13. Aporías de la deconstrucción 3: Zizek y el significante lacaniano

Jesús González Requena
Seminario Psicoanálisis y Análisis Textual 2014/2015
sesión del 2014-11-28 (1)
Universidad Complutense de Madrid
de esta edición: gonzalezrequena.com, 2015

 

 

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Complicidad vs teoría

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Con motivo de la última sesión, en la que, como recordarán, nos ocupamos de la noción de falo, me ha llegado de uno de ustedes este texto y he entendido que me invitaba con ello a entrar en discusión:

«En lo relativo a la manipulación de la esencia misma de la sexualidad, la intervención científico-médica directa, queda perfectamente reflejada en la triste historia del Viagra, esa píldora milagrosa que promete recuperar la potencia sexual masculina de un modo puramente bio-químico, obviando toda la problemática de las inhibiciones psicológicas. (…) Por decirlo con los términos de la crítica de Adorno contra la mercantilización y la racionalización: la erección es uno de los últimos vestigios de la auténtica espontaneidad, algo que no puede quedar totalmente sometido por los procedimientos racional-instrumentales.

«Este matiz infinitesimal (el que no sea nunca directamente «yo», mi Yo, el que decide libremente sobre la erección), es decisivo: un hombre sexualmente potente suscita atracción y deseo no porque su voluntad gobierne sus actos, sino porque esa insondable X que decide, más allá del control consciente, la erección, no le plantea ningún problema.

«La cuestión esencial aquí es distinguir entre el pene (el órgano eréctil en sí) y el falo (el significante de la potencia, de la autoridad simbólica, de la dimensión -no biológica sino simbólica- que confiere autoridad y/o poder). Del mismo modo que un juez, que bien puede ser un individuo insignificante, ejerce autoridad desde el momento en que deja de hablar en su nombre para que la Ley hable a través de él, la potencia del varón funciona como indicación de que otra dimensión simbólica se activa a través de él: el «falo» indica los apoyos simbólicos que confieren al pene la dimensión de la potencia. Conforme a esta distinción, la «angustia de la castración» no tiene, según Lacan, nada que ver con el miedo a perder el pene: lo que genera ansiedad es, más bien, el peligro de que la autoridad del significante fálico acabe apareciendo como una impostura. De ahí que el Viagra sea el castrador definitivo: el hombre que tome la píldora tendrá un pene que funciona, pero habrá perdido la dimensión fálica de la potencia simbólica -el hombre que copula gracias al Viagra es un hombre con pene, pero sin falo. (…) Por decirlo en términos un tanto machistas, ¿qué empeño pondrá la mujer en resultarle atractiva a un hombre, en excitarlo de verdad? Por otro lado, la erección o su ausencia, ¿no es una especie de señal que nos permite conocer el estado de nuestra verdadera actitud psíquica?»

[Slavoj Zizek: En defensa de la intolerancia, La sexualidad hoy, p. 98-99]

Lo que acepto en seguida, pues nos ayudará a contrastar la caraterización de esa noción tal como pudimos ponerla en juego en The Searchers.

Como prólogo, debo decirles que me incomoda tanto el título del libro –En defensa de la intolerancia– como el marco explícitamente político en que se escribe y que repite muchos de los tópicos -y de las paradojas- subversivos que ya tuvimos ocasión de poner en cuestión en los dos días anteriores a propósito del discurso de Judith Butler.

Así, en su introducción, podemos leer:

«Pero, ¿y si este multiculturalismo despolitizado fuese precisamente la ideología del actual capitalismo global? De ahí que crea necesario, en nuestros días, suministrar una buena dosis de intolerancia, aunque sólo sea con el propósito de suscitar esa pasión política que alimenta la discordia. Quizás ha llegado el momento de criticar desde la izquierda esa actitud dominante, ese multiculturalismo, y apostar por la defensa de una renovada politización de la economía.»

