Deconstrucción y vacío simbólico

Leonardo da Vinci, La adoración de los Magos,
Galeria de los Uffizi Florencia, 1481-88.

 





Jesús González Requena
Los 3 Reyes Magos. O la eficacia simbólica
1ª edición: Ediciones Akal, Madrid, 2002
ISBN: 84-460-1735-0
de esta edición: www.gonzalezrequena.com, 2018




 

 

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El Dios de la Modernidad

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Francisco de Goya, La Adoración del nombre de Dios,
Basílica del Pilar, Zaragoza, 1772.


Por eso, en los ideales del primer liberalismo, como en los del movimiento democrático que conduciría luego al proyecto socialista, latía la concepción del hombre como un ser sagrado, en tanto habitado por la palabra: el hombre como proyecto de configuración, de construcción humana.


Y sin embargo, he aquí la paradoja que sólo el pensamiento dialéctico puede hacer comprensible -pero de la que no podemos rendir cuentas ahora en la complejidad de su proceso-, en la misma medida en que más se avanzaba en la forja de la realidad por las palabras que definían ese horizonte utópico -es decir, mítico-, cierto punto de delirio comenzó a instalarse en Occidente. Olvidándose de lo costoso de ese proceso de conquista, de introducción en el mundo de cierto orden humano de racionalidad, comenzó a delirarse su racionalidad generalizada.


Convendría, a este propósito, recordar que la Modernidad no se constituyó a partir de la negación de Dios, sino, bien por el contrario, por su reducción imaginaria a pura racionalidad: así, Dios -el Dios de Descartes- era ya una racionalidad absoluta que garantizaba la racionalidad misma del mundo en tanto que se fundía con ella. (24)


Y así, ese Dios racional se disolvía en la transparencia misma de la objetividad del mundo tal y como el discurso de la ciencia lo configuraba. Por esa vía se alumbraron los optimistas ideales positivistas de la ciencia del XIX: la palabra Dios había perdido ya toda utilidad, pues no nombraba ninguna diferencia, en la medida en que se deliraba la idea de que su racionalidad habitaba ya lo real. Por eso la palabra Progreso ocupó su lugar. Había, por lo demás, otro buen motivo histórico: aquellos que se oponían al progreso en la conquista de esos ideales agitaban la imagen de un Dios más antiguo como bandera de su reacción.


Si la razón habitaba el mundo, Dios ya no era necesario. Todo podría ser, por sí mismo, explicable, manipulable, dominable. Si hablamos de delirio a propósito de esta nueva concepción del mundo, es porque en ella se manifestaba cierta percepción imaginaria que conducía a negar la existencia misma de lo real -de su resistencia, de su refractariedad a los deseos de los hombres. Pues la Modernidad, olvidando en ese momento el coste heroico de su forja, deliró que sus ideales habrían de estar garantizados, prefigurados en lo real.


Así, en primer lugar, en el hombre mismo. Olvidando que ese hombre había sido construido como recipiente sagrado de la palabra, y que esa construcción cobraba la forma de un heroico combate con ese cuerpo real habitado, al margen de toda razonabilidad, por la brutalidad de la pulsión, hubo de delirarse la fantasía del hombre como puro ser racional, a partir de la idea, en todo imaginaria, del hombre real como un buen salvaje siempre bien dispuesto a ser modelado por la razón.


Stanley Kubrick, 2001 A Space Odyssey, 1968



Deconstrucción y vacío simbólico

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Masaccio, La expulsión de Adán y Eva del Paraíso terrenal,
Santa María del Carmine, Florencia, 1425-28


Si hoy, en cambio, cuando ya nada frena la conciencia de la crisis de la Modernidad, está de moda burlarse del progreso, guiñar el ojo al interlocutor dejándole ver que uno es lo suficientemente inteligente -es decir, lo apropiadamente cínico- como para saber que eso del progreso no es más que una quimera, esa palabra poseyó en el siglo XIX la fuerza de la palabra mítica, y por ello la hicieron suya aquellos que, para que hubiera historia, estuvieron dispuestos a dar su sacrificio en la lucha por la libertad y la dignidad humana.


