16. Ford y la ley


Jesús González Requena
Edipo II. Del odio a la promesa
Seminario Psicoanálisis y Análisis Textual 2015/2016
sesión del 04/12/2015 (2)
Universidad Complutense de Madrid
de esta edición: gonzalezrequena.com, 2016

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La ley simbólica no es razonable

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Ethan: But l’m giving the orders.

Ethan: l’m giving the orders.

Ethan: And you’ll follow them or we’re splitting up right here and now.

Y bien, Ethan no impone su poder, sino que enuncia una ley.

Si queréis buscar conmigo -si queréis que existamos como grupo- aceptaréis mis órdenes, pues yo encarno la ley.

¿Les parece -además de antipático- autoritario Ethan cuando se comporta así con los muchachos?

Seguramente les incomodará la ausencia de argumentos, de razonamientos que busquen consenso, que haga inteligible y aceptable esa ley.

Pero el asunto es que lo que está en juego no es la ley jurídica, sino la ley simbólica.

La ley jurídica es razonable: los discursos de la ética, la filosofía y la política la argumentan en una reflexión sobre lo que debe ser, ya sea por ser lo mejor -de acuerdo a cierto ideal ético-, o por ser lo más conveniente -de acuerdo a una u otra pragmática social.

La ley simbólica, en cambio, para el sujeto que la recibe, nunca es razonable ni inteligible; es, por el contrario, insisto en ello, algo que se impone en ausencia de toda argumentación, de toda explicación, de todo consenso.


El fundamento

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Entonces, se preguntarán ustedes, ¿cómo puede llegar a actuar si no es como puro acto de poder sin otro fundamento que la superioridad misma de la fuerza del que la encarna?

No se preocupen, es normal, hoy casi todo el mundo tiende a pensarlo así. Y ello porque casi todo el mundo ha olvidado ya que su fundamento es totalmente diferente:


Su fundamento -y no me refiero a un fundamento ético sino a uno sencillamente práctico, es decir, dinámico y energético- se encuentra en la mirada de la madre.


En su deseo.

Martha: Welcome home, Ethan.

En el modo en el que ella le ha reconocido como aquel al que ama.

Aquel al que dice amo: aquel, por tanto, al que ha reconocido como su amo.


Martin: Well, sure, Ethan.

¿Se dan cuenta? Es evidente que el propio Martin no sabe -ha olvidado, tanto como ustedes mismos- ese fundamento de la autoridad que ahora acata sin comprenderla.


No hay inteligibilidad posible de lo real

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Y claro está, intenta someter el asunto al campo de la razón:

Martin: Just one reason we’re here, ain’t it? That’s to find Debbie and Lucy?

Es decir, al de la inteligibilidad.

Y bien, lo inteligible es lo relativo a los objetos: entiéndanlo como quieran: como objetos objetivos -mensurables- o como objetos objetales -deseables.

De hecho ambos están mucho más relacionados entre sí de lo que parece a simple vista.

El asunto es que cuando se trata de objetos, es posible el razonamiento, la lógica y el cálculo: los objetos se cuentan, se inventarían, se comparan y valoran, se tienen o no se tienen.

El asunto -ese es el problema fundamental con el que debe operar la ley simbólica- es que no hay inteligibilidad posible cuando de lo que se trata es del fondo de lo real.

Ethan: lf they’re still alive.

Arte asombroso, asombrosamente contenido y medido, el del montaje interno fordiano.

Como han visto, es tan sólo un pivotar de Ethan sobre sí mismo lo que hace que su rostro oscuro y escorzado pase a resultar iluminado, al menos en parte, y visible.

Pero el motivo del giro es, a la vez, ocultar a los muchachos la emergencia en su rostro de la extrema tristeza que le invade.

Porque sus ojos están en sombra, notamos su brillo -principalmente en el izquierdo. Esta vez no es un brillo feroz, sino que posee la acuosidad que sugiere la posibilidad de una lágrima.

Ethan: lf they’re still alive.

Extrema tristeza que es la otra cara de la extrema ferocidad que manifestó al final de la escena anterior.


Y siempre, el pudor fordiano.

Cuando la lágrima va a emerger, Ethan inclina la cabeza y el sombrero oculta su rostro.


Que los hombres no lloran no quiere decir que cada hombre no llore inevitablemente alguna vez.

Lo que quiero decir es que la Figure del hombre -ese héroe que, llegado el momento, el hombre debe sustentar- en tanto Figure, no debe llorar.

Sino actuar.

Ethan: Mount up.

¿No les parece que ante la proximidad de la muerte lo indio se manifiesta en los hombres?


Los dos grupos se separan.


Y los tres buscadores cruzan de nuevo, pero ahora en dirección contraria, el río que hace nada atravesaron huyendo de los indios.

¿Les parece que está en juego el eterno retorno?

El próximo día les mostraré que no.

Pero para ello conviene que ustedes, por su cuenta, repasen eso de lo que Nietzsche hablaba cuando se refería al eterno retorno.