[Slavoj Zizek: En defensa de la intolerancia, Introducción, p. 11-12]

Dejemos ahora la discusión sobre el multiculturalismo al margen -saben ustedes que mi enfoque no va precisamente por ahí-, dejemos igualmente esa más que discutible -y un tanto inquietante- identificación de la política con la discordia, pero díganme: ¿qué se obtiene proclamando que el libro que uno escribe es de izquierdas -o de derechas?

Pienso que es evidente: la complicidad -de los de izquierdas o de los de derechas, según el caso.

Eso no dudo que sea bueno para las luchas políticas, pero sin duda no lo es para el trabajo teórico, porque la complicidad moviliza inevitablemente un campo de acuerdos y de prejuicios, a la vez emocionales e implícitos, que son necesariamente perjudiciales para el trabajo teórico, pues, desde el mismo momento en que son implícitos y emocionales, se vuelven incontrolables.

El ideal del trabajo científico -difícil de alcanzar, desde luego, como todo ideal- requiere de todo lo contrario: definiciones explícitas, objetivadas y rigurosas.

Aprovecho la ocasión para llamarles la atención de que ese es el motivo de que el usted sea idioma oficial en este seminario: el tuteo favorece la complicidad; el trato de usted, en cambio, ayuda a neutralizarla, pues ayuda a mantener las distancias.

Y ese es el motivo de que les invite a poner por escrito sus dudas y sus objeciones: poner por escrito una idea es tomar con respecto a ella la primera distancia que nos pone en condiciones de juzgarla.

No se fíen de lo que creen entender y pensar mientras que no lo hayan puesto a prueba por la vía de la escritura.

Dicho sea de paso: en mi opinión la tarea prioritaria de un director de tesis consiste en ayudar al doctorando a explicitar los presupuestos de su discurso y a controlar el grado de su rigor y de su coherencia.


Freud y el sueño

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Por cierto, Zizek hubiera necesitado un buen director de tesis que le hubiera obligado a leer a Freud en vez de imaginárselo:

«Cabe recordar aquí esa distinción propuesta por Freud entre el pensamiento onírico latente y el deseo inconsciente expresado en el sueño. No son lo mismo, porque el deseo inconsciente se articula, se inscribe, a través de la «elaboración», de la traducción del pensamiento onírico latente en el texto explícito del sueño. Así, de modo parecido, no hay nada «fascista» («reaccionario», etc.) en el «pensamiento onírico latente» de la ideología fascista (la aspiración a una comunidad auténtica, a la solidaridad social y demás); lo que confiere un carácter propiamente fascista a la ideología fascista es el modo en el que ese «pensamiento onírico latente» es transformado/elaborado, a través del trabajo onírico-ideológico, en un texto ideológico explícito que legitima las relaciones sociales de explotación y de dominación.»

[Slavoj Zizek: En defensa de la intolerancia, ¿Por qué las ideas dominantes no son las ideas de los dominantes?, p. 20]

Notable amalgama.

Pero no me voy a detener ahora a mostrarles la falta de rigor con la que se utilizan los términos freudianos para dar apariencia de cientificidad a una reflexión sobre la ideología donde esos términos carecen de utilidad y de competencia.

Solo quiero, como les decía, llamarles la atención sobre el hecho de que Zizek no parece haber leído una sola línea de Freud relativa a los sueños.

No digo ya la Interpretación de los sueños, sino incluso el Esquema del psicoanálisis.

Pues entonces se habría dado cuenta de lo que ya saben ustedes: que la distinción freudiana es otra:

«aquello por nosotros recordado como sueño tras el despertar no es el proceso onírico efectivo y real, sino sólo una fachada tras la cual el sueño se oculta. Es nuestro distingo entre un contenido manifiesto del sueño y los pensamientos oníricos latentes

[Sigmund Freud: 1940 [1938] La psique y sus operaciones, V. Un ejemplo: La interpretación de los sueños]

En suma: que la distinción que Zizek atribuye a Freud no es tal, pues el pensamiento onírico latente es el deseo inconsciente expresado en el sueño.

