9. Aporías de la deconstrucción: Judith Butler y el género

Jesús González Requena
Seminario Psicoanálisis y Análisis Textual 2014/2015
sesión del 14/11/2014 (1)
Universidad Complutense de Madrid
de esta edición: gonzalezrequena.com, 2015

 

 

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Judith Butler: anatema en lugar de argumentación

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Como alguno de ustedes ha abierto la discusión sobre la autodenominada teoría Queer y su más reconocida representante, la señora Judith Butler, y como me ha dado la impresión que el resto seguían el debate con interés -pero díganme si me equivoco- acepto el envite por la vía que corresponde a este seminario, que no es otra que la del análisis textual.

¿Qué mejor, entonces, que abrir el libro más famoso de la autora por su comienzo, máxime cuando éste cobra la forma de un largo y meditado Prefacio escrito nueve años más tarde de su publicación original?

«mi atención se centraba en criticar un supuesto heterosexual dominante en la teoría literaria feminista. (…) rebatir los planteamientos que presuponían los límites y la corrección del género, y que limitaban su significado a las concepciones generalmente aceptadas de masculinidad y feminidad. Consideraba y sigo considerando que toda teoría feminista que limite el significado del género en las presuposiciones de su propia práctica dicta normas de género excluyentes en el seno del feminismo, que con frecuencia tienen consecuencias homofóbicas. Me parecía -y me sigue pareciendo- que el feminismo debía intentar no idealizar ciertas expresiones de género que al mismo tiempo originan nuevas formas de jerarquía y exclusión (…) El objetivo no era recomendar una nueva forma de vida con género que más tarde sirviese de modelo a los lectores del texto, sino más bien abrir las posibilidades para el género sin precisar qué tipos de posibilidades debían realizarse. Uno podría preguntarse de qué sirve finalmente abrir las posibilidades, pero nadie que sepa lo que significa vivir en el mundo social y lo que es «imposible», ilegible, irrealizable, irreal e ilegítimo planteará esa pregunta.»

[Judith Butler: 1990 EI género en disputa, Prefacio (1999), p. 8]

Y bien, ¿Qué les parece?

Suena bien… lleno en principio de buenas intenciones -especialmente, claro está, para aquellos que consideren el supuesto heterosexual como sospechoso y sobre todo para aquellos que acepten ligarlo de manera automática y mecánica con la homofobia.

Pero es ésta una ligazón, permítanme que les llame la atención sobre ello, insostenible per se, dado que es sabido que ese supuesto y esas concepciones generalmente aceptadas, al menos desde Freud -pero esta es una idea que comparten la mayor parte de esas feministas a las que Butler critica- diferencian sexo biológico de sexo psíquico y defienden el respeto a aquellos que, poseyendo un sexo biológico determinado, manifiestan una identidad sexual no coincidente con él.

Butler puede considerar que esa es una conceptualización errónea, pero es del todo improcedente que acuse de homofóbicos a tales planteamientos.

Y les invito sobre todo a que presten atención a la operación discursiva que en ello se pone ya en funcionamiento, porque es una que recorre el libro de Butler de principio a fin: en vez de argumentar teóricamente lo que considera erróneo en ese enfoque, lo anatematiza desde un punto de vista ideológico.

De modo que ella se arroga el derecho a hablar en nombre de las víctimas de la homofobia, y desde esa posición política estigmatiza de homófobos a todos los que no comparten sus planteamientos teóricos.

Supongo que se darán cuenta de que se manifiesta en ello un buen ejemplo de los peligros que acompañan a esa impostura sobre la que ya les he advertido: la de proclamarse, simultáneamente, héroe y analista.


La noción de género y su supresión

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Pero no es aquí donde quiero centrarme, sino en el modo en que el párrafo citado aparece ya la idea central del discurso de Judith Butler -y observen que les digo el discurso, no la teoría, porque como ya he comenzado a mostrarles, hay, en ello, muy poca teoría y demasiada ideología:

«abrir las posibilidades para el género sin precisar qué tipos de posibilidades debían realizarse.»

