No-yo

José de Ribera-San José y el Niño Jesús,
Museo del Prado, Madrid, 1630-35

 





Jesús González Requena
Los 3 Reyes Magos. O la eficacia simbólica
1ª edición: Ediciones Akal, Madrid, 2002
ISBN: 84-460-1735-0
de esta edición: www.gonzalezrequena.com, 2018




 

 

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Dios, el Verbo, la Palabra


Bartolomé Esteban Murillo: Sagrada familia del pajarito,
Museo del Prado, Madrid, 1650 aprox.


El texto evangélico acentúa pues el carácter virginal de María, sin embargo madre, tanto como la incómoda posición de José, quien será, a pesar de todo, padre, ya que a él corresponderá dar el nombre al recién nacido reconociéndole, en tanto su descendiente, como perteneciente al linaje de David -a ese linaje con cuya meticulosa descripción se abría el Evangelio de Mateo. Mas no, en cualquier caso, padre del todo.


Y bien, ese no del todo puede ser lexicalizado así: José era el padre, sin duda, en la medida misma en que estaba y permanecía ahí, desempeñando su lugar, sustentando con su presencia el lugar del Padre, pero era tan sólo, por eso mismo, el padre con minúscula, ya que el lugar del Padre con mayúscula estaba ocupado por el propio Dios.


Luca Signorelli, La Sagrada Familia,
Galleria degli Uffizi, Florencia, 1485 aprox.


Pocos como Signorelli ha sabido mostrar la fuerza silenciosa de ese José que, con su muda presencia, protege y sostiene el espacio en el que el niño puede erguirse en su dignidad. La cómoda y acogedora posición relajada de la Virgen -cuya falda no deja, por ello, de ser intensamente roja- solo es posible, igualmente, porque la tensa fuerza del cuerpo del hombre -de la que la posición de su rodilla es excelente testigo- protege y sostiene su mundo haciendo de él un mundo interior centrado -como la composición en su conjunto- en el texto sagrado. Pero sobre todo el recio tallado de su rostro, la fuerza de su nuca, en la que la humildad del gesto -su inclinación, sus brazos cruzados- nada tiene de humillante.


El lugar, la presencia de ese Padre con mayúscula que es Dios, se hace presente en la medida en que José, el padre, sostiene ese lugar, lo sustenta, definiéndolo por lo que él mismo dice no ser. Pues tal es el difícil papel que el texto evangélico encomienda a José: comparecer ahí como aquel desde cuyo lugar se enuncia un yo no he sido. Y al hacer -al decir- así, sustenta el lugar del otro, el Padre con mayúscula, ese Padre al que se remonta la cadena de filiación de David, a la que él mismo pertenece y por el que esa cadena alcanzará a su hijo, Jesús.


De manera que, en cierto modo, el lugar de Dios, del Padre, se escribe en ese no-yo de San José. Es por eso difícil dar con un héroe mayor: sabemos de cuantas burlas hubo de ser objeto mientras permanecía allí, sustentando su lugar. -Por eso no cabe duda de que, en tan enojosa posición, debió agradecer en mucho la llegada de esos Reyes de Oriente que venían a felicitarles.


Convendría en todo caso prestar atención al progreso civilizatorio que esa tan notable estructura enunciativa del discurso de José, la del no-yo -“Yo no he sido”- , introduce en la historia: porque el padre acata la ley de Dios, la Ley del nombre del Padre, porque ella se encarna en la mujer en tanto él la profiere y la sostiene, por eso, porque ambos acatan a Dios como el lugar tercero al que su relación, la del hombre y la mujer, se somete, por eso el hijo que nace encuentra su dimensión tercera que le separa y distingue -que le permite ser diferente- de su madre y de su padre: la diferencia que le hace ser hijo de Dios, habitado por su palabra. Avance civilizatorio, decimos: proclamación de una ley que limita el poder soberano sobre el hijo que al padre concedía la mal llamada ley -aunque realmente no ley, pues al margen de toda palabra, se manifestaba como un mero acto de violencia- del más fuerte.


Insistamos, pues, en lo que una revisión a la vez materialista e histórica del mito hace especialmente visible: el nacimiento histórico del Padre como Palabra a la que el propio padre biológico debe someterse, y que pone así límite al poder absoluto del amo que la debilidad del niño confiere al varón que lo ha engendrado.


Sólo la pintura barroca del país que haría más intensamente suyo el rito de los Reyes Magos dio a la figura de San José su justo protagonismo: el de una presencia densa, humana, dolorida y resistente. Incluso en Murillo, pero sobre todo en Ribera.


José de Ribera, La Sagrada Familia del Carpintero,
colección particular, 1639



Tres: cadena de significantes

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La adoracion de los Magos,
Sant Apollinare Nuovo, Rávena, 550


Pero es hora ya de detenernos en lo propio de esas figuras que son las de los Reyes Magos.


Esto es lo primero que de ello debiera llamar nuestra atención -eso mismo, por cierto, que los distingue de Papá Noel-: pues a diferencia de otros personajes a los que se responsabiliza de los regalos navideños, los Reyes Magos son precisamente tres.


Sin duda, el número tres, en tanto pura cifra, se hace insistentemente presente en el mito y en el rito que nos ocupa. Recordémoslo: sólo vienen si el niño duerme: no puede verse sus rostros -a los niños se les hace saber en seguida que los que desfilan por la calle mayor de su ciudad no son los auténticos, sino sólo sus representantes, unos amables funcionarios disfrazados al efecto. De manera que, de los auténticos, sólo resultan perceptibles sus tres siluetas. Y, así, esa intensa resistencia al orden de la visibilidad que los caracteriza hace más llamativa la cifra que conforman esas tres figuras que, en el sueño del niño, se desplazan entre las sombras. Por carecer de rostro, los Tres Reyes Magos se nos presentan entonces como una bien definida cadena de significantes ((16), es decir, como un juego bien reglado de diferencialidades: Melchor-Gaspar-Baltasar, primero-segundo-tercero; blanco-castaño-negro, etc.


Por lo demás, la presencia del número tres satura el conjunto del rito-mito que nos ocupa. Tres son los presentes que los Magos ofrecen al niño en Belén -oro, incienso y mirra-, como tres son las figuras que ocupan el portal: María, José y el niño. Y, finalmente, también son tres los factores que definen la estructura del rito: los padres, el hijo, y los Reyes Magos. Y, por supuesto, el número tres constituye, igualmente, la cifra de Dios cristiano, a la vez Padre, Hijo, Espíritu Santo.


José de Ribera, La Trinidad,
Museo del Prado Madrid, 1635-36



Destinatarios queridos, enunciados

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La adoración de los Magos, Antifonario Mozárabe,
Catedral de León


Pero si en algún lugar la presencia del número tres resulta especialmente acentuada, es en ese lugar tercero que los Reyes Magos pasan a ocupar en la relación entre los padres y el niño.


Pues los Reyes son, antes que nada, los destinatarios de ciertas cartas: aquellas que son encabezadas con el enunciado “queridos Reyes Magos”. Y por cierto que en este sentido podemos decir que, en tanto tales, existen: existen, propiamente, como destinatarios, con la materialidad misma de esos textos que son las cartas que los niños escriben.


Y son, además, destinatarios queridos. Es decir: cierto ámbito de voluntad los afirma. Pero no hablamos de una voluntad especulativa; bien por el contrario, nos referimos a la muy concreta voluntad que anida en el acto mismo de enunciación que los introduce en el mundo: son queridos en tanto que, en un acto de enunciación, son enunciados. -Y así, debemos en justicia añadirlo, si no fueran enunciados, entonces, no podrían existir.


Son, por tanto, queridos, enunciados, pronunciados, necesariamente, por los padres primero, y luego, pero sólo en la medida en que esto haya sido así, por los propios niños. De manera que las figuras de los Magos cobran una bien precisa existencia, en la misma medida en que aquellos advierten a sus hijos que deben escribir, dirigir la carta que contiene su demanda no a ellos mismos, sino a los Reyes Magos. Y así estos, al ser promovidos a la doble posición de destinatarios de la carta y de destinadores de los regalos, pasan a ocupar una posición tercera entre los padres y el niño: es a ellos a los que los niños dirigen su mensaje; y es desde allí, desde ese lugar tercero que constituyen, desde donde éste llega hasta los padres.


Y bien, precisamente porque ese intercambio pasa por un lugar tercero, puede ser considerado como un intercambio simbólico. Uno en el que unos y otros participan, en la mayor parte de los casos, sin una conciencia clara de lo que hacen. Lo viven, sin más, como una tradición, pero en ello reconocen que habitan todavía un mundo en el que el mito sigue manifestando su pervivencia. Y si no lo entienden -es más, si su conciencia cognitiva tiende a rechazar el rito como no más que una ilusión carente de toda objetividad-, saben, sin embargo, que es necesario. Es decir: algo, en su inconsciente, sabe de esa necesidad. De la necesidad de que ciertas demandas del niño no sean dirigidas a ellos directamente, sino a través de la mediación de esas figuras terceras. E igualmente: que la respuesta a esa demanda no habrá de proceder directamente de los padres, sino tan solo indirectamente, mediada a través de los Reyes Magos.


Filippino Lippi, La Adoración de los Magos,
Galleria degli Uffizi, Florencia, 1496



La existencia de los Reyes Magos

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Adoración de los Reyes Magos,
retablo mayor de la Catedral del Salvador, Zaragoza


Creemos, por tanto, que a la pregunta sobre la existencia de los Reyes Magos sólo es posible responder afirmativamente.


En cierto modo la verdad de esa existencia se manifiesta con exactitud en la explicación contradictoria de su inexistencia que dan los que afirman no creer en ellos, cuando dicen que los Reyes Magos no existen, y que, además, son los padres. Es tan notable la contradicción en que este enunciado incurre que la negación parece terminar convirtiéndose, inesperadamente, en una afirmación. Pues, o bien sencillamente no existen, o bien son los padres -y entonces existen, en cierta manera.


Sin embargo, se nos objetará seguramente que el enunciado en cuestión contiene una elipsis, y que, por tanto, su contenido completo debiera ser articulado así:


Los Reyes Magos no existen, porque son los padres quienes traen los regalos.


Ahora bien, si tal es la restitución completa del enunciado, deberemos advertir que entonces éste se configura en términos de una implicación lógica, es decir, de un encadenamiento según el cual, si se cumple determinada condición, entonces habrá de darse cierta conclusión necesaria.


Es decir:


si
son los padres quienes traen los regalos
entonces
los Reyes Magos no existen


Pero debemos llamar la atención sobre lo que esta aparentemente inapelable argumentación olvida: que se trata, después de todo, de una implicación mal construida, pues los dos términos que la configuran (1: son los padres quienes traen los regalos ; 2: los Reyes Magos no existen) pertenecen a dos dimensiones del todo diferentes. Por lo que nos encontramos, entonces, ante una implicación insostenible; pues no es posible establecer una deducción entre hechos de dos dimensiones diferentes como si pertenecieran a una sola y única dimensión. Y, realmente, nos encontramos ante dos dimensiones bien diferenciadas: por una parte la dimensión empírica, cotidiana, relativa al mundo inmediato al que pertenecen los padres que traen los regalos; por otra, en cambio, la dimensión mítica en la que habitan esos Reyes Magos que, en tanto donantes, otorgan sus presentes al niño.


Gerard David, La Adoración de los Magos
Metropolitan Museum of Art, New York, 1520



Los padres no inventan la historia que cuentan

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Damián Forment, Relieve de la Adoración de los Magos,
Museo Diocesano de Huesca, 1520


Pues si no cabe duda de que son los padres quienes traen los regalos, no es menos cierto que no son ellos quienes dan los regalos a los niños. Es decir: si el trabajo de los padres constituye la condición material imprescindible de la existencia, en esa otra dimensión que es la del mito, de esos Reyes Magos, sólo estos comparecen como los donadores simbólicos de los presentes que los niños reciben.


O dicho de otra manera: el hecho de que sean los padres quienes compren y coloquen bajo la ventana, junto a los zapatos de sus hijos, esos regalos, en nada pone en cuestión la existencia de los Reyes Magos como los destinatarios a los que los niños, a través de sus cartas, han dirigido su demanda y, más tarde, como los destinadores que realizan la donación.


Esta es, por eso, la prueba de la existencia de los Reyes Magos: que es de ellos, y no de los padres, de quienes los niños reciben los regalos. Y es eso mismo lo que, por lo demás, confirma el que nos encontramos, en el proceso del rito, ante un acto de donación simbólica.


Por eso, después de todo, lo que dicen los padres es verdaderamente cierto -y obsérvese que lo que es verdaderamente cierto no tiene por qué coincidir con lo que es objetivamente cierto-: dicen que existen los Reyes Magos, que son ellos los donantes de los regalos. De manera que ellos, los padres, no pueden ser los Reyes Magos; son tan solo, por el contrario, quienes sustentan su existencia con su trabajo: no sólo escenográfico, sino también, propiamente, narrativo; son ellos quienes han contado la historia y quienes, bien explícitamente, se niegan a sí mismos como donantes de los regalos.


Pues los padres no inventan la historia -el mito- que cuentan: su trabajo, decíamos al principio, sigue una partitura previamente establecida y de la que ellos no son los autores. De manera que si el trabajo que realizan puede ser realizado es sólo porque esa partitura existe y les precede. Sólo por eso pueden interpretarla y, así, hacer posible esa eficacia simbólica que es propia del relato mítico. Es decir, sólo porque esa partitura mítica les preexiste -porque constituye, en sí misma, una presencia- les es dado a ellos colaborar a su existencia y, de esa manera, satisfacer las condiciones de su pervivencia. Y lo hacen, como ya hemos señalado, a través de un trabajo propiamente metonímico: esparciendo las huellas, los significantes de esa presencia otra que es la de los Reyes Magos. Pues esas huellas que distribuyen por la casa en la noche de Reyes no serían nada más que eso, meras huellas, si no existiera, previamente a ellos, el relato mítico que les confiere el carácter de significantes dotados de sentido.