«esa moción inconciente es el genuino creador del sueño, costea la energía psíquica para su formación. Como cualquier otra moción pulsional, no puede aspirar sino a su satisfacción, y en verdad la experiencia que hemos adquirido en la interpretación de los sueños nos muestra que ese es el sentido de todo soñar. En todo sueño debe figurarse como cumplido un deseo pulsional

[Sigmund Freud: 1933 [1932] Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis, 29ª conferencia: Revisión de la doctrina de los sueños]


La esencia de la sexualidad auténticamente espontánea

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Pero volvamos al párrafo del libro que me han invitado a analizar:

«En lo relativo a la manipulación de la esencia misma de la sexualidad, la intervención científico-médica directa, queda perfectamente reflejada en la triste historia del Viagra, esa píldora milagrosa que promete recuperar la potencia sexual masculina de un modo puramente bio-químico, obviando toda la problemática de las inhibiciones psicológicas. (…) Por decirlo con los términos de la crítica de Adorno contra la mercantilización y la racionalización: la erección es uno de los últimos vestigios de la auténtica espontaneidad, algo que no puede quedar totalmente sometido por los procedimientos racional-instrumentales.

«Este matiz infinitesimal (el que no sea nunca directamente «yo», mi Yo, el que decide libremente sobre la erección), es decisivo: un hombre sexualmente potente suscita atracción y deseo no porque su voluntad gobierne sus actos, sino porque esa insondable X que decide, más allá del control consciente, la erección, no le plantea ningún problema.

«La cuestión esencial aquí es distinguir entre el pene (el órgano eréctil en sí) y el falo (el significante de la potencia, de la autoridad simbólica, de la dimensión -no biológica sino simbólica- que confiere autoridad y/o poder). Del mismo modo que un juez, que bien puede ser un individuo insignificante, ejerce autoridad desde el momento en que deja de hablar en su nombre para que la Ley hable a través de él, la potencia del varón funciona como indicación de que otra dimensión simbólica se activa a través de él: el «falo» indica los apoyos simbólicos que confieren al pene la dimensión de la potencia. Conforme a esta distinción, la «angustia de la castración» no tiene, según Lacan, nada que ver con el miedo a perder el pene: lo que genera ansiedad es, más bien, el peligro de que la autoridad del significante fálico acabe apareciendo como una impostura. De ahí que el Viagra sea el castrador definitivo: el hombre que tome la píldora tendrá un pene que funciona, pero habrá perdido la dimensión fálica de la potencia simbólica -el hombre que copula gracias al Viagra es un hombre con pene, pero sin falo. (…) Por decirlo en términos un tanto machistas, ¿qué empeño pondrá la mujer en resultarle atractiva a un hombre, en excitarlo de verdad? Por otro lado, la erección o su ausencia, ¿no es una especie de señal que nos permite conocer el estado de nuestra verdadera actitud psíquica?»

[Slavoj Zizek: En defensa de la intolerancia, La sexualidad hoy, p. 98-99]

Debo decirles que el texto empieza mal, dado que presupone la existencia de una esencia de la sexualidad que ni justifica ni siquiera define.

Y continúa peor cuando presupone la existencia de una auténtica espontaneidad que él no duda en asociar con la erección.

De modo que nos encontramos con la esencia de la sexualidad auténticamente espontánea

Como ven, ya se ha deslizado aquí esa naturalidad buena de lo buenamente natural que sería envilecida por la sociedad, la cultura… y el capital.

Da gusto contar con el capital para poder echarle la culpa de todo.

Pero miren, eso no llega muy lejos: en la Edad Media se echaba la culpa de todo al demonio.

No se trata ahora de estar a favor o en contra del capital o del demonio -cosas que, por lo demás, de una manera o de otra, existen, como todas aquellas cosas para las que existen palabras que las nombran.

