18. La fase genital -Freud vs Lacan

 

 

 

 

 

 

Jesús González Requena
Psicoanálisis y Análisis Textual, 2019
sesión del 2019-11-08 (3)
Universidad Complutense de Madrid
de esta edición: gonzalezrequena.com, 2020

 

 

 

 

ir al índice del libro

 

 

 


La relación sexual y el acto sexual

volver al índice

 

Se trata entonces de abordar la cuestión del acto sexual y, por extensión, la de la relación sexual, dado que esta pivota toda ella sobre ese acto. En suma: ha llegado la hora de hablar de la fase genital.

 

Y por cierto que este es el campo en el que menos ha avanzado el psicoanálisis contemporáneo. Incluso podríamos decir que la fase genital se ha desdibujado. Nada lo manifiesta mejor que el hecho de que en las últimas décadas se haya puesto de moda afirmar que la relación sexual no existe.

 

Por mi parte, voy a tratar de mostrarles en lo que sigue que el contenido de la fase genital viene definido, como no podría ser de otra manera, por la realidad de la relación sexual.

 

Pero para despejar el camino y poder avanzar en este asunto, conviene interrogar previamente la idea de la inexistencia de la relación sexual.

 

Creo que la mejor vía para ello es llamarles la atención sobre la relación necesaria entre la negación de la relación sexual y la negación del acto sexual mismo. Si hay acto sexual ello supone, necesariamente, que haya relación sexual. ¿No les parece algo obvio?

 

No lo es para muchos, sin embargo, y puedo decírselo a ustedes con una anécdota procedente de mi experiencia personal.

 

Cuando les decía a mis amigos lacanianos que Lacan afirmaba que no hay acto sexual, me contestaban todos ellos, muy seguros de sí mismos, que yo debía haber leído una mala traducción de Lacan.

 

El caso es que no:

 

«Ainsi m’amuserais-je à vous dire ce qui, peut-être, vous ferait quand même un certain effet, et après tout ce n’est pas pour rien que je scande ce que je vais dire de cette étape : Le secret de la psychanalyse, le grand secret de la psychanalyse, c’est qu’il n’y a pas d’acte sexuel. –Me divertiré diciéndoles lo que les causará cierto efecto, no es por nada que lo digo: el gran secreto del psicoanálisis es que no hay acto sexual

[Jacques Lacan: (1966-1967) Seminarie 14. Logique Du Fantasme , 1967-04-12, p. 140, Staferla]

 

Aquí lo tienen, Lacan dixit: el secreto del psicoanálisis, es que no hay acto sexual.

 

Lo realmente sorprendente es que tantos lacanianos puedan pensar que no exista la relación sexual y que, sin embargo, podría seguir existiendo el acto sexual.

 

Hay que reconocer que, al menos en esto, Lacan era menos insensato que sus discípulos:

 

«Quiero decir que al principio de lo que se llama cómicamente (ahí lo cómico es irresistible), la relación sexual, si puedo hacer entender, en una asamblea que me es familiar, como conviene: es que no hay acto sexual»

[Jacques Lacan: (1966-1967) Seminario 14 La lógica del fantasma, 1967-04-19]

 

Como ven, Lacan establece una relación directa entre estos dos enunciados: el que afirma que la relación sexual no existe y el que sostiene que no hay acto sexual.

 

Permítanme, antes que nada, que les muestre hasta qué punto lo que dice Freud sobre el asunto es exactamente todo lo contrario:

 

«Entre los acontecimientos que siempre retornan en la historia juvenil de los neuróticos, que no parecen faltar nunca, hay algunos de particular importancia; juzgo que merecen destacarse. Como ejemplos de este género, les enumero: la observación del comercio sexual entre los padres, la seducción por una persona adulta y la amenaza de castración.»

[Sigmund Freud: (1916-1917) 23ª conferencia de introducción al psicoanálisis. Los caminos de la formación de síntoma, p. 336]

 

Parece obvio que solo puede retornar lo que existe. Y bien, para Freud, entre los acontecimientos que siempre retornan está la observación del comercio sexual entre los padres. Es decir, el acto sexual, del que se dice que existe como un acontecimiento mayor que retorna siempre en la medida en que ha dejado su huella en lo inconsciente.

 

Y anotemos, de paso que entre lo que siempre retorna, Freud nombre, en condiciones de igualdad, la escena primaria -el acto sexual de los padres- y la amenaza de castración, mientras que Lacan solo reconoce existente -y por tanto retornable- a lo segundo.

 

 

 


El Lacan publicista y el colapso de la relación sexual

volver al índice

 

Les decía que conviene explorar la idea de la inexistencia de la relación sexual. Pues en el panorama textual contemporáneo, ese del que Los pájaros es uno de sus textos mayores, podría ser así, a la luz de lo que hemos constatado en esa escena a la que llega finalmente el film.

 


 

Les decía que Jacques Lacan es más publicista que teórico riguroso.

 

Pero oigan lo de publicista en el sentido artístico. En el sentido en el que los artistas de las vanguardias tenían mucho de publicistas -de sí mismos-, como lo demuestra su manía de proclamar manifiestos.

 

El surrealismo fue una de las más ejemplares vanguardias. Y del surrealismo más que del freudismo procede Lacan.

