11. The Searchers y The Ten Commandments


Jesús González Requena
Edipo II. Del odio a la promesa
Seminario Psicoanálisis y Análisis Textual 2015/2016
sesión del 20/11/2015 (1)
Universidad Complutense de Madrid
de esta edición: gonzalezrequena.com, 2016

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  • The Searchers y The Ten Commandments
  • Las sagradas insignias de los guerreros
  • El jefe militar y el jefe religioso
  • El Dios guerrero del rayo
  • Ethan y Scar: equivalencia
  • Martin y Ramsés
  • Ave de presa

     


    The Searchers y The Ten Commandments

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    Clayton: Let’s go!


    (lndlans whooplng)

    Les decía: el gran río se abre para unos

    (Gunshots)


    Y se cierra para otros.

    Diríase incluso que, literalmente, se los tragara.

    Y sin embargo, si atienden ustedes al plano inmediatamente anterior, verán que en él nadie les dispara.

    Por lo demás, si esos vaqueros dispararan -cosa que, les insisto, no hacen- difícilmente podrían acertar con los tumbos que van dando al atravesar el río.

    ¿Les parece excesiva la referencia bíblica al Mar Rojo a propósito de este río donde, siquiera provisionalmente, los buscadores vencen a los indios?

    Sin duda, es extrema la diferencia de escala:

    Pero, salvada ésta, los elementos se nos antojan los mismos:

    desierto y agua,

    hombre y caballos.

    Por lo demás, es difícil renunciar a la tentación de confrontar The Searchers de John Ford con The Ten Commandments de Cecil B. DeMille dado que ambas son películas hollywoodienses, realizadas el mismo año -1955- y estrenadas el año siguiente -1956.

    Motivo por el cual sus semejanzas y diferencias resultan tanto más interesantes, dado que ambos cineastas trabajaban en paralelo y, por ello, difícilmente pudieron influirse entre sí.



    Man 1: Take it easy, Nesby.

    Man 2: You’ll be all right, Nesby.

    Ethan: Keep them on the other side of the river.

    Clayton: l’ll do the telling, Ethan!

    Ethan: Well, then tell them!

    Brad: Take it easy, Nesby.

    Brad: You’ll be all right, Nesby.

    Ethan: Come on, come on.


    Las sagradas insignias de los guerreros

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    (Singing war song)


    En ambos films, la violencia no excluye la ritualidad.

    El guerrero recibe y viste sus insignias de combate.

    Solo en la modernidad hemos perdido la conciencia de que durante siglos

    las insignias de los guerreros eran tan sagradas como la guerra misma.

    Aunque quizás uno de los hallazgos escenográficos de Hitler consistió, precisamente, en restituir esa íntima ligazón.

    Y se entonan cánticos a la vez bélicos y sacramentales.

    Mientras los guerreros se preparan para el combate.

    (Hootlng)

    Sin duda, más allá de las diferencias de dimensiones y de universos narrativos hay otras que son, propiamente, estructurales.

    Así, en Los Diez Mandamientos no hay lugar para la burla, que sin embargo no está excluida en The Searchers.

    Como si en el film de Ford, frente al acartonamiento engolado del de DeMille, fueran simultáneamente convocados todos los registros -incluso los más extremos y opuestos- en la extraña liturgia que constituye la escena.


    Y, cuando así sucede, se desdibuja el límite que, con respecto al rito de los otros -los enemigos-, existiría entre la burla y el mimetismo.

    Digámoslo una vez más: Mos está fuera del enfrentamiento, no porque esté contra él, sino porque está en su interior: en ese interior donde se desdibujan los límites entre los dos bandos enfrentados.


    El jefe militar y el jefe religioso

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    Clayton: There.

    Clayton: Here’s my Bible. Hold it. Make you feel good.

    Clayton ejerce de predicador y, con ello la Biblia se hace presente -y, ni que decirlo hay, El Éxodo mosaico es una de sus partes fundamentales.

    Nesby: Thank you, Reverend. Thank you very kindly.

    Mientras el herido agradece la Biblia que recibe, Clayton está ya ejerciendo como jefe militar.

    Clayton: Ethan, you figure they’ll charge us?

    Digámoslo por enésima vez: cuando están los indios en juego, es Ethan el que sabe.

    Ethan: Are you asking me?

    Clayton: l am.

    Y, aunque le da la espalda, el jefe militar, ante la amenaza que tiene frente a sí, se sabe sostenido por la potencia que Ethan encarna.

    Ethan: Thank you.

    ¿Y no le sucede lo mismo a Josué, el jefe militar del pueblo escogido, en su relación con ese otro hombre más fuerte y más extraño sobre cuya potencia se afirma en los momentos de peligro?