Sobre lo que les trato de llamar la atención es sobre el hecho de que en esta invocación al Capital -al que, por supuesto, se escribe con mayúsculas- cierra el círculo de las complicidades inauguradas con la proclamación de ser de izquierdas: nosotros, los de izquierdas, luchamos contra el capital.

Estupendo.

Pónganlo ahora de derechas: nosotros, los de derechas, luchamos contra el colectivismo.

Estupendo, también, sólo que para los otros.

El asunto es que con este juego de adhesiones y rechazos se evita comenzar el trabajo teórico que pasa por definir los conceptos en juego.

Por cierto, cuando vean una palabra escrita con mayúscula, sospechen de ella: suele ser uno de los más viejos trucos para hacer pasar como concepto algo que nunca es definido.

La esencia de la sexualidad auténticamente espontánea.

Como ven, estos deconstructores que pretenden deconstruir todo acaban deteniéndose siempre ante la Diosa.

¿Qué Diosa?

La Diosa madre: la Naturaleza.

Por eso hemos decidido en Trama y Fondo organizar un congreso sobre el asunto.

La siguiente objeción: no es aceptable en términos psicoanalíticos -tampoco en términos nietzscheanos- reducir la voluntad a la voluntad consciente, sencillamente porque eso convierte el inconsciente en una insondable X,
y no, como pensaba Freud, en el campo de una voluntad, la del deseo, que escapa al control de la conciencia, pero que no por ello deja de ser voluntad.

Y precisamente por eso, porque es la voluntad inconsciente la que está en juego, me parece una expresión tan desenfadada como inapropiada esa que afirma que eso -la erección-, a no se sabe qué tipo de hombres, no les plantea ningún problema.

No existe tal tipo de hombres.

Y, si existieran, ellos serían la encarnación de la máquina biológica que el propio Zizek quiere poner en cuestión a propósito del ejemplo de la viagra.


La definición de significante

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«La cuestión esencial aquí es distinguir entre el pene (el órgano eréctil en sí) y el falo (el significante de la potencia, de la autoridad simbólica, de la dimensión -no biológica sino simbólica- que confiere autoridad y/o poder).»<

Estoy de acuerdo en la necesidad de diferenciar los conceptos de pene y de falo, aunque no me parece que la mejor manera de hacerlo sea definir al pene como el órgano eréctil porque, como se sabe, muchas veces no lo es.

Y el asunto es que si no hay erección, hay pene, pero no hay falo.

¿Es el falo un significante?

Ustedes piensan, de entrada, que sí, porque no paran de hablarles todo el día de significantes… Pero antes de darlo por hecho, plantéense la cuestión.

Si lo hacen, se verán obligados a preguntarse primero: ¿qué es un significante?

¿Ven lo que les decía antes? Exactamente así funciona la teoría: exigiendo definiciones precisas, pues, de lo contrario, es imposible avanzar con rigor.

Y bien, ¿quién quiere definirlo?

Poseemos la definición saussuriana: el significante es la cara formal, acústica, reconocible, del signo.

Y, como tal, en el signo, está asociado a determinado significado que es su otra cara, su cara semántica.

¿Es esta la definición lacaniana de significante a la que hace referencia aquí Zizek?

Desde luego que no.

Ahora bien, ¿cuál es la definición lacaniana de significante?

¿Alguien podría dárnosla? ¿Cómo, no la recuerdan?

Lacan sólo da una -y es algo notable, porque si algo no se suele dar en la obra de Lacan son definiciones-:

«Un significante es lo que representa al sujeto para otro significante.»

[Jacques Lacan: 1962-1963, Seminario 10, La angustia, sesión de 1963-02-27]

¿Qué les parece esta definición?

Les sorprende esta pregunta, porque seguramente han oído esta definición muchas veces, pero siempre sin ella.

Quiero decir: como una definición contundente, incuestionable.

Y es que cada vez más los modos de la conducta religiosa sustituyen a los propiamente racionales, científicos, en el campo de las ciencias humanas -quizás sea un síntoma bien expresivo de ello la sustitución de esta expresión, tan exigente, ciencias humanas, por la de estudios culturales.