En todo caso, el cinismo de nuevo cuño que reina ahora en unos ámbitos intelectuales ya del todo impregnados por la atmósfera del ocaso de la modernidad, es en buena medida producto de la gran inflexión que ha tenido lugar en la ciencia en nuestro siglo. Pues, a partir de cierto momento, el orden del discurso científico, como discurso de la objetividad que sus signos configuran, desprendido de toda dimensión simbólica, hubo de autonomizarse totalmente del ámbito de la subjetividad. Y, así, terminó de vaciarse de todo ideal, de toda utopía, de todo horizonte mítico. Era entonces sólo cuestión de tiempo que viniera a encarnarse, a través de la tecnología, en ese proceso de producción de objetos que ya sólo gobierna la ahumana álgebra del mercado -el orden mismo de los significantes vaciados de todo sentido: los del dinero, solo valor de cambio, equivalente universal y abstracto. (25)


Se trata, después de todo, del mismo proceso que ha conducido a la extinción de la filosofía en lógica -formal- del lenguaje y en el que ha culminado ese proceso de desimbolización, de desmitologización, y de desacralización del mundo que ha cobrado la forma final del discurso de la Deconstrucción: todo orden simbólico, todo universo mitológico, ha quedado al descubierto como no más que una construcción del lenguaje en nada sustentada por lo real. Y, así, deconstruído todo universo simbólico, el discurso de la ciencia, ya del todo autonomizado de las esperanzas de los hombres, devuelve una percepción de lo real cada vez más inquietante, pues cada vez más alejada de la feliz racionalidad que le fuera postulada en los comienzos de la Modernidad. No sólo, ya lo hemos señalado, decretando la inexistencia del principio de causalidad, sino también desatando ese foco de angustia que late en el segundo principio de la termodinámica que reconoce, en lo real, una tendencia inexorable al desorden y al caos.


La crisis de la razón de la modernidad, aunque coexistente con el incesante desarrollo de su poder a través de la revolución cibernética, ha encontrado, incluso, un nombre: Posmodernidad. El que desde los ámbitos intelectuales se nos haya invitado a aceptarlo deportivamente, con formas varias del pensamiento devole o light, no logra ocultar la evidencia de una radical crisis civilizatoria: Occidente, en la cima de su poder, cuando parece haber conquistado, a través del mercado, el mundo entero, de pronto, ha comenzado a encontrar extraordinarias dificultades para reproducirse biológicamente. Resultaría sorprendente si pudiéramos observarlo desde fuera: una civilización en la cúspide de su poder tecnológico que sin embargo parece haber perdido su energía más esencial. Indiscutiblemente competente a la hora de fabricar las máquinas más sofisticadas, se descubre, a la vez, cada vez más incapaz de perpetuarse como especie.


¿Por qué? Resulta, cuando menos, incitante considerar que el lugar de tal falla es el mismo que más intensamente concentrara siempre la producción mítica: el nacimiento, el retorno al origen y su confrontación necesaria con ese otro momento que es su otra cara, la de la muerte. Y entre ambos, ciñendo a la vez lo que más intensamente los anuda, la violencia. Deberíamos, pues, pararnos a considerar la posibilidad de que exista una correlación entre esos dos datos: la tendencia al vaciado de mitos, a la total desmitologización, y el incremento de ese marasmo civilizatorio que encuentra su manifestación más alarmante en la cada vez más acentuada dificultad de afrontar la reproducción biológica.


Sin duda: la filosofía de la Deconstrucción tiene razón en lo mismo en que se equivoca: pues si constata que el universo de lo humano no es otra cosa que el universo tejido por sus palabras, su debilidad, esa que ha llegado a confesarse pensamiento débil, ha creído ver sólo mascarada ilusoria donde residía, en cambio, la materialidad misma de lo humano: la de esas palabras que, digámoslo de nuevo, surcan lo real en un siempre duro y heroico combate.