    Yep. Death song.

    No dice canto de guerra -como traducen los subtítulos españoles, sino canto de muerte.

    Porque la pulsión de muerte es el motivo central de la escena, como lo es, dice Freud, de la agresividad humana en su conjunto.

    ¿Qué quiere decir esto?

    No es momento de cerrar el asunto con una respuesta.

    Por lo demás, si analizamos The Searchers es para avanzar en el sentido de esta interrogación central no solo del psicoanálisis sino de la cultura en su conjunto.

    Ethan: War chief, he’s gotta, to save face.

    Aunque se lo trague el mar Rojo, el jefe guerrero debe salvar la cara: debe, como el propio Ethan, mirar a la muerte de frente.

    Ethan podría estar hablando de Ramsés,

    ¿no les parece?


    El Dios guerrero del rayo

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    Pues Ramsés se ve confrontado al Dios guerrero del rayo.

    En todo caso, en uno como en otro lugar,

    el jefe militar se vuelve atento hacia aquel otro que, aunque no es militar -o quizás por ello mismo- sabe de las magnitudes -no lógicas, no racionales- que están en juego.

    Ethan: Yes, sir. He’ll be right in your lap

    Ethan: in a minute, sonny.

    Mose: For that which we are about to receive, we thank thee, O Lord.

    Señor, te damos las gracias por lo que vamos a recibir.

    Constátenlo de nuevo: el loco de Mos sabe mejor que nadie de la íntima relación de lo sagrado y lo real.

    Pues es al Dios del rayo y la guerra -en ningún caso a ese otro, mucho más tardío, de la compasión- al que dirige sus palabras.

    Ethan fija la vista.

    La línea del horizonte es también la línea de su mirada.

    Y si aparece ahora aislado en plano, no hay duda de que ello se debe a que debe quedar nítidamente confrontado a su enemigo:



    Ethan y Scar: equivalencia

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    ¿Maniqueísmo?

    Ninguno: porque lo que liga a estos dos planos es tanto una relación de oposición como una ecuación de equivalencia.

    Más tarde, avanzada la segunda mitad del film, llegarán los enunciados explícitos que lo verbalizarán.

    Se dan cuenta de que, entonces, será la mirada de Martin

    la que levante acta de esa equivalencia.

    (Speaks ln spanlsh)

    Fernandez: This is the great Cicatriz, war chief–

    Ethan: Scar, huh?

    Ethan: Plain to see how you got your name.

    Cada uno tiene un nombre para el otro

    Scar: You, Big Shoulders.

    Scar: Young one, He Who Follows.

    Ethan: You speak pretty good American for a Comanche.

    Y cada uno habla la lengua del otro.

    Ethan: Someone teach you?

    (Speaklng ln comanche)

    Ethan: Right. We come to trade. Only, not out here.

    Ethan: l don’t stand talking in the wind.

    Fernandez: (Speaklng ln comanche)

    Scar: You speak good Comanche. Someone teach you?

    Como ven, cada uno devuelve, en espejo, las palabras del otro.

    Y ya que estamos aquí, anotemos esto otro:

    Ethan: You stay out of here.

    Martin: Not likely.

    Fernandez: His sons are dead, so his wives sit on the honor side of his lodge.

    Los hijos de Cicatriz, como el de Ramsés,

    han muerto.

    Si quieren hablar de maniqueísmo, antes deberían hacerlo aquí, en Los Diez mandamientos,

    Pero, en el fondo, ni siquiera eso, pues al espectador del film de DeMille le sobran los motivos para sentir lástima por ese pobre Ramsés que es derrotado siempre por la potencia de Moisés -el escogido de Dios.

    Sorprenden las semejanzas, en las miradas y en los gestos, también en los colores y los atuendos.

    Y por cierto que incluso el color rojo conecta a Ethan y Cicatriz, pues sólo en otro lugar se encuentra además de en la camisa de Ethan: están las líneas rojas de la pintura de guerra del indio,

    y también la manta roja sobre la que cabalga.

    Creo que no hay duda, en todo caso, que es en The Searchers donde la ecuación es formulada con mayor nítidez:

    un mismo odio les enfrenta.

    Y, a la vez, es el modo en que lo afrontan lo que da a ambos, a la vez, su común dignidad.

    (Speaks ln comanche)



    (Gunshots)

    ¿No les da la impresión de que son las montañas mismas las que atacan?

    Y esos maderos secos en los que ellos se protegen, ¿no les parece que tienen el color de los huesos hace ya años desprendidos de toda carne?

    Solo dos figuras de pie.

    Más centrada, también más alta y erguida, la de Ethan.

    En el lugar de Moisés.

    Ethan apunta.

    Su concentración es absoluta, su ojos, esta vez bien iluminados -sobre todo el derecho- están absolutamente focalizados en su objetivo.

    El rojo viste sangrientamente a Ethan y a Mosiés cuando se entregan al dios de la guerra.

    Justo en línea con el horizonte, sin el menor temblor, con la mirada de un ave de presa.

    Mientras que el asustado Martin es todo temblor.


    Martin y Ramsés

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    Las montañas del fondo descienden por la derecha y por la izquierda para definir, en la zona central, el punto donde los indios caen y retroceden.

    Y así, las composiciones de ambos films se encuentran en el momento de la figuración de la derrota.

    El periplo del pobre Ramsés acaba aquí.

    En lo que, sin duda, se diferencia de Cicatriz, él sí encarnación del desierto y por ello objeto de esa larga persecución a través del mismo desierto que constituye el resto del film.

    Mos: You got him, Marty!

    Martin ha acertado. Es decir, ha matado.


    Y su tensión contenida hace que se desmorone un instante después.

    Es él, entonces, el que nos devuelve el gesto angustiado de Ramsés:


    Clayton: Hallelujah!

    En la tensión del combate -en la entrega a la pasión destructiva- se le cruzan los códigos al predicador.

    Y el público ríe.

    Sin embargo, hay en ello una expresión directa de algo que ya no es confusión, sino fusión de códigos por la que se expresa el ser sagrado de la violencia a la que ahora todos se hallan entregados.

    Clayton: Dag blast it!

    Ethan: Watch it. lt’s loaded.


    No faltan las pinceladas humorísticas, incluso subrayadas por equivalentes pinceladas musicales.


    Y, una vez más, la semejanza entre los indios y las montañas: como si los indios fueran una franja más de la montaña del fondo, solo que una móvil, pero de muy semejante color y altura.


    Ave de presa

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    Ha habido, como acabamos de anotar, pinceladas de humor.

    Y, sin embargo, ello en nada edulcora las aristas más ásperas de la violencia que protagoniza la escena.

    La sonrisa de Ethan es tan jovial como feroz -lo que encuentra su mejor énfasis en la nitidez negra del perfil de su figura sobre el fondo luminoso del desierto.

    Su ojo es infalible: va a hacer blanco


    sobre el indio que ha caído del caballo y flota a la deriva.

    De nuevo la mirada de ave de presa que se fija sobre su víctima.

    Fíjense hasta qué punto la línea del horizonte es la línea de su mirada tanto como la de su disparo.

    Clayton: No, Ethan. Leave them carry off their hurt and dead.

    El Predicador impide su disparo invocando las leyes de la guerra.

    Leyes en las que late el fondo de la compasión. Pues sus heridos y muertos, una vez tales, se parecen demasiado a los nuestros.

    Anotemos, al paso, que tampoco esta manifestación extrema del odio del Ethan de Ford estaba en la novela.

    Esa idea, la del animal de presa a la que ya he hecho referencia antes, alcanza aquí su expresión máxima.

    Permítanme una ampliación:

    Y por cierto que hay algo en común

    entre la ferocidad con la que Ethan reclama su derecho a la venganza

    y la del Moisés que proclama el poder del Dios que ha aniquilado a los egipcios.

    -El mismo, dicho sea de paso, que, antes de aniquilar al ejército de Ramsés había matado a todos los hijos primogénitos de los egipcios, incluido entre ellos el del propio faraón.

    Pues el suyo es ese Dios guerrero,

    a la vez fuego que abrasa,

    y agua que ahoga.

    El predicador es ahora una figura blanca -su cabello, su gabán- frente a la figura oscura de Ethan, más elevada en plano, reforzada y vectorializada por su sombrero negro que oscurece su rostro y acentúa la intensidad de su mirada.

    Su pañuelo, aunque lo sabemos azul por planos anteriores, parece ahora tan negro como el sombrero.

    Y el rojo de su camisa es el fuego de su pasión destructora.

    Ethan: Well, Reverend, that tears it!

    No lloriquees reverendo.

    Ethan: From now on, you stay out of this, all of you.

    Y les expulsa de su mundo.

    A todos.

    Ethan: l don’t want you with me.

    Ethan: l don’t need you for what l gotta do.

    No os necesito para lo que tengo que hacer.

    ¿Qué?

    Matar.

    Entregarse del todo al goce de la violencia.

    Les decía que era ésta una sonrisa feroz.

    Pero no deja por ello de ser, a la vez, una sonrisa jovial.

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