Como les decía, suena bien… pero no resiste el examen vía reducción al absurdo. Porque si no se precisan qué tipos de posibilidades de género se reconocen, no se abren las posibilidades para el género, sino que, sencillamente, se suprime la noción misma de género.

Pues la noción de género, en cualquier campo en que se use -ya sea en botánica o en biología, en lingüística o en sociología-, supone un patrón de rasgos identificadores que permiten agrupar a determinados individuos de una especie -ya se trate de plantas, animales, palabras o personas- por oposición a otros patrones dentro de un sistema de géneros que puede ser binario o no, pero que es necesariamente no solo finito, sino limitado.

Si decimos que son posibles todos los géneros que queramos puede parecer que estamos dando una libertad absoluta, pero lo único que hacemos es vaciar de todo contenido a la noción misma de género.

En suma: supone renunciar a ella como herramienta conceptual.

Tomen distancia y pregúntense: ¿qué sería de la botánica si suprimiéramos la noción de género? Pues, sencillamente, que acabaríamos con ella.

Quizás alguno de ustedes me diga indignado: ¡pero los hombres no son plantas!

Desde luego, los hombres no son plantas: pero eso no evita que, para pensar a los hombres, necesitemos, igualmente, de categorías.

Y suprimir los géneros -o lo que es lo mismo: abrir las puertas a todo tipo de géneros- es lo mismo que quedarse sin categorías para pensar las formas y los procesos humanos.

Desde luego: los seres humanos no son plantas. Pero eso no excluye que, para pensarlos, sean necesarias las categorías, sencillamente porque en ausencia de categorías ya no hay pensamiento. Por más que el narcisismo de cada cual tienda a vivir como una humillación el ser considerado como miembro de una determinada categoría.

Más que nadie, los adolescentes. Y, sin embargo, paradójicamente, nadie más que ellos busca ser reconocido como miembro de una tribu capaz de conferirle identidad.

Si elevan esa reclamación narcisista al estatuto de presupuesto que deba regir las ciencias humanas -llámenlas estudios culturales, si ustedes quieren- lo único que lograrán es hacerlas imposibles. Y, por tanto, acabar con ellas.


El símil del código: código / real

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Permítanme un símil que les ayudará a aclarar la cuestión.

Mucha gente -y desde luego también Butler- tiende a considerar la noción misma de código como restrictiva, incluso como opresora.

Y es que todo código debe ser aprendido y, para que la comunicación con él funcione, debe ser respetado.

Lo que no quiere decir que eso excluya absolutamente su modificación: bien por el contrario, puede dar cabida a pequeñas modificaciones que lo enriquezcan y lo sutilicen, pero deben ser necesariamente pequeñas cada vez, para que puedan ser reconocidas en su novedad y encuentren su valor en su interacción con el conjunto estructurado del resto de los elementos del código.

Pero lo que es estrictamente inviable es abrir las puertas a que cada cual invente sus palabras, sencillamente porque entonces ya no habría código ni comunicación posible.

Un código de elementos infinitos -como un sistema de géneros que cuente con géneros infinitos- es sencillamente un no código, un no sistema de géneros, pues nadie podría aprenderlo ni hablarlo, de modo que nadie podría comunicarse con él.


Butler no sabe nada de lo real: antinaturalidad

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Vean, por esta vía, a donde llegamos: a ningún otro sitio que a lo real.

Pues solo lo real es tendencialmente infinito: en lo real se da de todo, todo está siempre en permanente modificación, todo es siempre diferente e irrepetible. Y, precisamente por eso, en lo real nada tiene sentido.

Pero el problema es que Butler no sabe nada de lo real, como lo confirma el párrafo final de su libro:

«Las configuraciones culturales del sexo y el género podrían entonces multiplicarse o, más bien, su multiplicación actual podría estructurarse dentro de los discursos que determinan la vida cultural inteligible, derrocando el propio binarismo del sexo y revelando su antinaturalidad fundamental. ¿Qué otras estrategias locales que comprometan lo «no natural» podrían conducir a la desnaturalización del género como tal?»