 

Pues bien, Lacan percibe bien el colapso de la relación sexual que está comenzando a emerger en los años sesenta. Ciertamente, eso estaba ya desde el comienzo del siglo veinte en los textos de las vanguardias, pero solo se instala en la cultura de masas en estos años.

 

Es lo que se manifiesta ejemplarmente aquí, en Los pájaros, como el estallido de un goce siniestro -el que aparece una y otra vez en el centro del espectáculo postclásico. Pero piensen también en la latencia de semejante índole que habita al mejor cine europeo, ya sea el de Buñuel, el de Antonioni o el de Bergman, cuyos films son crónicas de un extremo derrumbe del deseo.

 

El problema es que Lacan eleva a la teoría el suceso, es decir: hace de él categoría. De una crisis de la relación y del acto, da el salto a la afirmación de la inexistencia de la relación y del acto.

 

Les decía que el surrealismo pesaba más que el freudismo, tanto como, añadiría yo de paso, el nietzscheanismo. De ahí su manera de hablar del deseo y, a la vez, de desconectarlo de la fase genital, pues la noción de fase genital no encontró nunca lugar en su pensamiento.

 

Eso es lo que voy a tratar de mostrarles a continuación.

 

 


Lacan y la fase genital

volver al índice

 

Para ello, les inviteré a leer una larga cita de Freud que les permitirá situar con mayor claridad la discusión posterior. Y constaten, de paso, con que claridad se expresaba Freud:

 

«El primer órgano que aparece como zona erógena y propone al alma una exigencia libidinosa es, a partir del nacimiento, la boca. Al comienzo, toda actividad anímica se acomoda de manera de procurar satisfacción a la necesidad de esta zona. (…) Muy temprano, en el chupeteo en que el niño persevera obstinadamente se evidencia una necesidad de satisfacción que -si bien tiene por punto de partida la recepción de alimento y es incitada por esta- aspira a una ganancia de placer independiente de la nutrición, y que por eso puede y debe ser llamada sexual.

«Ya durante esta fase «oral» entran en escena, con la aparición de los dientes, unos impulsos sádicos aislados. Ello ocurre en medida mucho más vasta en la segunda fase, que llamamos «sádico-anal» porque aquí la satisfacción es buscada en la agresión y en la función excretoria. Fundamos nuestro derecho a anotar bajo el rótulo de la libido las aspiraciones agresivas en la concepción de que el sadismo es una mezcla pulsional de aspiraciones puramente libidinosas con otras destructivas puras, una mezcla que desde entonces no se cancela más.

«La tercera fase es la llamada «fálica», que, por así decir como precursora, se asemeja ya en un todo a la plasmación última de la vida sexual. Es digno de señalarse que no desempeñan un papel aquí los genitales de ambos sexos, sino sólo el masculino (falo). Los genitales femeninos permanecen por largo tiempo ignorados; (…)

«Con la fase fálica, y en el trascurso de ella, la sexualidad de la primera infancia alcanza su apogeo y se aproxima al sepultamiento. Desde entonces, varoncito y niña tendrán destinos separados. Ambos empezaron por poner su actividad intelectual al servicio de la investigación sexual, y ambos parten de la premisa de la presencia universal del pene.

«Pero ahora los caminos de los sexos se divorcian. El varoncito entra en la fase edípica, inicia el quehacer manual con el pene, junto a unas fantasías simultáneas sobre algún quehacer sexual de este pene en relación con la madre, hasta que el efecto conjugado de una amenaza de castración y la visión de la falta de pene en la mujer le hacen experimentar el máximo trauma de su vida, iniciador del período de latencia con todas sus consecuencias. La niña, tras el infructuoso intento de emparejarse al varón, vivencia el discernimiento de su falta de pene o, mejor, de su inferioridad clitorídea, con duraderas consecuencias para el desarrollo del carácter (…)

«Se caería en un malentendido si se creyera que estas tres fases se relevan unas a otras de manera neta; una viene a agregarse a la otra, se superponen entre sí, coexisten juntas. En las fases tempranas, las diversas pulsiones parciales parten con recíproca independencia a la consecución de placer; en la fase fálica se tienen los comienzos de una organización que subordina las otras aspiraciones al primado de los genitales y significa el principio del ordenamiento de la aspiración general de placer dentro de la función sexual. La organización plena sólo se alcanza en la pubertad, en una cuarta fase, «genital». Así queda establecido un estado en que: 1) se conservan muchas investiduras libidinales tempranas; 2) otras son acogidas dentro de la función sexual como unos actos preparatorios, de apoyo, cuya satisfacción da por resultado el llamado «placer previo», y 3) otras aspiraciones son excluidas de la organización y son por completo sofocadas (reprimidas) o bien experimentan una aplicación diversa dentro del yo, forman rasgos de carácter, padecen sublimaciones con desplazamiento de meta.

[Sigmund Freud: (1938) Esquema del psicoanálisis, p. 151-153.]


 

Pues bien, ahora lean esto:

 

«Nadie discute que, en este caso, el niño (Juanito) ha alcanzado, al menos por un momento, lo que se llama la fase genital, cuando se plantean en su forma plena los problemas de la integración del sexo del sujeto. En este ámbito debemos concebir por lo tanto la función del elemento fóbico.»

[Jacques Lacan: (1956-1957) Seminario 4. La relación de objeto, 1957-06-26, p. 401.]

 

Hay una en extremo abultada confusión en este párrafo, de la que sin embargo su editor, Jacques-Allain Miller, el yerno de Lacan y su heredero al frente de su escuela, no dice nada cuando establece el texto que aparece publicado en 1994.

