5. El miedo en el corazón del ser (Fernand)


Jesús González Requena y Amaya Ortiz de Zárate
1ª edición: Ediciones de la Mirada, Valencia, 2000
ISBN: 84-95196-16-6
Edición actual: gonzalezrequena.com, 2013


 

 

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Fernand

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Leo tiene un hermano mayor: bajo sus órdenes trabaja recogiendo los periódicos que luego venden a un pescadero que los utiliza para envolver pescado -animales de nuevo y con ellos, ahora, el olor a pescado muerto.



Su hermano Fernand es pues un varón acentuadamente mayor que él, y que, a diferencia del padre, le habla, le orienta en el mundo.



«Sólo el papel. No recojas basura. Eso no sirve para nada, está roto»



le dice cuando Leo demuestra interés por un disco que ha encontrado entre la basura. Alguien, pues, que le conduce en la exploración del espacio exterior y que le permite, además, ganar algún dinero, introduciéndole en un circuito económico ajeno al familiar y excremental. Pero sólo relativamente: aún cuando el dinero media, la basura está, allí también, presente: de ella obtienen los hermanos el papel que constituye su mercancía y que, a su vez, está destinado a envolver los peces; demasiado cerca, por tanto, del circuito alimenticio desde cuyo núcleo la madre extiende su reinado. Más tarde, por lo demás, tendremos ocasión de comprobar cómo el dinero será reintroducido, nuevamente, en el circuito familiar -Leo pagará con él los excrementos de su hermana Rita, para presentarlos ante su padre como propios y así burlar el castigo.



La mirada fría del psicópata

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Sucede, sin embargo, que Fernand no va a ser capaz de desempeñar ese papel para Leo hasta el final: la hostilidad del entorno que habitan -pero también la fragilidad del propio personaje- va a truncar, de inmediato, esa posición, aniquilando brutalmente su palabra.


La hostilidad del entorno, decimos: la de ese barrio lumpenproletario y bestial – ciertamente sucio y poblado de bestias de las más diversas especies- donde conviven, en acre mezcolanza, hombres de los más diferentes orígenes culturales -italianos, franceses, judíos, alemanes, anglosajones- sin que se atisbe, entre ellos, signo alguno de integración. Tan sólo, en cambio, en ausencia de toda ley, sometimiento, aceptación inevitable de la violencia, del reinado del más fuerte.


Una violencia que por no estar articulada por ley alguna, manifiesta la misma cadencia, la misma bestial primariedad que la que procede del interior del mundo familiar de Leo.



De hecho, se anuncia de la misma manera que aquella: a través de una mirada intimidatoria que el espectador recibe sobre sus ojos. Sin duda es más fría y, también, más refinada esta mirada que aquellas otras que la han precedido.



Pues de hecho ésta ya no proviene del interior de la psicosis familiar y carece, en esa misma medida, de su sucia corporeidad. En extremo fría, posee una inquietante limpieza, asociada a la fina elegancia de ese rostro, a la gélida claridad de sus ojos azules. Y es que la violencia que ahora se anuncia es, propiamente, la del psicópata.


Sin embargo, cierta latencia común aproxima el modo de la interpelación que dirige a Fernand -y también, a su través, al propio Leo- a aquellas otras que Leo recibiera de su madre (“Empuja, Leo. Empuja, amor mío. Haz como mamá”) o de su padre (“Leo, Leo, Leo, Ven hijo, ven a ver a papá; ven, no te dolerá”):



«Fernand, hazme caso. El papel es asunto mío. ¿No vas a seguir tratándome así de mal, verdad? ¿Entiendes?»


La misma aparente complicidad y dulzura y, bajo ella, semejante inapelable dureza, tan intensa como el goce que encierra y reclama.


Pues en todo caso, es la sumisión absoluta lo que se exige: las palabras, pues, de quienes hablan, no pretenden para nada crear un espacio de circulación, de intercambio lingüístico; por el contrario, exigen de quien las recibe, de quien debe padecerlas, una sumisión absoluta que conlleva, por tanto, su destrucción en tanto sujeto de la palabra.


Nada, pues, tan retórico como la forma interrogativa de las frases del chulo. Obviamente, ninguna pregunta se formula en ellas. Ese “¿No vas a seguir tratándome así de mal, verdad?” encierra, a través de la simple inversión del sujeto y el objeto de la agresión, la advertencia de una violencia inmediata y, a la vez, el disfrute de la demora en el juego del amedrentamiento.




Por eso, el “¿Entiendes?” que le sucede es seguido de un brutal cabezazo que, aniquilando toda posible respuesta, rompe con un chasquido la nariz de Fernand.