[Judith Butler: 1990, EI género en disputa, Prefacio (1999), p. 288]

La afirmación -que se formula como una condena- de que el binarismo del sexo -es decir: la suposición de que existen dos sexos- sería de una antinaturalidad fundamental, supone, como presupuesto que pueda darle sentido, la idea de la existencia de lo natural y es más, de lo fundamentalmente natural.

Ahora bien, ¿en qué consistiría eso?

La cosa más notable es que Butler, cuando quiere criticar algo, recurre siempre a la misma argumentación: que eso que critica ha sido socialmente construido y luego, por la vía de su naturalización, dado como natural e inevitable, lo que encubriría su carácter no natural sino cultural.

Por lo demás, lo natural es el concepto que nunca se define en el discurso de Butler. Pueden comprobar que ni siquiera aparece en el índice analítico que cierra el libro.

Notable falta de rigor porque si se recurre constantemente al concepto de naturalización y se acusa a la postulación de la existencia de dos sexos de una antinaturalidad fundamental, resultaría obligada una definición precisa del concepto de naturaleza.

Y miren, no hay manera más rápida de comprender la estructura de un discurso que localizar sus puntos ciegos fundamentales: esos puntos que nunca son definidos y sin embargo en torno a los cuales todo pivota.

Pero lo más llamativo de todo es el uso del adjetivo fundamental.

Pues de tal uso se deduce que las identidades de sexo que del binarismo del sexo se deducen -la masculina y la femenina- serían más antinaturales que cualesquiera otras.

Lo que obliga a deducir que cualquier otro tipo de sexo o de género sería menos antinatural y, por tanto, más natural: con lo que Butler incurre exactamente en lo mismo que critica.

Lo sorprendente es que no se dé cuenta de que está haciendo ella misma eso que critica continuamente en los otros: acusar a lo que no le gusta de ser antinatural, pues tal es el motivo que ella misma reconoce constantemente en los procesos que denuncia de naturalización de las normas: convertir en naturales ciertas normas culturales tendría por objetivo precisamente eso: acusar a lo que queda fuera de ellas de antinatural y, por esa vía, calificarlo de monstruoso.

El caso es que ese es, precisamente, el punto al que, sin darse cuenta de ello, termina por llegar ella misma.

Y es que, como les vengo diciendo con Freud, los seres humanos son incapaces de ocultar nada.

Y así, Butler cierra su libro confesando que a ella lo masculino y lo femenino le parece monstruoso.


Naturaleza / cultura

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¿Qué sería lo natural?

Es evidente que Butler no lo sabe, pero porque no lo sabe, debería renunciar a acusar a algo de antinatural.

¿Qué sería lo natural? ¿Lo propio de la naturaleza?

¿Y qué sería la naturaleza?

Ya saben cómo la define la antropología: por oposición a lo cultural.

Y es que, por más que le moleste a Judith Butler, todo eje semántico se estructura en términos binarios: la oposición, el contraste entre los opuestos, es la infraestructura misma del lenguaje tanto como de la inteligencia humana que éste hace posible.

De modo que Naturaleza y Cultura son dos conceptos que se recortan mutuamente, es decir, que se definen por oposición.

Pero ya les he señalado en otras ocasiones la objeción que le encuentro al término naturaleza: lleva implícitos presupuestos muy discutibles de una racionalidad y bondad natural, de modo que calificar de natural algo significa postularlo como bueno o mejor por oposición a lo cultural que aparece entonces como peor, malo y artificial.

Por eso les invito a trabajar con esta otra oposición: la cultura y lo real.


Los datos de la biología

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Y bien, ¿cómo se sitúan los datos de la biología con respecto a ella?

La biología es una ciencia, es decir, un aparato conceptual, discursivo, que explora lo real.

Y lo hace fabricando, artificialmente, esas herramientas que son los conceptos.

Así, por ejemplo, los conceptos de gen o cromosoma: son, sin duda, conceptos construidos, como todos los demás, mas no por ello dejan de ser útiles para operar sobre lo real.

Y así sucede, también, con los de pene y vagina, rasgos mayores de la definición de esos otros conceptos biológicos que son los de hombre y mujer.

