La donación simbólica

Maestro de Sijena, Adoración de los Reyes Magos, detalle, 1515-21.

 





Jesús González Requena
Los 3 Reyes Magos. O la eficacia simbólica
1ª edición: Ediciones Akal, Madrid, 2002
ISBN: 84-460-1735-0
de esta edición: www.gonzalezrequena.com, 2018




 

 

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Donación simbólica

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Ghirlandaio, Adoracion de los Reyes,
Galería de los Uffizi, 1487


En este contexto, el de una sociedad que se pretende totalmente configurada por el mercado y por la objetividad de sus mercancías, resulta del todo comprensible el miedo de muchos padres a sustentar, con su palabra y con sus actos, la existencia de esa presencia simbólica que es la de los Reyes Magos. Temen especialmente ese momento en que el niño, al incorporar los procedimientos y habilidades del razonar adulto, se vea obligado a cuestionar la objetividad de los hechos que el mito narra y pueda presentar a sus padres sus reclamaciones por haber sido engañado.


Atrapados en la lógica de la objetividad, temen, en suma, ver llegar un día en que puedan ser descubiertos como estafadores y se curan en salud declarando, desde el principio, con una inquietante rigidez, eso que ellos consideran la verdad: que los Reyes Magos no existen, que no son más que un mito, es decir, un engaño, una mixtificación propia de tiempos pasados.


Y, sin embargo, debieran recordar que estafador es el que vende una mercancía que no vale nada. Cegados por la objetividad del mercado, diríase que creen que sólo posee valor lo que el mercado mismo objetiva y valoriza. Pues, así, recusan esa otra dimensión del valor, simbólica, cuya existencia depende precisamente de su exclusión del mundo y de la lógica del mercado -de ello hablaba, por cierto, aquella tonadilla popular según la cual el cariño verdadero ni se compra ni se vende; sería conveniente añadir: si se compra o se vende puede sin duda ser cariño, pero, en cualquier caso ya no será verdadero. Olvidan, en suma, que el orden simbólico, por ser el orden del don que constituye al sujeto, sólo existe más allá del ámbito de la objetividad.


Y quizás también por eso, en esa rigidez late a veces la tensa y velada conciencia del vacío simbólico al que ha conducido el proceso de deconstrucción en el que la Modernidad ha concluido, y que les ha abocado a concebirse a sí mismos, en tanto padres, como estafadores. Se viven, por eso, demasiado débiles ante la exigencia de asumir esa tarea que a pesar de todo intuyen que es la suya: la de que su palabra alcance el peso de una promesa que pueda ser vivida como verdadera. Por eso, ante la angustia generada por el temor de no poder sustentar esa promesa, prefieren refugiarse en el mundo de la objetividad para, así, descartar la existencia de los Reyes Magos y, con ella, la de la dimensión simbólica a la que pertenecen.


Sin embargo, nada tan imprescindible para el nuevo ser destinado a afrontar su travesía por lo real, como la promesa de que es posible un futuro digno que le aguarda. Las palabras que, como los mismos Reyes Magos, conforman esa promesa, son palabras que existen, pero que sólo existen en tanto son verdaderamente pronunciadas, es decir, dadas en un proceso de donación simbólica. Sin duda, si los padres no realizan ese trabajo, esas palabras, como los propios Magos, dejan de existir. Pero existen, en cualquier caso, en tanto el mito se mantiene vivo: pues el mito no es otra cosa que un texto que existe en tanto es pronunciado, y que desaparece en cuanto deja de serlo. Como el mismo Dios, después de todo, o como aquellas otras palabras de su misma índole, como justicia, libertad o dignidad: sólo existen en tanto que alguien da la cara por ellas -y asume, entonces, el riesgo de perderla.


Sólo si los padres afrontan su angustia y sustentan un -digno- relato, hacen posible que exista para el niño ese orden de trascendencia que es el orden mismo del sentido. Es decir, el orden del mito en el que el sentido anida.


José Juárez, Adoración de los Reyes,
Museo Nacional de Arte, Ciudad de México, 1655



La creencia negativa de la Modernidad

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Alonso Berruguete, Adoración de los Magos,
Museo Nacional de Escultura de Valladolid


Conviene, pues, insistir en aquello en lo que se equivocan, señalar el espejismo que les confunde a ellos tanto como a los discursos en los que se amparan: que cuando dicen no creer en otra cosa que en aquello cuya objetividad puede establecerse -tocarse, medirse, comprarse y venderse- realmente no hacen otra cosa que afirmar una creencia negativa; la de la inexistencia de algo que sin embargo, a todas luces, existe: los símbolos y los textos en que se materializan. No creen en ellos, sencillamente, porque, fascinados por la objetividad del mercado, atrapados por su extrema abstracción, parecen haber dejado de percibir la materialidad misma de las palabras, y por eso nada saben de su peso. Solo pueden, por ello, manejar aquellas que, como signos, sirven para nombrar los objetos y sus propiedades. Y llegan así, contra toda evidencia, a negar la existencia de aquellas otras que, por no nombrar ningún objeto, ninguna escala de medida ni regla de intercambio, manifiestan una mayor densidad como palabras.


Y, sin embargo, esas palabras existen como hechos, como magnitudes materiales e históricas desde el momento mismo en que, al ser pronunciadas por primera vez, emergieron en lo real aún cuando nada, allí, las prefiguraba. Y desde entonces el mundo ya no es él mismo pues, aunque todo en él les hace resistencia, no dejan por ello de constituir nuevas presencias instaladas en su interior: presencias que poseen la masa de su sonoridad y la rugosidad de sus huellas trazadas en las piedras, en los libros y -¿como podría ser de otra manera?- en los cerebros de quienes las pronuncian o las escuchan, las leen o las escriben.


Podemos ahora decirlo: la paradoja de la modernidad estriba en que, en el mismo momento en que, obcecada por su combate contra la metafísica, se ha querido pura razón objetiva, ha dejado de ser materialista. Lo que puede, también, ser formulado de esta manera: queriendo suprimir toda creencia, se ha instalado en esa creencia negativa que le impide saber del peso material de las palabras. Tiene, sin duda, sus motivos; pues, desde luego, ese peso no puede medirse, ya que no es el peso de un objeto. Pero es, en cualquier caso, el peso que sujeta al sujeto.


Lo que esas palabras nombran es, sin duda, invisible, más no por ello su materialidad deja de ser indiscutible: no, desde luego, una materialidad objetiva -pues no nombran objetos-, pero sí subjetiva, y quizás por eso una materialidad más real, pues posee, finalmente, la materialidad de los seres que se conforman pronunciándolas. Es decir: la materialidad misma de los sujetos.


Los sujetos, al pie de la letra; es decir: los seres en tanto sujetos, sin los cuales, como Kant (27) supo hacer ver, no existen objetos posibles. Es necesario, por eso, señalarlo: la razón pragmática de la Modernidad se instala sobre un absurdo lógico: el de la reducción del sujeto a aquello, precisamente, que es su contrario: el objeto.


Pues el sujeto no es el ser alienado en el mundo de los objetos y sus signos, sino el ser configurado por las palabras simbólicas que pronuncia. Palabras que sostiene frente a lo real y palabras que, en tanto son pronunciadas a la vez que dadas, terminan por surcar lo real, introduciendo en ese caos que lo constituye, cierto, sin duda frágil pero por eso tanto más inapreciable, surco. Ese surco que es el del relato a partir del cual la experiencia -que, desde luego, no puede ser otra cosa que experiencia de lo real- puede lograr configurarse como biografía y como historia: encontrar sentido y, en esa misma medida, merecer la pena -es decir: dar sentido a esa pena, al dolor de esa experiencia.


El Bosco, Adoración de los Magos,
Metropolitan Museum of Art, New York, 1470-80



Los Reyes Magos existen

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Diego Velázquez, La adoración de los Reyes Magos,
Museo del Prado, Madrid, 1619


Parece ser que Velázquez, en su Adoración de los Reyes Magos, pintó a su hija en el lugar del Niño Jesús, motivo por el cual el cuadro lleva escrita su fecha: 1619, año del bautismo de la niña. En el lugar de la Virgen, Juana, su esposa. Y se cree que el rey arrodillado ante ella podría ser el propio artista…


Existe un momento, en la vida de todo niño, cuando alcanza el primer rigor del pensamiento lógico, analítico, cuando alcanza a comprender que los hechos, encadenados por su propia lógica, se resisten a sus ensoñaciones y a sus deseos, en el que él mismo proclama su recién adquirida madurez cognitiva afirmando que ya no cree en los Reyes Magos. Que sabe que son los padres los que ponen los regalos.


Por eso es fácil oír en su asombro ante aquel otro niño de su misma edad que ¡todavía cree en los Reyes Magos!, el orgullo de su recién adquirido saber. Sin embargo, no por eso da a la expresión creer en los Reyes Magos el tinte peyorativo y siempre algo despreciativo con el que los adultos la emplean. Pues él, aunque sabe que -en el mundo de la objetividad al que ahora accede- no existen, no quiere prescindir -en el plano del mito- de ellos. Por el contrario, quiere que la noche de Reyes siga celebrándose, que los regalos se desplieguen bajo la ventana a la mañana siguiente, sólo que ahora lo disfruta desde un ángulo suplementario, pues disfruta de una nueva complicidad con sus padres, en la medida en que comparte su secreto, es decir, en tanto que sabe, como ellos mismos, que, después de todo, los Reyes Magos no existen como una realidad empírica. Por eso, contra lo que quizás sus padres temieran, no declara haber sido engañado, sino que se siente orgulloso de que el recién adquirido saber le haga, al menos en eso, igual a sus padres, poseedor, como ellos mismos, de ese secreto. Y en lo más íntimo de ese secreto, siguen entonces habitando esos seres míticos que son los Reyes Magos como lo que realmente son, después de todo: una secreta presencia simbólica en la que se anuda la pervivencia del lazo sagrado que constituye su origen -ya no el biológico, desde luego, sino el simbólico-: su origen en tanto ser humano, sagrado, digno de respeto, hijo, también él, después de todo, de un dios.


Esta es por eso, en todo caso, la verdad que los padres pueden decir al niño en ese momento en el que éste se ve obligado a configurar su discurso en el plano de la realidad objetiva: que los Reyes Magos existen -pues yo no los he inventado- y que yo, tu padre, colaboro con ellos. Pues, ¿cómo podrían existir si nadie lo hiciera?


Y es ésta, después de todo, una apropiada respuesta simbólica: en ella se inicia un cierto relevo en la transmisión del don. Pues, desde ese momento, la existencia de los Reyes Magos pasará a depender también de la voluntad del propio niño, en tanto esbozo de un adulto comprometido con el mundo -simbólico- de los hombres.


Gerard David, Adoración de los Reyes,
National Gallery, Londres, 1280 aprox



Notas

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(27) Kant: Crítica de la razón pura. Estética trascendental y analítica trascendental, Losada, Buenos Aires, 1973.


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