantil, la polaridad sexual a que estamos habituados. Una primera oposición se introduce con la elección de objeto, que sin duda presupone sujeto y objeto. En el estadio de la organización pregenital sádico-anal no cabe hablar de masculino y femenino; la oposición entre activo y pasivo es la dominante. En el siguiente estadio de la organización genital infantil hay por cierto algo masculino, pero no algo femenino; la oposición reza aquí: genital masculino, o castrado. Sólo con la culminación del desarrollo en la época de la pubertad, la polaridad sexual coincide con masculino y femenino. Lo masculino reúne el sujeto, la actividad y la posesión del pene; lo femenino, el objeto y la pasividad. La vagina es apreciada ahora como albergue del pene, recibe la herencia del vientre materno.»

[Sigmund Freud: (1923) La organización genital infantil, p. 148-149.]

 

Creo que estamos ahora en mejores oncidiones de apreciar la novedad que separa a la fase genital de la fase fálica. Podríamos esquematizarla así:

 

Fase fálica: masculino: tener no tener.

 

Fase genital: Lo masculino: sujeto, la actividad y la posesión del pene. Lo femenino: el objeto y la pasividad, la vagina.

 

¿Se dan cuenta de cuál es la diferencia semántica mayor que separa a una de otra? Si dan con ella, darán igualmente con el motivo que lleva a Lacan a afirmar que el acto sexual no existe.

 

Es, por lo demás, una diferencia evidente.

 

La fase fálica es una fase que se define en el campo del tener. La fase genital, en cambio, es la fase del hacer, es decir, la fase del acto.

 

Y visto así, ¿no les parece evidente que lo que pone en el centro de su reflexión Freud es eso mismo que Lacan se siente obligado a recusar?: el acto sexual, tal y como aparece determinado por la diferencia anatómica y por el horizonte de la reproducción.

 

No es casualidad que de eso Lacan no diga prácticamente nada, excepción hecha de algunos comentarios jocosos que manifietan bien su dificultad en el manejo del asunto:

 

«En la naturaleza (…) nada indica que el sexo sea un mecanismo reproductivo.»

[Jacques Lacan: (1964-1965) Seminario 12. Problemas cruciales para el psicoanálisis, 1965-05-12.]

 

«Es el cuerpo que habla en tanto que no logra reproducirse sino gracias a un malentendido de su goce. Lo cual es decir que no se reproduce sino errando […] Y errándolo es como se reproduce, es decir, jodiendo.»

[Jacques Lacan: (1972-1973) Seminario 20. Aún, 1973-05-15, p. 146.]

 

Siempre ingenioso, como ven.

 

Aunque parece obligado anotar aquí hasta que punto el ingenio rococó del seminario de Lacan pudo llegar a alejarse del sufrimiento de los pacientes que recurren a la clínica psicoanalítica.

 

Pues quien más y quien menos sabe que uno de los mayores dolores que puede llegar a padecer un ser humano estriba precisamente en eso, en no poder localizar su origen en un deseo dotado de sentido y, consiguientemente, en verse obligado a pensarse procedente no más que de un error o de una casualidad.

 

 


Voz activa y voz pasiva, la herramienta y el territorio del goce

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Pero volvamos a nuestra a Freud:

 

«No carece de importancia tener presentes las mudanzas que experimenta, durante el desarrollo sexual infantil, la polaridad sexual a que estamos habituados. Una primera oposición se introduce con la elección de objeto, que sin duda presupone sujeto y objeto. En el estadio de la organización pregenital sádico-anal no cabe hablar de masculino y femenino; la oposición entre activo y pasivo es la dominante. En el siguiente estadio de la organización genital infantil hay por cierto algo masculino, pero no algo femenino; la oposición reza aquí: genital masculino, o castrado. Sólo con la culminación del desarrollo en la época de la pubertad, la polaridad sexual coincide con masculino y femenino. Lo masculino reúne el sujeto, la actividad y la posesión del pene; lo femenino, el objeto y la pasividad. La vagina es apreciada ahora como albergue del pene, recibe la herencia del vientre materno.»