De ellos, del pene y la vagina, la biología postula que están relacionados tanto con la reproducción de nuestra especie como con la obtención de ciertas experiencias más o menos placenteras.

¿Quiere esto decir que todo ser de nuestra especie tiene una cosa u otra?

Desde luego que no.

Hay seres de nuestra especie que tienen las dos o ninguna de ellas o todo tipo de variantes intermedias entre una y otra.

Y eso es, como les decía hace un momento, lo propio de lo real: que en lo real se da de todo, y por tanto también todos los casos intermedios, y ese es el motivo por el que lo real siempre se escapa, de una manera u otra, a las categorías con las que tratamos de aprehenderlo.

Lo que afecta, igualmente, a la categoría misma de especie humana.

En el eje semántico de lo vivo, la humano se define por oposición a lo animal, pero los límites son siempre difusos pues, como les digo, en lo real se da de todo.

Y bien, ese es el territorio de lo percibido como monstruoso: percibimos como monstruoso todo lo que amenaza el orden de nuestras categorías, y por tanto también todos esos individuos reales que se encuentran entre lo humano y lo animal, o entre el sexo biológico masculino y el femenino.

Dense cuenta que no estoy haciendo un juicio moral, sino tan solo constatando el hecho de que eso es percibido así, como monstruoso, y si lo percibimos como monstruoso es precisamente porque -permitanme la paradoja- no logramos percibirlo en tanto que escapa a nuestras categorías perceptivas.

Pero ahora atendamos a la otra cara de la cuestión -esa que Butler olvida con tanta facilidad-: que en lo real se da de todo y que los conceptos de la biología sean conceptos, categorías culturalmente producidas -como la ciencia misma en su conjunto- no quiere decir que no sean útiles y eficaces.

Permiten no solo clasificar y así comprender determinadas conductas humanas, sino también realizar intervenciones curativas sobre el cuerpo. Así por ejemplo, en las últimas décadas han permitido disminuir de manera extraordinaria la mortalidad en el parto.

Y tan útiles como estas categorías biológicas -y por eso construidas, no naturales- son las categorías psíquicas -igualmente construidas- de posición masculina y posición femenina o, si prefieren, deseo masculino y femenino. O si prefieren todavía, aunque no me parece una buena elección lexical, género masculino y femenino.

Precisamente por ello pienso que es un retroceso intelectual negar la autonomía de ambos planos -el biológico y el psíquico- e identificar el sexo -biológico- con el género, es decir, con la declinación del deseo, como hace, con más desenvoltura que argumentación, Judith Butler.

«De hecho se demostrará que el sexo, por definición, siempre ha sido género.»

[Judith Butler: 1990, EI género en disputa, p. 57]


Lo real y la angustia

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A lo que hay que añadir, para que se haga perceptible lo que está en juego en el fondo del debate: nada produce tanta angustia en el ser humano como chocar con esa diferencia y esa variabilidad infinita propia de lo real.

Por eso lo monstruoso nos aterra.

De hecho, como Freud estableció -ya les dije que esa era la idea central de su teoría de la percepción-, la percepción humana quiere, de lo real, percibir lo menos posible.

Lo que la percepción humana quiere es reconocer: reencontrar lo ya conocido.

Lo que, por otra parte, si volvemos al símil del código, tiene esta traducción en teoría de la comunicación: la significación es repetición, redundancia, negentropia.

Si esto les parece muy abstracto, intentaré traducírselo con un ejemplo bien concreto.

Después de un día agotador, mientras ustedes caminan bajo el frío de una noche de invierno, quieren que, llegado el momento, su casa se encuentre a la vuelta de la esquina.

¿Qué es lo real?

La posibilidad de que den la vuelta a la esquina y su casa ya no esté ahí.

Eso, ¿sucede poco?

Depende.

Más en los países que tienen terremotos o maremotos con frecuencia.

Más todavía en aquellos que están en guerra.

Pero incluso también en algunos donde alguien ha podido descuidar el mantenimiento del sistema de canalización del gas.

Y con esto que les digo no me alejo nada de la temática psicoanalítica.