El Greco, Adoración de los pastores,
Metropolitan Museum of Art, Nueva York,1610 aprox.



No-yo

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El Greco, San José y el Niño,
Capilla de SanJosé de Toledo, 1597-99


Y no es menos notable que reencontremos aquí, en el núcleo de este relato que los padres cuentan a sus hijos y que establece los términos del rito que lo realiza, la misma estructura enunciativa que aisláramos en la difícil posición que San José desempeñaba en el portal de Belén. Pues al igual que éste afirmaba no ser el Padre del recién nacido a la vez que permanecía ahí, asumiendo su tarea de padre, igualmente los padres, en el rito, afirman no ser ellos, sino los Reyes Magos, quien dan los regalos a los niños.


¿Y no es ésta también, después de todo, la estructura enunciativa propia de todo mito? Pues, como se sabe, los relatos míticos carecen de autor; a quien los narra y transmite no le es dado identificarse de otra manera que como quien repite, con sumo respeto, un relato sagrado que le precede y que le ha sido dado, de la misma manera en que ahora él lo da de nuevo a quien le escucha. Pues la humildad -y una en todo semejante a la de José- es la condición del narrador mítico: su posición es la de quien renuncia a toda pretensión narcisista de autoría para limitarse a contar una historia que confiesa le ha sido dada y que, porque merece la pena transmitirla, es verdadera.


Se trata por tanto, en los tres casos, de una misma estructura enunciativa que podemos resumir bajo el nombre de no-yo. Pues, en todos ellos, quien toma la palabra lo hace para negar su dominio sobre el discurso que enuncia.


De manera que la razón, el sentido y la eficacia de los relatos que así se desencadenan quedan situados fuera -y más allá- del ámbito del Yo -de ese yo consciente, de ese sujeto cognitivo al que nuestra Modernidad, radicalmente desmitologizada, ha reducido el ámbito de la subjetividad hasta su casi total extinción. Pues lo que se juega en esos tres lugares que se reconocen por una misma estructura enunciativa es, precisamente, la eficacia del relato simbólico como fundamento del sentido para el sujeto. Y es así como el inconsciente, en tanto dimensión de la subjetividad que escapa a la soberanía del Yo, se hace presente y es escrito en la superficie misma del relato.


Y es así, también, como el padre sustenta la verdad del relato que cuenta en el mismo movimiento por el que afirma no ser él -es decir: negando ser- quien da el don.


José de Ribera: San José y el Niño Jesús,
Museo del Prado, Madrid, 1630-35


Un rayo de luz divina desciende difuso sobre José y el Niño en la pintura de Ribera. Pero ese Niño está del todo despojado de emblemas de la divinidad: es un niño cualquiera y, si hay luz para él, la hay en tanto que mira a su padre, José. Y ese rayo, entonces, es, para el niño, una presencia que la figura de José sostiene. Algo semejante puede leerse en Zurbarán, en El Greco, en Murillo o en Velázquez: son hombres ásperamente reales los que sostienen, con su pasión, al Dios que proclaman.


Después de todo, éste es el trabajo esencial del padre en el rito de los Reyes Magos: enunciar el relato, contar, narrar; a la vez sustentar y materializar un relato que se sitúa fuera del espacio de lo visible. Y que, en esa misma medida, participa en la construcción del ámbito de lo invisible.


Y así se reintroduce en el mundo, en cada nuevas Navidades, esa presencia, la de los Reyes Magos, cuya índole es propiamente mítica, más no por ello inexistente. Una presencia, sin duda, no objetiva, más no por ello menos real: una presencia propiamente simbólica, y en esa misma medida capaz de generar los efectos que le son específicos. Y este es precisamente el primero de ellos: el permitir dormir al niño. Y, así, hacerle capaz de elaborar la angustia que en él producen inexorablemente esos ruidos nocturnos que le golpean desde el interior de su universo más familiar.


Bartolomé Esteban Murillo, La adoración de los pastores,
Museo del Prado, Mdrid, 1655-60



Notas

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16 Pero adoptar la conceptualización lacaniana, hablar de cadena de significantes, nos resulta aquí insuficiente: lo que los Tres Reyes Magos trazan es algo más denso: siendo significantes, son más-que-significantes, es decir, constituyen una cifra. Entiéndase: una cifra simbólica.


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