 

Supongo que después de la clarificadora cita de Freud que les he hecho leer hace un momento, sabrán todos reconocer de qué se trata.

 

Sencillamente: de que Lacan afirma que Juanito, el niño sobre el que versa el Análisis de la fobia de un niño de cinco años (El caso Juanito), que publica Freud 1909, ha alcanzado (…) lo que se llama la fase genital.

 

Lo insostenible de tal afirmación se deduce fácilmente del propio título de la obra de Freud. Pues, ciertamente, Juanito, cuando concluye el análisis que desarrolla Freud con la intermediación de su padre, tenía cinco años. De manera que si, en cuestión de fases del desarrollo sexual, ha podido alcanzar algo, ese algo no puede ser otra cosa que la fase fálica.

 

Es decir, la tercera de las cuatro fases establecidas por Freud, siendo la cuarta y última, precisamente, la fase genital.

 

Y sucede que a esta última fase solo se accede, si todo va medianamente bien, claro está, en la adolescencia.

 

¿Lapsus de Lacan? Es difícil pensar que de tal pudiera tratarse, dado el énfasis que Lacan pone en su afirmación: Nadie lo discute, nos dice.

 

Y por otra parte, de ser así, habría sido corregido o al menos anotado por Miller en su edición… Salvo, claro está, que el propio Miller no hubiera reparado en ello, quiero decir, que no se hubiera dado cuenta de que lo afirmado por su maestro y suegro entraba en abierta contradicción con lo planteado por Freud.

 

Pero incluso si Miller no hubiera reparado en ello, hubiera sido de esperar que alguno de los numerosos miembros de la escuela lacaniana que a la altura de 1994 él mismo dirigía se lo hubiera hecho observar. Mas todo parece indicar que nadie lo hizo, al menos a las alturas de 2008, fecha de la edición de la que dispongo -la de Paidós- y que se presenta como la única edición autorizada por el propio Miller.

 

¿A qué atribuir esa ausencia de comentario alguno, por parte tanto de Miller como de su escuela? Sólo se me ocurren dos explicaciones -tanto más cuanto que casos como estos se dan con notable abundancia en los Seminarios publicados por Miller-: un serio déficit de formación teórica en la escuela y/o -porque ambas cosas no son necesariamente excluyentes- un culto desorbitado a la personalidad del fundador, lo que habría llevado a constituir su palabra en sagrada e incuestionable.

 

 


Más que un error

volver al índice

 

Pero dejemos esto y volvamos a Lacan.

 

Si no se trata de un lapsus -y podrán encontrar en lo que sigue todo tipo de confirmaciones sobre ello- se trata de un error que delata un no muy preciso dominio de la obra de Freud.

 

Desde luego, resulta evidente que hay tal error, pero, a la vez, hay también algo más que un error.

 

Es un error evidente, dado que el Seminario en el que se produce está todo el orientado por la revisión del texto de Freud sobre el caso Juanito.

 

De modo que, si no se tratara de un error sino de una rectificación de lo afirmado por Freud, ello hubiera requerido su anotación y justificación por el propio Lacan, quien sin embargo en todo este seminario, como en tantos otros, no cesa de presentarse como el más riguroso lector de Freud.

 

Quien se tome la molestia de leer este seminario -cosa que, a la vista de lo anterior, muy poca gente ha debido hacer- puede constatar que Lacan ha estudiado el libro de Freud sobre el caso Juanito.

 

Y sin embargo es un hecho que en él todo lo esencial se desarrolla en el contexto de la fase fálica, a la que sin duda Juanito ha llegado.

 

Y, por lo demás, a la altura de 1909 Freud todavía no había establecido la distinción entre la fase fálica y la fase genital, cosa que solo hizo en 1923, en un breve pero decisivo texto que lleva por título La organización genital infantil.

 

Como les decía se trata de algo más que de un error, porque, por más que el grado de lectura de Freud por parte de Lacan arrojara muchas lagunas que el nunca quiso reconocer, sin duda en uno u otro lugar Lacan tenía que haber oído decir que Freud distinguía cuatro fases y que las dos últimas eran la fase fálica y la genital, situadas la primera antes de la fase de latencia y la segunda después de ésta.

 

El asunto esencial es que esa diferencia nunca llegó a quedar integrada en el pensamiento de Lacan.

 

Me atrevería a decir que nunca pudo llegar a imaginarla.

 

 


El objeto a y la impugnación de la pulsión genital

volver al índice

 

Ello se manifiesta especialmente bien en esta cita del Seminario 20 –Aún:

 

«(…) en el deseo de toda demanda, sólo hay la solicitud del objeto a, del objeto capaz de satisfacer el goce, el cual sería entonces la Lustbefriedigung supuesta en lo que se llama impropiamente, en el discurso analítico, la pulsión genital, aquella en la cual se supone que se inscribe una relación que sería la relación plena, inscribible, de uno con lo que sigue siendo irreductiblemente Otro. Insistí en lo siguiente: que la pareja de (…) el sujeto (…) es, no el Otro, sino lo que viene a sustituirlo bajo la forma de la causa del deseo, que diversifiqué en cuatro, en tanto que se constituye diversamente, según el descubrimiento freudiano, con el objeto de la succión, el objeto de la excreción, la mirada y la voz. Estos objetos son reclamados como sustitutos del Otro y convertidos en causa del deseo.»