Piensen en el caso de ese psicótico que, enfrentado a su casa, es incapaz de reconocerla.

Dirán ustedes que porque su delirio se lo impide, y sin duda puede ser así. Pero no si está en la fase del brote, pues en ésta puede que la esté viendo con más intensidad que nunca, puede que se esté abismando en esa rugosidad real de su materia que antes no había querido nunca observar y que, al verla por primera vez, no logre reconocerla.

Porque lo real del cuerpo está ahí, la noción de género es útil no solo para la medicina, sino también para el equilibrio psíquico de los individuos humanos. Y no porque sea una noción esencialista, universal o metafísica, sino porque nombra una producción cultural de primer valor para ellos: la vía estructurante de la textualización de su cuerpo.

Les hablaba de eso el otro día.

Les hablaba de la angustia con la que en ciertos momentos de su vida que quizás incluso ya hayan olvidado observaron sus cuerpos desnudos en el espejo, aterrados ante su irreductible singularidad.

Ya saben, algo del tipo de lo que está en el punto de partida en La metamorfosis.

Les llamé la atención sobre la satisfacción creciente con la que, con el tiempo, empezaron a reconocer ante el espejo cierto personaje dotado de una identidad de género en el que podían acomodarse con mayor o menor dificultad.


El lenguaje es performativo

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Judith Butler cree que ha descubierto algo cuando afirma el carácter performativo del género, pero en el fondo su idea es muy ingenua, pues no se da cuenta que toda palabra, todo acto de lenguaje, incluso el lenguaje mismo es performativo.

A lo que habría que añadir que ese es el presupuesto mayor -y netamente materialista, dicho sea de paso- de nuestra mitología, por más que Butler la menosprecie por falogocéntrica -pardiez que palabra tan fea-: el Génesis es precisamente eso; un mito que afirma el poder performativo del lenguaje: ya saben, en el principio fue la palabra, y la palabra dijo y, al decir, quedó separado el cielo de la tierra.

O en otros términos: eso que los deconstructivos llaman despectivamente logocentrismo es precisamente la conciencia del poder performativo del lenguaje.

Si el lenguaje es performativo es porque se enfrenta a eso otro que Butler ignora -dado que se permite establecer grados de antinaturalidad-: lo real.

Si frente al lenguaje se encontrara lo natural, no haría falta performatividad alguna: el lenguaje se adaptaría al orden de lo natural, sería su directa emergencia como, por lo demás, tiende a pensar el empirismo.


Deconstrucción y pasión por el poder

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Tal es por cierto, aunque no tenga clara conciencia de ello, lo que Butler pretende: impugna -dice deconstruir– buena parte de las categorías construidas para pensar lo humano y lo hace siempre apelando a los mismos criterios -lo que, a mí al menos, me resulta un tanto cansino-: todas ellas serían categorías construidas, naturalizadas, normativas, opresivas

Y por cierto que lo hace con una notable ingenuidad.

Vean un ejemplo:

«la coherencia y la continuidad de la persona no son rasgos lógicos o analíticos de la calidad de persona sino, más bien, normas de inteligibilidad socialmente instauradas y mantenidas.»

[Judith Butler: 1990, EI género en disputa, Prefacio (1999), p. 71]

Como ven, opone los rasgos lógicos o analíticos a las normas de inteligibilidad socialmente instauradas y mantenidas.

Y así olvida algo tan obvio como que las operaciones lógicas y analíticas son, precisamente, construcciones socialmente instauradas y mantenidas cuyo funcionamiento normativo es el presupuesto mismo de todo discurso racional.

¿O es que piensa Butler que la lógica y el análisis no nacieron en un momento histórico-social dado -la Grecia clásica, dicho sea de paso-, sino que serían cosas naturales?

¿Preexistencias metafísicas?

Pero más allá de esto -que no deja de manifestar su escasa cultura filosófica-, lo realmente notable es que su discurso se agota en el movimiento de deconstrucción, pues a lo largo de todo su libro no propone ni una solo categoría alternativa. No propone teoría explicativa alguna, sino que todo su texto está volcado a deconstruir los conceptos y las teorías explicativas existentes.