Olvidando que el mundo de la objetividad sólo había nacido de la configuración de ciertos segmentos de lo real por el orden de los signos, y de esos signos especialmente precisos que son los de la ciencia, en un momento dado -ese que ha recibido el nombre de Posmodernidad- diríase que el hombre occidental, fascinado por el mundo de la objetividad, y creyendo con ello alcanzar una mayor madurez, ha olvidado ese saber que, a pesar de todo, le ha fundado en tanto sujeto humano: el saber del poder, de la fuerza forjadora de la dimensión simbólica de la palabra.


Por eso, la intensa crisis que, en nuestro inmediato presente, atraviesa la izquierda -por nombrar de manera sucinta esa historia de la fe en lo humano que comenzara en el cristianismo y que ha proseguido en el movimiento democrático hasta forjar el proyecto socialista-, esa profunda desorientación que, en algunos de sus aspectos, recuerda inquietantemente aquella otra que tuvo lugar en los años veinte y treinta de nuestro siglo, no puede ser disociada de la perdida, del vaciado de la dimensión simbólica, mítica, que la constituye. Pues si algo se ha demostrado inequívocamente en las dos últimas décadas es que, a diferencia de la derecha, la izquierda no puede sobrevivir a la muerte de la utopía.


Giotto, Lamentación sobre Cristo muerto,
Capilla Scrovegni, Padua, 1305-06



El mercado y su verdad alicaída

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Francisco de Goya, El pelele,
Museo del Prado, Madrid, 1791-1792


Sucede, sin embargo, que nuestra modernidad ha recusado el sentido del don. Ya lo hemos advertido: no existe para ella otra verdad que la de la objetividad de los objetos que pueden verse, tocarse, medirse. Es la suya, por eso, una verdad en extremo alicaída. Su caída, la perdida de aquellas alas utópicas que la acompañaran en su ya lejano nacimiento, se manifiesta finalmente en su encierro en un universo carente de horizonte en la misma medida en que se quiere totalmente configurado por el mercado.


Y porque, finalmente, no reconoce otra lógica que la del mercado, no puede conocer otra realidad que la de los objetos que en éste se intercambian, ni otra significación que la del valor que esos objetos, en tanto mercancías, obtienen en él. De manera que el regalo pierde su carácter de don para alienarse en el universo de las mercancías. Quien lo da no es otro que su comprador, como su valor no es otro que el de su precio. No debe, por eso, extrañarnos que, al darlo, termine por concebirse a sí mismo como un vendedor que espera cobrar algo -esta vez en especie- por aquello que da.


O dicho de otra manera; no sabe dar, tan sólo intercambiar; incapaz de desprenderse, sólo concibe acumular. Y debe, por eso, protagonizar él mismo el obsequio. Pues, convendría recordarlo, ésta es la lógica aparentemente inapelable que late en la objetiva y razonable recusación de los Reyes Magos: la evidencia de que sólo puede ser destinador del regalo aquel que lo ha comprado, es decir, aquel que, en el mercado, ha confirmado su existencia en el ejercicio de su poder -y de su identidad, siempre intercambiable- de comprador.


Y es que, alicaída la verdad, el significado se adelgaza hasta convertirse en pura abstracción; de hecho, no existe nada tan abstracto como el dinero: mediador económico universal, no más que valor de cambio, constituye un significado vacío de todo sentido, pues no significa otra cosa que la magnitud matemática determinada por su intercambiabilidad con el resto de las mercancías.


Miguel Ángel Buonarroti, Juicio Final, detalle, Capilla Sixtina, Ciudad del Vaticano, 1537-41



Notas

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(24) Cfr.: Descartes: Discurso del método. Meditaciones metafísicas, Porrúa, México, 1972.


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(25) Cfr.: Marx, Karl: El capital, Siglo XXI, Madrid, 1975.


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