[Jacques Lacan: (1972-1973) Seminario 20. Aún, 1973-05-15, p. 152.]

 

Entiendo que les cueste leer esta cita…

 

Y sin embargo este es uno de los párrafos más claros del seminario al que pertenece.

 

Permítanme, en todo caso, que les ayude.

 

Solo, viene a decir Lacan, hay un objeto para el deseo, que es el objeto a, al que Lacan llama la causa del deseo, lo que en rigor no añade nada, pero queda muy rococó.

 

De modo que podemos ignorarlo y prestar atención a lo que Lacan pone en el centro -el objeto a.

 

¿Qué es el objeto a?

 

Lacan no lo dice -no suele definir nunca los términos que emplea- pero sí dice que hay cuatro: el objeto de la succión, el objeto de la excreción, la mirada y la voz.

 

De modo que el objeto a -o los objetos a– son lo que Freud llamaba objetos parciales.

 

«Se caería en un malentendido si se creyera que estas tres fases se relevan unas a otras de manera neta; una viene a agregarse a la otra, se superponen entre sí, coexisten juntas. En las fases tempranas, las diversas pulsiones parciales parten con recíproca independencia a la consecución de placer; en la fase fálica se tienen los comienzos de una organización que subordina las otras aspiraciones al primado de los genitales y significa el principio del ordenamiento de la aspiración general de placer dentro de la función sexual.
[Sigmund Freud: (1938) Esquema del psicoanálisis, p. 151-153.]

 

Así, para Lacan, no habría otros objetos que los objetos parciales. Aunque, por ser tales, no serían propiamente objetos -de ahí la expresión objeto a.

 

De ahí su impugnación de la noción de pulsión genital a la que califica de impropia del discurso analítico.

 

No voy a detenerme ahora el mostrarles los casos en los que, en textos anteriores, Lacan ha utilizado como válida esta expresión -dejémoslo del lado de sus continuas contradicciones nunca reconocidas, todo lo contrario a lo que sucedían en Freud, quien levantaba acta explícita de toda rectificación o corrección que se viera obligado a realizar en su teoría.

 

 


Freud: líbido genital y objeto unificado

volver al índice

 

Ciertamente, Freud no utiliza nunca esta expresión –pulsión genital-, pero sí una bien próxima: líbido genital. Y creo que la diferencia no es gratuita. Si no habla de pulsión genital es porque eso conduciría a pensarla como una pulsión específica, mientras que lo que nombra la expresión líbido genital es una que se ha focalizado, reuniendo en su impulso a las pulsiones parciales, precisamente, en un objeto unitario.

 

Ese objeto unificado del que ya hablara en sus Tres ensayos de teoría sexual de 1905:

 

«ya en la niñez se consuma una elección de objeto como la que hemos supuesto característica de la fase de desarrollo de la pubertad. El conjunto de las aspiraciones sexuales se dirigen a una persona única, y en ella quieren alcanzar su meta.

[Sigmund Freud (1923): La organización genital infantil, p. 145.]

 

Objeto unificado que reafirmará más tarde, en 1923, en La organización genital infantil, ese texto que, como les dije antes, vino a introducir la diferenciación entre fase fálica y fase genital. Pues el texto que comienza citando este mismo párrafo, reconociéndolo así como plenamente vigente.

 

La fase fálica es la fase en la que se desarrolla el proceso edípico y lo específico de éste es que presupone la existencia del objeto en tanto objeto unificado -una elección de objeto… una persona única-: la madre para el niño, y el padre para la niña.

 

 


Objeto unificado / Otro inaccesible

volver al índice

 

Eso es precisamente lo que viene a negar Lacan en la cita que les he presentado hace un momento. Véanla de nuevo:

 

«(…) en el deseo de toda demanda, sólo hay la solicitud del objeto a, del objeto capaz de satisfacer el goce, el cual sería entonces la Lustbefriedigung supuesta en lo que se llama impropiamente, en el discurso analítico, la pulsión genital, aquella en la cual se supone que se inscribe una relación que sería la relación plena, inscribible, de uno con lo que sigue siendo irreductiblemente Otro. Insistí en lo siguiente: que la pareja de (…) el sujeto (…) es, no el Otro, sino lo que (…) diversifiqué en cuatro, en tanto que se constituye diversamente, según el descubrimiento freudiano, con el objeto de la succión, el objeto de la excreción, la mirada y la voz. Estos objetos son reclamados como sustitutos del Otro y convertidos en causa del deseo.»

[Jacques Lacan: (1972-1973) Seminario 20. Aún, 1973-05-15, p. 152.]

 

No hay objeto, sino un Otro inaccesible con el que ninguna relación es posible.

 

Y noten que donde Freud ponía objeto Lacan pone a ese Otro. No hay, pues, relación sexual, no hay, tampoco, acto sexual.

 

Sino tan solo la deriva -necesariamente perversa- de un deseo que solo conoce objetos a.

 

 


Una relación plena

volver al índice

 

Conviene llamar la atención sobre el hecho de que Lacan caracteriza esa relación sexual -genital- de la que dice que no existe como la relación plena. ¿Por qué la plenitud debería ser una condición de la relación sexual tal que de no cumplirse esa relación debería ser declarada imposible?