«Escúchame Lozeau: vas a tener que cambiar de zona, porque éste es mi territorio.»


Un último y suplementario gesto de violencia cierra el discurso -y la agresión- del psicópata: la frase concluye con un preciso toque de su dedo sobre la nariz recién fracturada de Fernand. Lo justo para que su enunciado penetre hondamente en su mente hasta quedar grabado, asociado para siempre a ese instante de dolor en el que su conciencia ha quedado completamente anegada.



Por eso los ojos de Fernand no miran nada en el instante en que, tras recibir la fulgurante punzada, los abre en una reacción no menos automática que la que le lleva, en seguida, a cerrarlos con aún mayor intensidad -como intentando huir de ese mundo de dolor que le asalta. Nada miran en ese instante en que han permanecido abiertos mas, con todo, algo han visto, algo de la índole de una visión: la imagen de ese otro, omnipotente en su poder de aniquilación, quedará grabada en la memoria de Fernand con no menor intensidad que las violentas palabras que acaba de recibir.


Tal es lo propio del psicópata: no tanto imponer su poder -conservar el dominio sobre su territorio-, como afirmar su yo en la aniquilación del otro: humillar y avasallar su dignidad, gozar de su aniquilación en tanto ser humano, es decir, en tanto sujeto de la palabra.


El miedo en el corazón del ser

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Sin embargo, la agresión del psicópata no ha logrado, al menos aún no definitivamente, quebrar del todo a Fernand:




«Desde aquel día, el miedo dio a mi hermano Fernand una razón de ser.»


Fernand tratará de sobrevivir a la humillación recibida aferrándose a una identidad maníaca: construyéndose él mismo, con la ayuda obediente de Leo, unas pesas rudimentarias, intenta reconstruir -y blindar- su yo corporal por la vía de una identificación puramente imaginaria con los forzudos que exhiben las revistas para culturistas.




«Así, nunca más Fernand tendrá miedo de nadie. Y cuando mi hermano sea una montaña, yo tampoco tendré miedo. Y podré ir por todas las callejuelas de la tierra a decir a todos los mierdas de este mundo lo que pienso de ellos. ¡Ay de aquellos que no inclinen la cabeza a nuestro paso! Hasta los árabes y los judíos tendrán miedo de mí. De lo alto que estaré sobre los hombros de mi hermano.»


Una panorámica circular que parte de Leo, escribiendo mientras su hermano hace los primeros ejercicios de musculación, concluye su movimiento en la imagen, años más tarde, de su hermano convertido en un musculoso atleta. Tras él, Leo -y llama la atención el hecho de que la notable metamorfosis producida en su hermano para nada le haya afectado a él-, con el mismo sombrero tejano y, aparentemente, con la misma edad, continúa escribiendo en su cuaderno. La inflación inesperada de los músculos de Fernand, por otra parte, encuentra su contrapunto burlesco en el bullicioso cacareo de las gallinas que constituyen el sonido de fondo. Como si una incapacidad profunda de su cuerpo para salir de ese mundo animal frenara sorda pero implacablemente el ingente esfuerzo de Fernand por muscularse -y, así, masculinizarse.


Aunque, provisionalmente, la nueva consistencia muscular de Fernand, su aparente potencia, constituye sin duda un elemento añadido al bricolaje simbólico a través del cual intenta Leo apuntalar los soportes de su existencia. A su nuevo nombre, y a la figura paterna de recambio destinada a reconocerlo -el Domador de versos-, se agrega ahora la fuerte armadura de Fernand que permite a Léolo situarse muy alto, por encima de toda la basura del mundo, como en la cima de una montaña.



Pero la desarticulación de ese collage no cesa de anotarse, una y otra vez:


«Me despierto muy temprano. Mi vuelta del país de los sueños es brutal al entrar en el país de lo cotidiano.»


La imagen no devuelve, desde luego, esa otra que Léolo ha descrito en su ensoñación narcisista, contemplando el mundo desde los altos hombros de su hermano. Por el contrario: diríase más bien que es él mismo quien, reducido, en esa cama de matrimonio que comparte con su hermano, a la posición pasiva, femenina, debe soportar su peso, el de una masa que no deja de aumentar, imponiendo cada vez más expansivamente su presencia en el menguado espacio de la cama -de esa cama que fuera la de sus abuelos y luego la de los padres, y en la que también la madre hubo de padecer -mientras dormía- el aliento -alcohólico- del padre:


«Como siempre, duermo con Fernand. En una cama grande, la de mis abuelos. Gastada por mis padres, y quemada por nosotros. Mi mano rasca los pegotes de chicle pegados bajo el colchón de la época en que mi padre temía despertar a mi madre con su aliento de hombre de las tabernas.»
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