[Sigmund Freud: 1923 La organización genital infantil, p. 148-149.]

 

El acto determina una posición activa, la de quien penetra, y una pasiva, la de quien es penetrado.

 

Dense cuenta de que una estructura mayor de la lengua se descubre esencial aquí para tratae de lo que nos ocupa: la de esas dos voces que son la voz activa y la voz pasiva.

 

Hay, en ese sentido, un sujeto y un objeto del acto.

 

Les insisto: entiendan estos términos en sentido estrictamente funcional, que en nada afecta ni a la densidad ni a la dignidad del ser.

 

Y de hecho, si me dan tiempo para ello, trataré de mostrarles en lo que sigue que la posición pasiva es ontológicamente más densa que la posición activa. Pero conviene que nos detengamos primero en acusar una notable diferencia en la manera en la que Freud enumera los rasgos de lo masculino y lo femenino:

 

Lo masculino: sujeto, actividad y posesión del pene.

 

Lo femenino: objeto y pasividad, la vagina.

 

¿Ven de qué se trata? Afecta al tercer término de ambas series: se habla de posesión del pene, pero no se habla de posesión
de la vagina.

 

Lo que no puede por menos que afectar a la cuestión del objeto. Pues el pene aparece como un objeto que se tiene o no se tiene -se manifiesta aquí la presencia de la dialéctica fálica- pero no así la vagina.

 

La vagina no es objeto. Eso es lo que explica que, en la fase fálica, solo haya lo masculino, el falo. Por ser la suya la fase del tener no puede concebir lo que no es objeto.

 

La vagina -dice Freud- es apreciada ahora como albergue del pene,
recibe la herencia del vientre materno.

 

La vagina, entonces, no es un objeto, sino algo capaz de albergar un objeto -el pene.

 

Y mucho más que eso: recibe la herencia del vientre materno.

 

Como ven, el asunto del objeto no es simple.

 

La mujer comparece como el objeto del acto, precisamente porque su genital no es objeto, sino receptáculo.

 

El varón, en cambio, comparece como sujeto del acto, en tanto que tiene el objeto que puede ser recibido.

 

Ese objeto es, desde luego, un objeto bien especial, porque es la herramienta del acto.

 

Es entonces la posesión de ese objeto que es herramienta del acto la que discrimina entre el sujeto y el objeto del acto.

 

Notables implicaciones se deducen de aquí.

 

La primera es que ese objeto, aunque unido al cuerpo del varón, se percibe netamente diferenciado de él o en él. No sucede lo mismo con la vagina, que por su condición de no objeto se delimita con mucha mayor dificultad del cuerpo al que pertenece.

 

Una manera de verbalizar esta diferencia podría ser ésta: el hombre tiene sexo, mientras que la mujer es sexo.

 

No entiendan esto como que el hombre sea muchas otras cosas además de sexo mientras que la mujer quede reducida a su condición sexual. No se trata de eso. Ni uno ni otro, ni el individuo hombre ni el individuo mujer, limitan su ser a su condición sexuada.

 

De lo que se trata es del modo de ser en el sexo.

 

Si el hombre tiene la herramienta del acto, la mujer, en cambio, es el territorio del acto: es en ella donde el acto sucede.

 

Solo tienen que pensar, para reconocer la densidad de esta disposición simbólica, en la metáfora sexual del acto de arar: en ella, lo masculino es el arado y quien lo maneja, lo femenino es la tierra surcada por el arado.

 

Y no pierdan de vista que les hablo de una disposición simbólica, no de una natural, es decir, prefigurada en la naturaleza.

 

Lo simbólico irrumpe sobre la naturaleza como algo diferente de ella y que se le sobrepone.

 

Pero de ello no debe deducirse, como hacen los desenvueltos posmodernos con tan poco rigor, que cualquier disposición simbólica sea posible o deseable.