 

De hecho, la expresión misma, carece de sentido. O si se prefiere, la idea de una relación plena es una idea imaginaria.

 

Quiero decir, una relación plena ya no es una relación.

 

Veámoslo: lo que en el campo del enamoramiento se fantasea como una relación plena, completa, es la fantasía de la identidad. Ahora bien: dos términos identicos son, por ser idénticos, uno, de modo que no hay relación posible entre ellos.

 

De modo que solo hay relación posible donde hay diferencia, no identidad.

 

Lo vacuo de esa idea de una relación plena se manifiesta especialmente cuando intentamos aplicar esa exigencia a los tipos de relaciones que conocemos más comunmente.

 

¿Qué querría decir una relación laboral plena, o una docente, o una médica…? qué se yo.

 

Por lo demás, en esto incluso podemos darle la razón a Hegel: toda relación, por ser entre diferentes, contiene también un conflicto, una contradicción. Es, como saben, la idea base de la dialéctica.

 

 


Freud: de la fase fálica a la fase genital

volver al índice

 

Ciertamente, en la fase fálica el objeto edípico es el objeto prohibido.

 

Pero en la fase genital el objeto ya no es un objeto prohibido, sino, podríamos decirlo así, un objeto destinado.

 

La fase genital, en suma, es aquella en la que la relación sexual debe tener lugar.

 

Atendamos, a este propósito, al párrafo con el que Freud concluye La organización genital infantil:

 

«No carece de importancia tener presentes las mudanzas que experimenta, durante el desarrollo sexual infantil, la polaridad sexual a que estamos habituados. Una primera oposición se introduce con la elección de objeto, que sin duda presupone sujeto y objeto. En el estadio de la organización pregenital sádico-anal no cabe hablar de masculino y femenino; la oposición entre activo y pasivo es la dominante. En el siguiente estadio de la organización genital infantil hay por cierto algo masculino, pero no algo femenino; la oposición reza aquí: genital masculino, o castrado. Sólo con la culminación del desarrollo en la época de la pubertad, la polaridad sexual coincide con masculino y femenino. Lo masculino reúne el sujeto, la actividad y la posesión del pene; lo femenino, el objeto y la pasividad. La vagina es apreciada ahora como albergue del pene, recibe la herencia del vientre materno.»

[Sigmund Freud: 1923 La organización genital infantil, p. 148-149.]

 

Como ven, su tema es la polaridad sexual, es decir, la determinación de lo masculino y de lo femenino.

 

Lo primero notable de este texto es que esta polaridad, la de lo masculino y lo femenino, no es la única y no está ahí desde el comienzo. Es, por el contrario, la más tardía en aparecer.

 

Así, dice que en la fase sádico-anal no cabe hablar de masculino y femenino; la oposición entre activo y pasivo es la dominante. Y es que, esto es lo más notable de esta cita, la dialéctica de lo masculino y lo femenino no aparece hasta la fase genital.

 

Precisamente su aparición -quizás fuera mejor decir su cristalización- constituye el dato diferencial mayor que fuerza a Freud a distinguir a la fase fálica de la genital.

 

Pues, recuérdenlo, según Freud en la fase fálica na ha aparecido todavía –hay por cierto algo masculino, pero no algo femenino; la oposición reza aquí: genital masculino, o castrado.

 

Lo femenino, el término que viene a hacer posible la dialéctica de la diferencia sexual, solo cristaliza como realidad psíquica en la pubertad, es decir, en la fase genital.

 

Pero habría que añadir: esta aparición de lo femenino, ausente en la fase fálica, supone necesariamente una redefinición de lo masculino.

 

Estos son entonces los términos finales de la polaridad sexual tal y como la concibe Freud: de un lado lo masculino que reúne el sujeto, la actividad y la posesión del pene; del otro lo femenino, el objeto, la pasividad y la vagina.

 

Aquí, una advertencia resulta necesaria. En esto contexto el término sujeto no debe ser entendido sustantivamente como una entidad psíquica, al modo de lo que es común en filosofía, donde el sujeto es la entidad que accede o a la que le es dado el conocimiento. Freud, en toda la última parte de su obra, no usa nunca este concepto. Cuando de tal se trata, habla de individuo, no de sujeto. Su uso del término sujeto tiene por el contrario un sentido estrictamente funcional: debe ser entendido como una posición en un determinado acto: la posición activa, es decir, la de aquel que hace.

 

Su opuesto, entonces, el objeto, de manera equivalente, constituye la posición opuesta, la pasiva, es decir, la de quien participa pasivamente de ese acto.

 

Así lo masculino se define como el sujeto del acto, que, en cuanto tal, es sujeto activo del acto. Lo femenino, en cambio, como objeto del acto, es decir, objeto pasivo del mismo.

 

De hecho, contra lo que tan superficialmente piensan muchos hoy en día, la asociación entre lo femenino y la pasividad es un presupuesto constante en Freud que ni siquiera llegó a escapársele a Lacan:

 

«Nunca, en ninguna parte, Freud sostiene que, psicológicamente, haya otra manera de captar la relación masculino-femenino que no sea por el representante de la oposición actividad-pasividad.»

[Jacques Lacan: (1963-1964) Seminario 11, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. 1964-05-20, p. 199.]

 

 


El significante de lo femenino: la pasividad – Freud / Lacan

volver al índice

 

Ciertamente, Lacan no está cómodo con esa idea.