No sólo el género, sino también el sexo, las nociones de hombre, mujer y persona… y un largo etcétera.

Claro está que no lo hace en nombre de la ciencia, sino en el de la política.

Es decir: el suyo es un discurso que se declara abiertamente político y que es por eso netamente ideológico; es decir: uno que en aras de un ideal político de liberación -que en mi opinión es netamente imaginario, pero eso no hace ahora al caso- rechaza todas las categorías por construidas.

Por eso es un discurso -como el leninista, que es una de sus más evidentes matrices de fondo- obsesionado por el poder -si lo dudan, no tienen más que cuantificar las apariciones de la palabra poder en el libro.

Y por cierto que también como en el discurso leninista el poder comparece como un término neutro, pues está regido por otro término que es, él sí, el término mayor de su discurso: el término subversión -que jamás es definido y que opera como un término mágico-: es bueno todo lo subersivo y malo todo lo que se opone a la subversión.

La pregunta obvia es: ¿habrá que subvertir también la subversión?

¿No es el de subversión un concepto histórico, social, etc., etc.?

Y sobre todo: ¿habrá que subvertir también los derechos humanos?

¿No? Pero si el concepto de ser humano es un concepto construido…


Ideología contra razonamiento

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Volvamos a nuestro punto de partida der hoy.

«mi atención se centraba en criticar un supuesto heterosexual dominante en la teoría literaria feminista. (…) rebatir los planteamientos que presuponían los límites y la corrección del género, y que limitaban su significado a las concepciones generalmente aceptadas de masculinidad y feminidad. Consideraba y sigo considerando que toda teoría feminista que limite el significado del género en las presuposiciones de su propia práctica dicta normas de género excluyentes en el seno del feminismo, que con frecuencia tienen consecuencias homofóbicas. Me parecía -y me sigue pareciendo- que el feminismo debía intentar no idealizar ciertas expresiones de género que al mismo tiempo originan nuevas formas de jerarquía y exclusión (…) El objetivo no era recomendar una nueva forma de vida con género que más tarde sirviese de modelo a los lectores del texto, sino más bien abrir las posibilidades para el género sin precisar qué tipos de posibilidades debían realizarse. Uno podría preguntarse de qué sirve finalmente abrir las posibilidades, pero nadie que sepa lo que significa vivir en el mundo social y lo que es «imposible», ilegible, irrealizable, irreal e ilegítimo planteará esa pregunta.»

[Judith Butler: 1990, EI género en disputa, Prefacio (1999), p. 8]

Si releen atentamente esta cita se darán cuenta de que la propia Butler ha debido intuir lo objetable de su punto de partida: Uno podría preguntarse de qué sirve finalmente abrir las posibilidades…

Pero lo realmente notable es que ella, en vez de responder a esa posible objeción, la suprime por una llamada de índole emocional, mitad política y mitad moral: nadie que sepa lo que significa vivir en el mundo social y lo que es imposible, ilegible, irrealizable, irreal e ilegítimo planteará esa pregunta.

Les llamo la atención de nuevo sobre la impostura que acompaña a la pretensión de ser, a la vez, el héroe y el poeta, el teórico y el político comprometido.

Como ven, la afirmación de una posición política cierra el paso a la justificación teórica necesaria.

En suma: tiene lugar un explícito desplazamiento de la teoría a la ideología.

Me dirán ustedes que en todo discurso hay ideología. Desde luego que sí: y eso, en general, no es malo. Pero, en el campo de la teoría, conviene que haya la menos posible.

De hecho, llamamos ciencia a los discursos dotados de procedimientos de objetivación discursiva que permitan controlar al máximo la presencia de presupuestos ideológicos.

Y, por eso mismo, lo que la ciencia no puede aceptar en su interior son discursos que opten por fundamentarse en presupuestos ideológicos.

Si nos ocupamos de los géneros sexuales, una reflexión teórica debe pasar necesariamente por proponer una u otra definición de la noción de género y analizar el funcionamiento de uno o más sistemas de géneros.

Tarea que, por supuesto, siempre ha practicado la antropología: piensen, por ejemplo, en los célebres estudios de Margaret Mead en Samoa o en Las estructuras fundamentales del parentesco de Lévi-Strauss.

Pero no hay teoría en la disolución de la noción de género que realiza Butler: en ello solo hay rechazo ideológico, en ausencia de proposición de toda teoría alternativa.

Les voy a dar otro ejemplo de ese funcionamiento ideológico de su discurso, que se produce de inmediato en el Prefacio que nos ocupa:

«El texto también pretendía destruir todos los intentos de elaborar un discurso de verdad para deslegitimar las prácticas de género y sexuales minoritarias.

«Esto no significa que todas las prácticas minoritarias deban ser condenadas o celebradas, sino que debemos poder analizarlas antes de llegar a alguna conclusión. Lo que más me inquietaba eran las formas en que el pánico ante tales prácticas las hacía impensables. ¿Es la disolución de los binarios de género, por ejemplo, tan monstruosa o tan temible que por definición se afirme que es imposible, y heurísticamente quede descartada de cualquier intento por pensar el género?»

[Judith Butler: 1990 EI género en disputa, Prefacio (1999), p. 8-9]

¿Qué puede querer decir un discurso de verdad?

Ya sé que muchos de ustedes tienden a dar por buena la expresión, por eso de que la verdad, en la deconstrucción, está mal vista.

Pero antes de acomodarse en esa posición, ensayen también aquí el sano ejercicio de la reducción al absurdo: un discurso de verdad se opondría a un discurso de mentira.

Ahora bien, ¿qué sería eso?

De modo que aquí la palabra verdad sobra: entenderán el enunciado mejor si la quitan.

Pero no la quiten, porque está ahí para que comparezca como sospechosa.

Ahora bien, no les parece un poco fuerte el verbo que abre la frase? –pretendía destruir todos los discursos…

Butler, en esto muy poco liberal, se manifiesta dispuesta no ya a discutir o rebatir ciertos discursos, sino a destruirlos, y más que eso: a destruir no solo esos discursos, sin incluso los intentos de elaborarlos.

¿No les parece que esto debería darnos un poco de miedo?

Claro está que excusa su violencia destructiva en la acusación que dirige a esos discursos de deslegitimar las prácticas de género y sexuales minoritarias.

El problema es, ¿quién establece los discursos que son deslegitimadores de esas prácticas y, por tanto, destruibles?

¿La señora Butler?

Y no olviden, porque lo han leído en la cita anterior, que el primer blanco de sus críticas no era algo así como el Opus Dei, sino las feministas a las que la señora Butler consideraba demasiado poco radicales.

Dice a continuación que Esto no significa que todas las prácticas minoritarias deban ser condenadas o celebradas, sino que debemos poder analizarlas antes de llegar a alguna conclusión.

Quizás esto les parezca un gesto más liberal -en todo caso no hay duda que a la autora se lo parece-, pero ciertamente no lo es: pues si dice que no todas las prácticas minoritarias deban ser condenadas o celebradas, dice también, implícitamente, que algunas sí deberán serlo condenadas o celebradas-, no directamente, desde luego, sino después del análisis que ella misma va a hacer.

En suma, que está decidida a hacer eso de lo que acusa a los otros pero de manera más radical: pues ella no se contenta con legitimar o deslegitimar, sino que está decidida a celebrar o condenar.

¿Condenar?

Me reconocerán ustedes que deslegitimar es algo menos fuerte que condenar.

Y basta con que lean un poco más para que vean lo primero que va a ser condenado: esos binarios de género cuya disolución le parece tan deseable.

Realmente es curioso -pero quizá fuera mejor decir inquietante- que ahora que estamos consiguiendo que el conjunto de los heterosexuales acepten respetar las conductas homosexuales, ciertos homosexuales radicales reclamen la disolución de los binarios de género con los que organizan su vida esos heterosexuales que les respetan.

Dicho esto, ¿qué les parece si volvemos a ese binario de género que es el del Edipo?

Aunque claro, me reconocerán ustedes que suena mucho mejor referirse a él como la simbólica de la diferencia sexual.

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