 

Pues las disposiciones simbólicas son mejores o peores, más o menos apropiadas, en la medida en que ayudan mejor a reconciliar al individuo con sus datos naturales, quiero decir, con su singular anatomía corporal -vale decir, real.

 

El privilegio del goce de la mujer está sin duda relacionado con todo ello. A diferencia del del hombre, más limitado a su órgano, el de la mujer se expande a todo su territorio corporal.

 

Lo que podemos formular así: si el hombre tiene la herramienta del goce, la mujer es el territorio del goce.

 

 


Tener y ser – la mujer es -tomada por el hombre

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Como ven, a poco que exploramos la cuestión, encontramos que el hombre está más del lado del tener y la mujer del lado del ser.

 

El hombre tiene la herramienta del goce, pero ese goce es, esencialmente, el goce de la mujer, dado que es en la mujer donde el goce sucede.

 

Retomemos a este propósito esa estructura lingüística mayor de la dialéctica de la sexualidad: la de las voces activa y pasiva.

 

Podemos formularlo así: el hombre toma a la mujer, la mujer es tomada por el hombre.

 

Y no olviden que decir esto es del todo compatible con el hecho de que muchas mujeres toman a los hombres. Pero eso solo quiere decir que cuando así hacen se localizan en la posición masculina.

 

Pues bien, observen que para convertir una oración activa en pasiva es necesario recurrir al verbo ser.

 

Lo que indica una especial relación entre este verbo, el verbo ser y la voz pasiva.

 

Permítanme un paréntesis que les permitirá comprender mejor lo que les digo del ser.

 

Hay lenguas que permiten, mejor o peor, hacer filosofía.

 

La lengua española, en esto, es diferente, pues es, en sí misma, filosófica. Y lo es por esa asombrosa articulación que posee entre los verbos ser y estar. Pues el núcleo de toda filosofía es la ontología, y la ontología versa sobre el ser.

 

Y bien, si el hombre está más del lado del hacer, la mujer está más del lado del ser.

 

Lo que ha quedado ya anotado hace un momento cuando les decía que el hombre toma a la mujer y la mujer es tomada por el hombre.

 

En el primer enunciado, no está presente el verbo ser, que aparece necesariamente en el segundo, precisamente por estar esencialmente ligado a la voz pasiva.

 

Fíjense que este enunciado puede ser reorganizado así: la mujer, tomada por el hombre, es.

 

O más sencillamente: la mujer es -tomada por el hombre.

 

Podemos manifestar también esta diferente relación con el ser si forzamos la introducción del verbo ser en ambas oraciones.

 

Así podríamos decir: el hombre es el que toma a la mujer, la mujer es la que es tomada por el hombre.

 

La mujer, entonces, es.

 

Es, en la dialéctica sexual, el recinto del ser.

 

 


La dialectica del hacer y del padecer – el mayor goce

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Y bien, si conectamos estos dos últimos rasgos -la mujer como territorio del goce y como recinto del ser- con lo que sabemos de la relación del goce con el padecimiento, parece apropiado decir que la fase genital puede caracterizarse por la dialéctica del hacer y el padecer.

 

Siendo la del padecer la posición del goce.

 

Lo comprenderán mejor si atienden a la relación esencial del goce con la pasividad.

 

Pues es tanto mayor el goce cuanto más uno puede entregarse a él.

 

Por eso la posición activa, por ser tal, por requerir de cierto gobierno -y no hay otro gobierno que el del yo-, solo parcialmente puede entregarse al goce.

 

Es la posición pasiva la que puede entregarse a él del todo, es solo ella la que puede acceder, por esa vía,

 


 

al desvanecimiento del yo que es condición del mayor goce.

 


necesita saberse sostenida – la palabra del hombre

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Ahora bien, atiendan a la contrapartida de ese mayor goce y, sobre todo, del desvanecimiento del yo que es su condición.

 

Se trata del riesgo que ello supone. Pues el desvanecimiento puede conducir -tal es el riesgo del goce- a la desintegración.

 

Es esto lo que mejor explica que la palabra del hombre sea un requisito mayor del deseo de la mujer. Pues ella, para poder entregarse del todo, necesita sentirse sostenida -y reintegrada- por aquel al que así se entrega.

 

Necesita, en suma, que él sea capaz de sujetarla en el límite del desvanecimiento.

 

Ciertamente, el puede haberle dado esa palabra. Pero el problema de la mujer es saber, por anticipado, si es verdadera.

 

Lo que no coincide necesariamente con el hecho de que él haya dado esa palabra con sus mejores intenciones, no intentanto engañarla como Don Juan, sino poniendo en ello toda su voluntad.

 

No basta con eso.

 

No es cuestión de buenas intenciones.

 

Para la mujer el asunto es que, a la hora de la verdad, esa palabra se haga verdadera.

 

Como ven, estamos de lleno en el campo de la dimensión simbólica de la palabra: nos encontramos ante una palabra que es promesa y que por eso solo se sabe si es verdadera o mentirosa a la hora de la verdad.

 

La dificultad del asunto nos devuelve a esa cita esencial del Freud de El fetichismo que ahora les presento por tercera vez:

 

«Probablemente a ninguna persona del sexo masculino le es ahorrado el terror a la castración al ver los genitales femeninos. ¿Por qué algunos se vuelven homosexuales a consecuencia de esa impresión, otros se defienden de ella creando un fetiche y la inmensa mayoría la supera? He ahí algo que por cierto no sabemos explicar. Es posible que, de todas las condiciones cooperantes, no conozcamos todavía las decisivas para los raros desenlaces patológicos; por lo demás, contentémonos con poder explicar lo que acontece, y considerémonos autorizados a desechar provisionalmente la tarea de explicar por qué algo no acontece.»

[Sigmund Freud: 1927) Fetichismo, p. 149]

 

Esta vez les presento una versión más ampliada, porque eso les ayudará a comprender mejor el pensamiento de Freud sobre el asunto.

 

Concéntrense por eso primero en la segunda parte de la cita.

 

Contra tanto intelectual contemporáneo para el que lo único importante es que nada estropee una sofisticada teoría, para Freud, científico serio, lo primero y fundamental son los hechos: lo que acontece.

 

El asunto de la ciencia no es cómo debe ser el mundo -ese es un asunto ideológico y político, pero no científico.

 

El asunto de la ciencia es conocer y comprender como es lo que es.

 

Es ahí donde tiene lugar la constatación de ese hecho que asombra a Freud: que haya tantos hombres que no sucumban a la homosexualidad o al fetichismo -y, por extensión, a la perversión.

 

Hombres capaces, en suma, de afrontar a las mujeres y no salir huyendo.

 

Lo que nos devuelve al momento justo en que nos encontramos en el film.

 

Estamos, pues, ante una coyuntura decisiva.

 

Repasémosla para ceñir mejor su dificultad.

 

Ciertamente -y ello puede leerse de manera meridiana en esta escena- el acceso de la mujer al goce tiene, como presupuesto, el llegar a deshacerse del gravoso esfuerzo de poner en escena ese falo que no tiene.

 

De hecho, nada desea tanto la mujer que se yergue subiéndose a unos bien altos zapatos de tacón -salvo, claro está, que su deseo se articule al modo perverso- como ser derribada de ellos y así liberada del esfuerzo mismo de mantenerse erguida sobre ellos.

 

Se dan cuenta del problema.

 

La mujer se desnuda, se entrega al hombre, se entrega al goce.

 

El falo que ella ponía en escena para guiar al varón se desvanece, el objeto se descubre hendido, carente, su halo se apaga…

 

¿Por qué aguantan los hombres que aguantan ahí? No hay respuesta para ello -al menos explícita- en Freud.

 

Y menos en Lacan, donde lo que hay es un repudio del hecho mismo por el que Freud se interrogaba.

 

 

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