 

Por eso añade de inmediato:

 

«Como tal, la oposición masculino-femenino no se alcanza nunca.»

[Jacques Lacan: (1963-1964) Seminario 11. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, 1964-05-20 (15) p. 199.]

 

Y dos años más tarde da el paso de impugnar esas categorías -por su puesto, sin reconocer que anteriormente hubiera afirmado lo contrario-:

 

«Se verifica de inmediato que Freud es el primero que se adelantó en esta vía del inconsciente, absolutamente sin ambages. No hay ningún medio para decir en que dosis son ustedes masculino o femenino, no se trata tampoco de biología, (…) es imposible dar un sentido analítico a los términos masculino o femenino.

«Si un significante es lo que representa un sujeto para otro significante, eso debería ser el terreno elegido. Como ven las cosas estarían bien, (…) si pudiéramos darle alguna subjetivización al término macho. Así sabríamos lo que conviene saber un sujeto manifestándose como macho sería representado (…) como sujeto cerca de (…) un significante que designe el término femenino (…)»

[Jacques Lacan: (1966-1967) Seminario 14. La lógica del fantasma, 1967-04-19 (16)]

 

La manera en la que Lacan nombra a Freud en este texto sugiere, como suele suceder tantas veces en su discurso, que en él las fundamenta.

 

Y, sin embargo, lo único en lo que aquí es reconocible Freud es en la idea de que en todo individuo pueden localizarse siempre rasgos masculinos o femeninos en diversas proporciones.

 

Pero no es cierto que no pueda establecerse la dosis de lo uno y de lo otro.

 

De hecho, Freud no para de hacerlo constantemente.

 

Así, por ejemplo, cuando habla del Edipo negativo:

 

«Una indagación más a fondo pone en descubierto, las más de las veces, el complejo de Edipo más completo, que es uno duplicado, positivo y negativo, dependiente de la bisexualidad originaria del niño. Es decir que el varoncito no posee sólo una actitud ambivalente hacia el padre, y una elección tierna de objeto en favor de la madre, sino que se comporta también, simultáneamente, como una niña: muestra la actitud femenina tierna hacia el padre, y la correspondiente actitud celosa y hostil hacia la madre.»

[Sigmund Freud: (1923) El yo y el ello, p. 34-35.]

 

Como puede verse, el Edipo negativo consiste precisamente, en el caso del niño, en que adopta ante el padre una actitud femenina. Es decir, que muestra la actitud femenina tierna hacia el padre, y la correspondiente actitud celosa y hostil hacia la madre.

 

En oposición a lo que Lacan afirma –es imposible dar un sentido analítico a los términos masculino o femenino-, para Freud los términos de masculino y femenino tienen un inequívoco sentido clínico.

 

¿Un significante es lo que representa un sujeto para otro significante? No hace falta ahora detenernos en intentar entender este enunciado en sí mismo absurdo -los significantes no son sujetos de conocimiento para los que algo pueda representar allgo. -Pueden encontrar la discusión del asunto aquí: Aporías de la deconstrucción 3: Zizek y el significante lacaniano

 

Lo que nos importa retener aquí es que la impugnación de las categorías freudianas de lo masculino y lo femenino se concreta en la afirmación de que no hay un significante que designe el término femenino, idea en la que Lacan cree poder sustentar sus tres negaciones existenciales: que la mujer no existe, que la relación sexual no existe y que no hay acto sexual.

 

El caso es que cuando, a estas alturas, así hace, Lacan niega lo que sin embargo -reintroduzcamos una cita anterior- antes afirmaba:

 

«Nunca, en ninguna parte, Freud sostiene que, psicológicamente, haya otra manera de captar la relación masculino-femenino que no sea por el representante de la oposición actividad-pasividad.»

[Jacques Lacan: (1963-1964) Seminario 11. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, 1964-05-20, p. 199.]

 

Es decir, que tal significante existe: se llama pasividad.

 

El hecho que se constata de mil maneras es que Lacan solo puede pensar el asunto en los términos de la fase fálica en la que no hay masculino y femenino, sino tan solo el falo y su ausencia.

 

Vean una nueva cita que viene a confirmarlo:

 

«Si hay un punto en el análisis en el que se sostiene tranquilamente lo que les señalé, que no hay relación sexual, es en que no se sabe qué es la Mujer. (…)

«¿Qué es sino una denegación atribuirle como carácter no tener lo que precisamente nunca se trató de que tuviera? Con todo, solo desde este ángulo la Mujer aparece en la lógica freudiana -un representante inadecuado, al lado, el falo, y después la negación de que ella lo tenga, es decir, la reafirmación de su solidaridad con ese chirimbolo, que puede ser su representante pero que no tiene ninguna relación con ella. Esto por sí solo debería darnos una breve lección de lógica y permitirnos ver que lo que falta al conjunto de esta lógica es precisamente el significante sexual.

[Jacques Lacan: (1968-1969) Seminario 16. De un otro al otro, 1969-03-12, p. 207-208.]

 

Lo ven. Ya hemos constatado hasta que punto es falso que solo desde este ángulo la Mujer aparece en la lógica freudiana, el del falo y la negación de que ella lo tenga.

 

Es evidentemente falso, pues existe, para Freud, la fase genital.

 

De modo que existe ese significante sexual que dice Lacan que falta. Insisto: es el significante pasividad.