Lo que Ethan debe enseñar

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Ellos tienen, en ese viaje, que volverse piedras.

Como los indios mismos, de los que ya señalamos que parecían su misma emanación.

Es, desde luego, una dura enseñanza la que Ethan debe ofrecer a los muchachos.

Que versa, en primer término, sobre lo real, sobre el ser inhumano de lo real, es algo que se hace explícito de inmediato.

Brad: They gotta stop sometime.

Brad, como todos los que no son Ethan en The Searchers, insiste en postular atributos humanos para lo real.

Brad: lf they’re human men at all, they gotta stop!

Imposible plantear la disyuntiva con mayor claridad: si ellos son humanos…

Pero sucede que ello, lo real, no está hecho para los hombres. Que es, sencillamente, inhumano.

Óiganselo decir a Ethan:

Ethan: No. Human rides a horse until it dies, then he goes on afoot.

Una cosa es cómo montan a caballo los humanos, y otra, muy diferente, como lo hacen los indios.

Ethan: Comanche comes along, gets that horse up, rides him 20 more miles…

De nuevo el tema de la relación de los comanches con sus caballos, que ya conocemos por aquel dormir de los comanches atados a sus caballos.

Allí donde el humano ve morir a su caballo, el comanche es capaz de hacerlo levantarse y cabalgar veinte millas más antes de comérselo.

Ethan: …then eats him.

La novela explica el rasgo que diferenciaba a los guerreros comanches del resto de los indios norteamericanos: a pie eran poca cosa, pero subidos a sus caballos eran los guerreros más temibles por el modo como se fundían con ellos en el combate.

Ethan: Easy on that.

Tan fácil como eso; los comanches son inseparables de sus caballos: fundidos con ellos son todo pulsión guerrera.

Pura voluntad de poder, podríamos decir al modo nietzschiano.

Y si suscitamos esto, el modo nietzschiano de decirlo, no podemos dejar de anotar la paradoja que la escena nos ofrece en esta comparación entre el modo humano y el comanche de relacionarse con el caballo.

Como saben, junto al perro, el caballo es el animal domesticado por excelencia. Asociado al hombre configura esa figura de nobleza que es la del caballero, la figura del guerrero más alejada -tal y como la codifica la mitología caballeresca -de la bestia de presa tan cara a Nietzsche.

En cambio, el modo comanche, la fusión del comanche con su caballo, nos devuelve, por contra, una síntesis que realiza a la perfección esa figura nietzschiana de la bestia de presa.

Y, sin embargo -esta es la paradoja- llegado el momento, lo humano más humano surgió en Nietzsche del lado de la vía humana pues, ¿no fue de esa índole el abrazo de Nietzsche al caballo turinés brutalmente maltratado por su amo?


La doble negación

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Martin: Sorry.

Martin: We don’t even know if Debbie and Lucy’s in this bunch.

Martin: Maybe they split up.

Ethan: They’re with them , all right… …if they’re still alive.

Brad: You’ve said that enough!

Por enésima vez, cuando el conflicto llega Martin se encuentra en el centro, en la bisagra misma del choque.

Por lo demás, el choque de Brad con Ethan ya ha aparecido en la escena anterior. Ahora tan solo prosigue. Pero, ¿cuál es la novedad en esta segunda formulación?

Brad: Maybe Lucy’s dead. Maybe they’re both dead.

Brad: But if l hear that from you again, l’ll fight you, Mr. Edwards!

Esta vez la mirada de Martin queda fija en Brad sin intentar intervenir en su protección como hizo la vez anterior.

Ahora percibe -y nos hace percibir- la excesiva alteración del joven, lo que hay de compulsivo, de demasiado tenso, en la negación de una posibilidad que es ya del todo plausible, pero que resulta para él absolutamente intolerable.

De nuevo aparece esa figura de la doble negación con la que ya nos encontramos varias veces año pasado. Ethan debe chocar una vez y otra vez con ella sabiendo que es inútil cualquier argumentación; podríamos decirlo en los términos del Freud de Análisis terminable e interminable: por más que se intente argumentarlo a los seres humanos, estos se aferrarán a su negación compulsiva de la castración.

No no igual a sí. Al sí de la afirmación en la ilusión imaginaria.

¿Acaso no es ese el motivo mayor del rechazo incesante, de la burla constante hacia el padre en la sociedad contemporánea?

Pues eso es, precisamente, lo que él sabe.

Y nosotros, espectadores, percibimos, en esa misma medida, esa posibilidad como un hecho más que probable: como un suceso inevitable en el devenir del relato.

Ethan: That’ll be the day.

A eso responden, de manera cifrada, las palabras de Ethan.

Llegará el día.

Eso sucederá.

¿Qué? ¿Que Brad luchará con Ethan?

Desde luego que no. Por el contrario: que ese suceso inevitable habrá de suceder en el devenir próximo del relato. Que la negación de la negación no es más que una ilusión.

Ethan: Spread out.

Y porque Ethan sabe que sería inútil intentar explicárselo, sabe igualmente que lo único que puede hacer es conducirle hasta allí.

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