Hijo de Dios

•Giotto, Natividad, Capilla Scrovegni, 1304-06

 





Jesús González Requena
Los 3 Reyes Magos. O la eficacia simbólica
1ª edición: Ediciones Akal, Madrid, 2002
ISBN: 84-460-1735-0
de esta edición: www.gonzalezrequena.com, 2018




 

 

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Hijo de Dios

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Giovanni Battista Tiépolo, La adoración de los Magos,
Alte Pinakothek, Munich, 1753


Y bien: la pieza clave en la cristalización de ese horizonte -el único posible- que es el de la utopía, puede leerse nítidamente en el núcleo mismo del relato-rito de los Reyes Magos: pues aquellos que dieron sus presentes al hijo de Dios, donan ahora sus regalos a un niño que, por ser niño -joven cría de la especie de los sujetos a la palabra-, es nombrado, también él, como hijo de Dios.


Y dado que el Dios del que se trata es el Dios de la palabra, el hijo, y con él todo hijo desde ese día en que Jesús nació como hijo de Dios, debe ser reconocido como hijo de la palabra -es decir: como ser humano, digno de respeto.


Lo que, una vez más, debe ser oído en su sentido histórico y materialista: hubo un día en que cierto relato nació, en que fue pronunciado por primera vez. El día en que ciertas nuevas palabras -y eso puede coincidir o no, ni tiene por qué preocuparnos ahora demasiado, con la existencia biográfica de aquel Jesús de Galilea- fueron introducidas en lo real. Y, así, esa novedad histórica que había constituido el nacimiento del Dios único hebreo -el Dios, pues, de la palabra, por oposición a esas pléyades de dioses que encarnaban más bien el desorden propio de lo real (21)- dio paso a una inflexión radical: aquella que -hoy parece de nuevo urgente recordarlo- destribalizó y desracializó la noción del Dios único judío para convertirlo en un Dios universal. Nacía con ello una palabra que hasta entonces no había existido y que nada, en lo real, sustentaba: una nueva noción de humanidad que permitía reconocer a todo individuo de la especie hombre como hombre -es decir: como algo diferente a una cosa con la que, como es lo propio, se puede hacer cualquier cosa. Y dado que nada en lo real la sustentaba, pues los individuos de esa especie en todo se manifestaban diferentes los unos de los otros, a la vez que animados de una violencia que rechazaba toda fácil integración, fue necesario que fuera introducida en forma de una pura palabra -tan pura que para ella no había imagen, pues no nombraba objeto alguno-: la palabra Dios, en tanto palabra que solo se nombra a sí misma en su puro ser de palabra. (22)


En cierto modo, sobre eso versaba ese insólito acto de heroísmo que fue el de José, por el que colaboraba con la introducción en el mundo de esta idea notable: no tanto que nacía el hijo de un dios -muchos otros habían nacido antes-, sino que existía un Dios a partir del cual todo nuevo nacido era su hijo, es decir, hijo de Dios. Pues el movimiento cristiano que de allí surgió, y en el que la razón greco-latina hizo posible la destribalización del Dios monoteísta de los hebreos, concibió, por primera vez, la idea de que el hombre -todo hombre-, en tanto hijo de Dios, estaba habitado por lo sagrado. Seguramente, ningún otro eslabón ha sido tan importante en el proceso que, a lo largo de la historia de Occidente que así se ha forjado, ha permitido fabricar e introducir en el mundo la idea de un horizonte de igualdad para todos los hombres. Pues sólo la idea de que -la palabra- Dios habitaba a todos los hombres hizo posible y, si se quiere, verosímil, la en sí misma inconcebible idea de que, en cierto plano esencial, seres tan radicalmente diferentes pudieran llegar a ser concebidos como iguales.


Digámoslo sin ambages: el devenir de los movimientos liberal, demócrata, socialista y comunista que han hilado la historia moderna de Occidente resulta históricamente inconcebible si no es a partir de lo que nace desencadenado por el encuentro del Dios-Uno hebreo con la razón helénica, y que cristaliza en ese hombre universal elevado a la dignidad de ser habitado por la palabra.



Raphael, Transfiguración,
Pinacoteca Vaticana, Roma, 1516-20



La Sagrada Alianza

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Miguel Ángel Buonarroti, La cereación de Adán,
Capilla Sixtina, Ciudad del Vaticano, 1510


Seguramente la mejor crónica plástica de ese acontecimiento es la que nos ofrece Miguel Ángel en su Creación de Adán de la Capilla Sixtina.


Es un cuerpo vigoroso y sin embargo todavía sin vigor el del Adán de Miguel Ángel. Pero sus ojos se abren ya polarizados por el contacto que está a punto de producirse: la energía de esa otra mano, de ese dedo índice que habrá de enervar su propia mano, todavía amodorrada. Y, frente a él, el más humano de los dioses, pues es un Dios que solo existe en tanto que los hombres pronuncian su nombre. ¿No son acaso figuras humanas, de niños, mujeres y varones las que lo sostienen? Sin embargo, es mucho más que la suma de los esfuerzos de estos: la bella dureza de su rostro, su escultórico tallado, permite intuir la densidad del saber que encierra. ¿Y ese punto de tristeza que late en su mirada? ¿No es acaso huella del dolor que aguarda a ese ser que de su mano recibe la vida humana, es decir, la conciencia? Nunca la idea de un Dios Padre había sido tan humanamente dibujada.


En cierto modo, una emergente, todavía solo posible, nueva idea de Dios -pues Dios, como toda otra palabra, es histórica y debe ser entendida en la historia misma de sus transformaciones-, de su alianza sagrada con el hombre, encuentra aquí su materialización. La alianza sagrada de Dios con el hombre, decimos, pero podríamos decir igualmente: la alianza sagrada de los hombres materializada en la palabra Dios.


Miguel Ángel Buonarroti, Juicio Final, Capilla Sixtina, Ciudad del Vaticano, 1537-41



Notas

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(21) Lacan, Jacques: El transfert. El Seminario VIII, Paidós, Barcelona, 1992.


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(22) Cfr.: González Requena, Jesús: “En el principio fue el Verbo. Palabra versus Signo”, en Trama&Fondo: ,nº 5, Madrid, 1998.


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