 

Por algún motivo que solo el psicoanálisis estaría en condiciones de explicar, a Lacan le es imposible pensar lo que Freud presenta como lo específico de la fase genital.

 

¿Qué? Ni más ni menos que la emergencia del sexo femenino.

 

Como tal, es decir, como una presencia.

 

Ahora bien, hay que reconocer la dificultad ante la que Lacan retrocede. Ya se la he anticipado antes a ustedes:

 

«Probablemente a ninguna persona del sexo masculino le es ahorrado el terror a la castración al ver los genitales femeninos. ¿Por qué algunos se vuelven homosexuales a consecuencia de esa impresión, otros se defienden de ella creando un fetiche y la inmensa mayoría la supera? He ahí algo que por cierto no sabemos explicar. Es posible que, de todas las condiciones cooperantes, no conozcamos todavía las decisivas para los raros desenlaces patológicos; por lo demás, contentémonos con poder explicar lo que acontece, y considerémonos autorizados a desechar provisionalmente la tarea de explicar por qué algo no acontece.»

[Sigmund Freud: (1927) Fetichismo, p. 149]

 

Lo diré, para simplificar, así: Lacan es incapaz de concebir al héroe.

 

El filo de su discurso es -nada lo acredita mejor que su promoción del objeto a a costa del objeto genital– netamente perverso.

 

Y, también en eso, ejemplarmente rococó.

 

 


El Cántico Espiritual

volver al índice

 

Una última referencia a Lacan.

 

Este autor utilizó la mística para decir que del goce de la mujer no se puede decir nada.

 

Y consecuentemente con ello, contra lo que se piensa, no dijo casi nada sobre la mística.

 

Lo que era, después de todo, inevitable, dado que en ningún lugar mejor que en ésta se articula lo que está en juego en esa posición pasiva que era, para Freud, la posición femenina.

 

No hay mejor vía para abordar la posición femenina que la que nos ofrece el que, en mi opinión, es el más grande filósofo en lengua española. Juan de la Cruz.

 

Alguien, digámoslo enseguida, que no dudó -y por los mejores motivos- en tomar la palabra en femenino.

 

Cosa, por cierto, de la que se dio cuenta Lacan -esa es la única cosa de interés que dijo de la mística;

 

«La mística (…) Es una cosa seria, y sabemos de ella por ciertas personas, mujeres en su mayoría, o gente capaz como san Juan de la Cruz, pues ser macho no obliga a colocarse del lado del «xFx. Uno puede colocarse también del lado del no-todo. Hay allí hombres que están tan bien como las mujeres. Son cosas que pasan. Y no por ello deja de irles bien. A pesar, no diré de su falo, sino de lo que a guisa de falo les estorba, sienten, vislumbran la idea de que debe de haber un goce que esté más allá. Eso se llama un místico.

«(…) Con la tal Hadewich pasa como con Santa Teresa: basta ir a Roma y ver la estatua de Bernini para comprender de inmediato que goza, sin lugar a dudas. ¿Y con qué goza? Está claro que el testimonio esencial de los místicos es justamente decir que lo sienten, pero que no saben nada.

[Jacques Lacan: (1972-1973) Seminario 20, Aún, 1973-02-20]

 

El caso es que Juan de la Cuz, de eso sabía algo. Por no decir bastante.

 

Es lo que les mostraré a continuación, con solo leerles el Cántico Espiritual.

 

 

 


Canciones entre el Alma y el Esposo

volver al índice

 

CANCIONES ENTRE EL ALMA Y EL ESPOSO

 

ESPOSA

 

-¿A dónde te escondiste,
Amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huíste,
Habiéndome herido;
Salí tras ti clamando, y eras ido.

 

-Pastores, los que fuerdes
Allá por las majadas al Otero,
Si por ventura vierdes
Aquel que yo más quiero,
Decilde que adolezco, peno y muero.

 

-Buscando mis amores.
Iré por esos montes y riberas,
Ni cogeré las flores,
Ni temeré las fieras,
Y pasare los fuertes y fronteras.

 

PREGUNTA A LAS CRIATURAS

 

-¡Oh, bosques y espesuras.
Plantadas por la mano del Amado!
íOh, prado de verduras,
De flores esmaltado,
Decid si por vosotros ha pasado!

 

RESPUESTA DE LAS CRIATURAS

 

-Mil gracias derramando,
Pasó por estos sotos con presura,
Y yéndolos mirando,
Con sola su figura
Vestidos los dejó de hermosura.

 

ESPOSA

 

-¡Ay, quién podrá sanarme!
Acaba de entregarte ya de vero,
No quieras enviarme
De hoy más ya mensajero,
Que no saben decirme lo que quiero.

 

-Y todos cuantos vagan,
De ti me van mil gracias refiriendo,
Y todos más me llagan,
Y déjame muriendo
Un no sé qué que quedan balbuciendo.

 

-Mas, ¿cómo perseveras,
Oh vida, no viviendo donde vives,
Y haciendo porque mueras.
Las flechas que recibes.
De lo que del Amado en ti concibes?

 

-¿Por qué, pues has llagado
Aqueste corazón, no le sanaste?
Y pues me le has robado,
¿Por qué así le dejaste,
Y no tomas el robo que robaste?

 

-Apaga mis enojos,
Pues que ninguno basta a deshacdlos,
Y véante mis ojos,
Pues eres lumbre dellos,
Y sólo para ti quiero tenellos.