El caso es que, si en vez de aceptarla como una verdad revelada -e incomprensible-, la examinan, se darán cuenta de que es un ejemplo perfecto de definición inaceptable porque, como todo el mundo sabe excepto los lacanianos, el término definido no puede entrar en su definición, pues si lo hace ésta queda convertida en una mera tautología: el significante es el significante.

Ahora, eso sí, permítanme que insista: en los discursos religiosos suelen abundar tautologías como esta.

El caso es que hay definiciones incorrectas en las que se utiliza el término a definir que, al menos, son inteligibles.

Pero no es éste el caso.

Ésta nadie la entiende, aunque todos ponen cara de entenderla. Es decir, encadenan frases a continuación, como si entendieran.

Pero nadie la explica, sencillamente porque es una frase que carece de sentido.

Y ello porque en ella se combina el verbo representar y el adverbio para de manera semánticamente incorrecta.

Me explicaré: alguien, pogamos que Juan, compra un mantel para una mesa.

Eso es viable y semánticamente aceptable: Juan puede comprar un mantel para la mesa de su comedor.

Pero, en cambio, Juan no puede representar un papel para una mesa. Tampoco puede interpretarlo. En suma, son absurdos enunciados como Juan interpreta un papel para una mesa o Juan representa un papel para una mesa.

Y ello porque no se interpreta ni se representa para las cosas: solo se puede interpretar o representar para las personas -así, por ejemplo: Juan interpreta un papel para Margarita– y, por extensión, para los seres vivos que puedan comportarse, de una manera u otra, como tales.

Y ello porque una condición mínima para que alguien pueda ser receptor -espectador, si prefieren- de una representación es que tenga una capacidad perceptiva, interpretativa, mínima.

Podemos extenderlo a ciertas máquinas, pero con la condición de que sean inteligentes: así lo ordenadores, por ejemplo.

Del mismo tipo es el verbo engañar, el verbo mentir o el verbo decir.

Se le puede decir algo a Juan o a Margarita, al perro o al ordenador, pero no se le puede decir nada ni a la mesa, ni a la silla, ni a una piedra, ni a una célula -como mucho a una planta, según algunos.

Tampoco a un signo, ni a un significante.

Sencillamente porque todas estas cosas son cosas, no entidades inteligentes.

Y por cierto: ya saben lo que se dice de los que se empeñan en hablar con las piedras o con las mesas: que están locos.

En la práctica, cuando en psicoanálisis se dice que algo es un significante, lo que se entiende es que ese algo, digamos X, no siéndo, per se, signo de otra cosa, digamos Y, pasa, sin embargo, a comportarse como signo de Y.

En suma: que X significa otra cosa de lo que es él mismo.

Así, por ejemplo, el dolor de piernas de una histérica puede significar -es decir, ser significante de- su identificación con su padre paralítico, su deseo de ser atendida por un médico al que desea, o muchas otras cosas.


Falo y significante

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El caso es que, Zizek afirma que el falo es el significante de la potencia, de la autoridad simbólica, de la dimensión -no biológica sino simbólica- que confiere autoridad y/o poder.

Pero, ¿qué es lo que no dice?

No dice cuál es el significante.

Quiero decir: no nos dice cuál es el significante, qué es lo que, en concreto, hace de significante de eso otro –la potencia, etc.

Ustedes podrían pensar que es el pene en erección el que hace de significante de todo eso -de hecho sería perfectamente plausible- pero Zizek dice expresamente que no: que el falo es otra cosa que el pene, que no es el órgano eréctil… que es el significante de…

¿Se dan cuenta del sinsentido?

Pero no le culpen a él especialmente, pues sólo repite el tópico lacaniano.

Pues Lacan, después de decir que esto y aquello -el dolor de piernas de la histérica o el compulsivo lavarse las manos del obsesivo- son significantes de otra cosa -enunciado en sí mismo correcto, que solo añade al pensamiento freudiano la elección lexical de la expresión significante-, da el salto a decir que algo que no se sabe qué es –el falo (lacaniano), por ejemplo, del que solo se sabe lo que no es, pues no es el pene con o sin erección- es significante de otra cosa -del deseo, por ejemplo.

Si el primer uso es del todo coherente con la lingüística, el segundo no tiene nada que ver con ella excepto la apariencia lexical, por más que, por el camino, se haya pretendido autorizar en la lingüística algo que no tiene nada que ver con ella.

Pues en lingüística un significante es algo concreto, manifiesto, que significa otra cosa de lo que es.

Lacan y Zizek llaman significante a todo lo contrario: a algo que no se sabe lo que es, que solo se sabe lo que no es, pero de lo que se dice que es un significante.

La mejor manera de percibir el artefacto es eliminar la palabra significante de la cita:

«La cuestión esencial aquí es distinguir entre el pene (el órgano eréctil en sí) y el falo (la potencia, de la autoridad simbólica, de la dimensión -no biológica sino simbólica- que confiere autoridad y/o poder).»

Como ven, no se pierde nada, el significado no solo se mantiene, sino que la frase resulta mucho más comprensible.

O bien, pueden cambiar la palabra significante por la palabra símbolo.

La cuestión esencial aquí es distinguir entre el pene (el órgano eréctil en sí) y el falo (el símbolo de la potencia, de la autoridad simbólica, de la dimensión -no biológica sino simbólica- que confiere autoridad y/o poder»

Claro que entonces se desvanece el pedigrí lingüístico que se obtiene con la palabra significante. Pero todo sigue siendo mucho más claro y comprensible.

Y claro, también sigue siendo necesario definir cuál es la manifestación concreta de ese símbolo… que es lo que nunca terminan de decir.


El significante del falo

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Piensen en nuestro ejemplo: el sable de Ethan.

Si yo les digo que el sable de Ethan es un significante del falo, ustedes lo entienden perfectamente.

Pero se dan cuenta que en esta frase el falo aparece no como un significante, sino más bien, como un significado y más propiamente como un símbolo -les propongo definir el símbolo como una constelación de significados objeto de un acto de donación.

Si he podido mostrarles hace un momento que la frase resultaba mucho más legible si quitábamos la palabra significante es porque de hecho la única manera de entender lo que Zizek dice del falo es reconocerlo como el significado de no se sabe qué significante -pero en la práctica, aunque Zizek diga que no, en la mente de ustedes aparece inevitable y sensatamente el pene en erección.

De hecho, ¿cómo podría el falo sugerir la potencia y la autoridad si no fuera antes y primero el pene en erección?

Ustedes lo entienden así si es que entienden algo, a pesar de que Zizek -y Lacan- les digan que no es eso, que no es el pene en erección, sino un significante.

Y sin embargo no presentan ningún significante, pues niegan la única cosa que en esto podría actuar como tal.

De modo que hablan de un significante que no es un significante: un significante que no existe es entonces el que remite a esos significados de la potencia y la ley.

La cosa parece absurda.

Yo diría, en rigor, que lo es.

Pero si hay muchos que la toman en serio, pienso que es porque ofrece beneficios secundarios.

¿Cuáles?

Precisamente: el romper la relación entre el pene en erección y los significados de los que es significante.

Nada lo muestra mejor que lo que sigue:

«Del mismo modo que un juez, que bien puede ser un individuo insignificante, ejerce autoridad desde el momento en que deja de hablar en su nombre para que la Ley hable a través de él, la potencia del varón funciona como indicación de que otra dimensión simbólica se activa a través de él: el «falo» indica los apoyos simbólicos que confieren al pene la dimensión de la potencia.»

En el campo de la ley jurídica, es decir, meramente legal, puramente semiótica, eso puede funcionar, pero solo en los periodos de estabilidad.

Mas no puede durar indefinidamente. Solo tienen que pensar en la Alemania nazi y en la Rusia estalinista: todos los jueces insignificantes miraban para otro lado en un mundo regido por voluntades criminales.

Este párrafo es un buen ejemplo de la tendencia estructuralista a sobredimensionar el poder de las estructuras y a minusvalorar el de los sujetos, a los que, por ello mismo, se reduce a la condición de agentes.

Aunque el juez sea un tipejo insignificante, se nos dice, la ley funcionará a través de él. Pues miren, no: cuando se multiplican los tipejos insignificantes, nadie sostiene la ley y la corrupción se infiltra por todas partes.

Y, por otra parte, si lo que nos ocupa es el falo, no estamos en el campo de la ley jurídica, sino en el de la ley simbólica.

Es especialmente reveladora, aquí, la palabra insignificante: un tipo in-significante, es un tipo incapaz de ser significante, es decir, de sustentar su palabra.

Un tipo in-significante es también un tipo no significante: no puede, no se le levanta.

El campo de la ley simbólica es, les insisto, el de la palabra encarnada. Y, en el campo de la escena sexual, esa encarnación pasa por la erección.

¿Ven, entonces, cuál es el beneficio secundario?: los héroes no existen, que nadie espere nada de mí.


La definición del falo

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La definición del falo que les ofrecía el otro día -de la cual el sable de Ethan era un expresivo significante, una apropiada manifestación simbólica- es, a la vez, más amplia y más concreta, más real y más simbólica que todas las confusas divagaciones lacanianas.

Clayton: When did you get back? I ain’t seen you since the surrender. Come to think of it, I didn’t see you at the surrender.

Ethan: Don’t believe in surrenders.

Ethan: Nope, I still got my saber, Reverend.

Ethan: Didn’t turn it into no plowshare neither.


El falo no es el pene, pero tampoco es algo que el pene no es -un significante, por ejemplo- y ello porque, si el falo no puede ser reducido al pene, sin embargo lo incluye necesariamente.

Es decir: sin pene, no hay falo.

El falo no es el pene en erección pero lo incluye necesariamente -e ídem: sin ello tampoco puede haberlo, y así sucesivamente.

El falo es el pene en erección en cuanto herramienta de un acto, pero no de cualquier acto: la masturbación masculina, por ejemplo, siendo un acto que implica al pene en erección, es muy poco acto para ser falo.

El falo es el pene en erección en tanto que penetra a una mujer y desencadena su goce -ahí se concreta su potencia y de ahí procede su poder y su autoridad.

Ven ustedes, dicho sea de paso, por qué no es un significante: sencillamente porque con un significante no se puede hacer el acto.

Y lo es tanto más si es capaz de volver a hacerlo con la misma mujer -lo que, como las propias mujeres saben, no es nada fácil: basta pensar, por ejemplo, en el caso de Don Juan, que entraba en pánico y huía de cada mujer en la siguiente.

Y es mucho más falo si, además de todo ello, es capaz de dejarla embarazada.

Y lo es todavía más aún si es capaz de quedarse ahí, protegiéndola a ella y a su prole y dándoles, a todos, sus apellidos.

Como ven, no he inventado nada: sólo les he recordado las implicaciones simbólicas del falo en nuestra cultura, tal y como aparecen admirablemente sintetizadas en The Searchers.

En su núcleo aparece algo más que la vitalidad de un órgano: el salto simbólico a una palabra encarnada en forma de deseo y proyectada en un relato.

Porque se habrán dado cuenta de que la definición que les he ofrecido es una definición narrativa.

La definición del falo es la definición misma de la virilidad, dado que nos devuelve la constelación de los significados de la masculinidad y dado que, además, el falo es la herramienta del varón.

La definición del falo es por tanto la definición del héroe, y es finalmente la definición del padre.

Sí, la del padre, porque el padre, se diga lo que se diga de él, es alguien que fue capaz de hacerlo.

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