 

-¡Oh, cristalina fuente,
Si en esos tus semblantes plateados.
Formases de repente
Los ojos deseados.
Que tengo en mis entrañas dibujados!

 

-Apártalos, amado,
Que voy de vuelo.

 

EL ESPOSO

 

Vuélvete, paloma,
Que el ciervo vulnerado
Por el otero asoma,
Al aire de tu vuelo, y fresco toma.

 

LA ESPOSA

 

-Mi Amado las montañas.
Los valles solitarios nemorosos.
Las ínsulas extrañas.
Los ríos sonorosos.
El silbo de los aires amorosos.

 

-La noche sosegada
En par de los levantes de la aurora.
La música callada.
La soledad sonora.
La cena que recrea y enamora.

 

-Nuestro lecho florido
De cuevas de leones enlazado,
En púrpura tendido,
De paz edificado,
De mil escudos de oro coronado

 

-A zaga de tu huella
Las jóvenes discurren al camino
Al toque de centella,
Al adobado vino,
Emisiones de bálsamo divino.

 

-En la interior bodega
De mi Amado bebí, y cuando salía
Por toda aquesta vega,
Ya cosa no sabía,
Y el ganado perdí que antes seguía.

 

-Allí me dio su pecho.
Allí me enseñó ciencia muy sabrosa,
Y yo le di de hecho
A mí, sin dejar cosa.
Allí le prometí de ser su esposa.

 

-Mi alma se ha empleado,
Y todo mi caudal en su servicio;
Ya no guardo ganado,
Ni ya tengo otro oficio.
Que ya sólo en amar es mi ejercicio.

 

-Pues ya si en el ejido
De hoy más no fuere vista ni hallada,
Diréis que me he perdido;
Que andando enamorada.
Me hice perdidiza, y fui ganada.

 

-De flores y esmeraldas.
En las frescas mañanas escogidas,
Haremos las guirnaldas
En tu amor florecidas,
Y en un cabello mío entretejidas.

 

-En sólo aquel cabello
Que en mi cuello volar consideraste,
Mirástele en mi cuello,
Y en el preso quedaste,
Y en uno de mis ojos te llagaste.

 

-Cuando tú me mirabas,
Tu gracia en mí tus ojos imprimían;
Por eso me adamabas,
Y en eso merecían
Los míos adorar lo que en ti vían.

 

-No quieras despreciarme,
Que si color moreno en mí hallaste,
Ya bien puedes mirarme,
Después que me miraste,
Que gracia y hermosura en mí dejaste.

 

-Cogednos las raposas,
Que está ya florecida nuestra viña,
En tanto que de rosas
Hacemos una piña,
Y no parezca nadie en la montiña.

 

-Detente, Cierzo muerto.
Ven, Austro, que recuerdas los amores.
Aspira por mi huerto,
Y corran sus olores,
Y pacerá el Amado entre las flores.

 

ESPOSO

 

-Entrado se ha la Esposa
En el ameno huerto deseado,
Y a su sabor reposa,
El cuello reclinado
Sobre los dulces brazos del Amado.

 

-Debajo del manzano,
Allí conmigo fuiste desposada,
Allí te di la mano,
Y fuiste reparada
Donde tu madre fuera violada.

 

-A las aves ligeras,
Leones, ciervos, gamos saltadores,
Montes, valles, riberas,
Aguas, aires, ardores
Y miedos de las noches veladores.

 

-Por las amenas liras,
Y canto de serenas os conjuro.
Que cesen vuestras iras,
Y no toquéis al muro,
Porque la Esposa duerma más seguro.

 

ESPOSA

 

-Oh, ninfas de Judea,
En tanto que en las flores y rosales
El ámbar perfumea,
Morá en los arrabales,
Y no queráis tocar nuestros umbrales.

 

-Escóndete, Carillo,
Y mira con tu haz a las montañas,
Y no quieras decillo;
Mas mira las compañas
De la que va por ínsulas extrañas.

 

ESPOSO

 

-La blanca palomica
Al arca con el ramo se ha tornado,
Y ya la tortolica
Al socio deseado
En las riberas verdes ha hallado.

 

-En soledad vivía,
Y en soledad ha puesto ya su nido,
Y en soledad la guía
A solas su querido,
También en soledad de amor herido.

 

ESPOSA

 

-Gocémonos, Amado,
Y vámonos a ver en tu hermosura
Al monte o al collado.
Do mana el agua pura.
Entremos más adentro en la espesura.

 

-Y luego a las subidas
Cavernas de la piedra nos iremos,
Que están bien escondidas,
Y allí nos entraremos,
Y el mosto de granadas gustaremos.

 

-Allí me mostrarías
Aquello que mi alma pretendía,
Y luego me darías
Allí tú, vida mía,
Aquello que me diste el otro día.

 

-El aspirar del aire.
El canto de la dulce filomena.
El soto y su donaire,
En la noche serena
Con llama que consume y no da pena.

 

-Que nadie lo miraba,
Aminadab tampoco parecía,
Y el cerco sosegaba,
Y la caballería
A vista de las aguas descendía.

 

FIN


 

[Juan De la Cruz: Cántico espiritual, Obras de San Juan de la Cruz, Biblioteca Mística Carmelitana, Burgos, 1930.]

 

 

volver al índice del capítulo

 

 

ir al índice del libro

 

 

Safe Creative #2008175036938

 

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *