15. Aporías de la deconstrucción 4: Zizek, el deseo y el acto

Jesús González Requena
Seminario Psicoanálisis y Análisis Textual 2014/2015
sesión del 12-12-2014 (1)
Universidad Complutense de Madrid
de esta edición: gonzalezrequena.com, 2015

 

 

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A propósito del machismo

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Hoy cerraremos el asunto Zizek.

«En lo relativo a la manipulación de la esencia misma de la sexualidad, la intervención científico-médica directa, queda perfectamente reflejada en la triste historia del Viagra, esa píldora milagrosa que promete recuperar la potencia sexual masculina de un modo puramente bio-químico, obviando toda la problemática de las inhibiciones psicológicas. (…) Por decirlo con los términos de la crítica de Adorno contra la mercantilización y la racionalización: la erección es uno de los últimos vestigios de la auténtica espontaneidad, algo que no puede quedar totalmente sometido por los procedimientos racional-instrumentales.

«Este matiz infinitesimal (el que no sea nunca directamente «yo», mi Yo, el que decide libremente sobre la erección), es decisivo: un hombre sexualmente potente suscita atracción y deseo no porque su voluntad gobierne sus actos, sino porque esa insondable X que decide, más allá del control consciente, la erección, no le plantea ningún problema.

«La cuestión esencial aquí es distinguir entre el pene (el órgano eréctil en sí) y el falo (el símbolo de la potencia, de la autoridad simbólica, de la dimensión -no biológica sino simbólica- que confiere autoridad y/o poder). Del mismo modo que un juez, que bien puede ser un individuo insignificante, ejerce autoridad desde el momento en que deja de hablar en su nombre para que la Ley hable a través de él, la potencia del varón funciona como indicación de que otra dimensión simbólica se activa a través de él: el «falo» indica los apoyos simbólicos que confieren al pene la dimensión de la potencia. Conforme a esta distinción, la «angustia de la castración» no tiene, según Lacan, nada que ver con el miedo a perder el pene: lo que genera ansiedad es, más bien, el peligro de que la autoridad del significante fálico acabe apareciendo como una impostura. De ahí que el Viagra sea el castrador definitivo: el hombre que tome la píldora tendrá un pene que funciona, pero habrá perdido la dimensión fálica de la potencia simbólica -el hombre que copula gracias al Viagra es un hombre con pene, pero sin falo. (…) Por decirlo en términos un tanto machistas, ¿qué empeño pondrá la mujer en resultarle atractiva a un hombre, en excitarlo de verdad? Por otro lado, la erección o su ausencia, ¿no es una especie de señal que nos permite conocer el estado de nuestra verdadera actitud psíquica?»

[Slavoj Zizek: En defensa de la intolerancia, La sexualidad hoy, p. 98-99]

Quizás a algunos de ustedes les parezca que hemos perdido demasiado tiempo ocupándonos de él y de Judith Butler, lo que ciertamente no era mi intención cuando comenzó el seminario de este año.

Como recordarán, fueron algunos de entre ustedes los que suscitaron la discusión.

Pero pienso que ha sido oportuno hacerlo, porque estos epigonales discursos deconstructivos están en el ambiente y, en mi opinión, funcionan como racionalizaciones defensivas frente a la masa de emociones que suscitan films clásicos como The Searchers.

Y por tanto, directamente, contra el Edipo mismo.

Por eso, dediquemos una última atención a lo que bien podemos llamar las aporías de la deconstrucción.

Antes que nada, les haré una nueva llamada de atención ante la patente falta de rigor que se manifestaba en el texto de Zizek que analizábamos el otro día:

«Por decirlo en términos un tanto machistas, ¿qué empeño pondrá la mujer en resultarle atractiva a un hombre, en excitarlo de verdad?»

¿Qué es eso de en términos un tanto machistas? ¿Cómo que un tanto? ¿Son términos machistas o no machistas?

¿Por qué habría de ser machista el que una mujer quisiera resultarle atractiva a un hombre, excitarle de verdad?

¿Lo no machista entonces sería no querer atraerle ni excitarle?

Entonces las únicas mujeres no machistas serían las monjas y las lesbianas.

Como ven, Zizek tiene las cosas muy poco claras por lo que se refiere al erotismo.

Y padece un evidente síndrome de Estocolmo ante los discursos feministas más radicales, lo que le lleva finalmente a hacer propio su puritanismo de fondo.

Qué degradación para una mujer, parece querer decirnos, pretender resultarle atractiva a un hombre.

¿Pero no iba de eso el asunto del deseo? ¿El que desea, no quiere ser deseado?

Finalmente uno descubre, en estos discursos radicales, la misma gestualidad puritana de las damas de la liga de la ley y el orden que tantas veces describiera John Ford.

Doc: Vamos, vamos, señora. No se ponga así.

Dueña: Ya estoy harta de sinvergüenzas. Fuera de mi casa. Y me quedo con su baúl hasta que pague el alquiler.

Doc: ¿Y es este el rostro que hizo naufragar va mil barcos…

Doc: …y quemó las torres de la indomable Troya?

Doc: Adiós, bella Elena.

Dallas: ¡ Doc! ¿Pueden echarme…

Dallas: …si yo no me quiero ir? ¿Pueden echarme?

Sheriff: Vamos, Dallas, deja de armar escándalo.

Dallas:¿Tengo que irme, Doc, sólo porque ellas lo dicen?

Sheriff: Calla, Dallas, yo sólo cumplo órdenes. No culpes a esas señoras. No son ellas.

Dallas: Sí que lo son. Doc, ¿no tengo derecho a vivir? ¿Qué he hecho yo?

Doc: Somos las víctimas de un morbo infecto llamado perjuicios sociales, muchachas.

Doc: Las dignas señoras de la liga de la ley y el orden están limpiando de escoria la ciudad.

Doc: Vamos, debes mostrarte ufana de ser escoria como yo.

Sheriff: Lárguese, Doc, está borracho.

Dueña: Hum. Lo que yo digo,…

Dueña: …Dios los cría y ellos se juntan.

Doc: Tome mi brazo, madame la condesa. La carreta espera. A la guillotina.

Dueña: Aguarden un momento. Voy con ustedes.


Por mi parte, les diré todo lo contrario: que me parece un error llamar machismo a lo que se consideran las actitudes negativas de los varones hacia las mujeres, porque con ello se estigmatiza al macho, lo que les plantea obvios problemas a esos seres humanos que son machos, pero también les plantea serios problemas a esos otros seres humanos que son hembras, porque les hace más difícil encontrar a los seres humanos machos que, después de todo, reclaman.


A propósito de angustia de la castración

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Vean un nuevo ejemplo de falta de rigor. En términos freudianos, es insostenible afirmar que la angustia de la castración no tiene nada que ver con el miedo a perder el pene: lo que genera ansiedad es, más bien, el peligro de que la autoridad del significante fálico acabe apareciendo como una impostura.

Si la «angustia de la castración» no tiene nada que ver con el miedo a perder el pene entonces no tiene sentido decir que lo que genera ansiedad es, más bien, el peligro de que la autoridad del significante fálico acabe apareciendo como una impostura.

Quiero decir: el más bien, contradice al nada que ver: si no tiene nada que ver, entonces no puede decirse más bien sino en ningún caso.

Y si el más bien vale, entonces, es obligado reconocer que algo tiene que ver con lo anterior, después de todo.

Y claro que tiene algo que ver.

Pues, de lo contrario, sería incomprensible el horror que el descubrimiento del genital femenino produce en el niño varón.

Y en ello se manifiesta una vez más lo que les decía el otro día: que es imposible separar al falo del pene.


El acto de Mary Kate

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¿El viagra es –como dice Zizek- la castración definitiva?

No, miren, no.

Precisamente porque el arco simbólico del falo es mucho más amplio que el de ese órgano eréctil que incluye, el viagra no es la castración, ni definitiva, ni no definitiva.

¿Y por qué habría de serlo?

Piénsenlo bien. Si lo fuera, ¿no debía serlo también -y, por cierto, más- la píldora anticonceptiva?

Es curioso como escora el discurso: lo químico que ayude al varón a ir tirando es nefasto, pero lo químico que ayuda a la mujer es superguay…

Se lo señalo a ustedes por lo que tiene que ver con el siguiente movimiento del libro de Zizek, con el que vamos a despedirnos definitivamente de él.

Se trata de la reflexión que realiza sobre un caso judicial que fue muy sonado en Estados Unidos: el de Mary Kate le Tourneau.

«El caso de Mary Kay le Tourneau indica que aún existe alguna salida. Esta profesora de Seattle de treinta y seis años fue encarcelada por haber mantenido una apasionada relación amorosa con uno de sus alumnos, de catorce años: una gran historia de amor en la que el sexo aún tiene esa dimensión de trasgresión social. (…) El absurdo que supone definir esta extraordinaria historia de amor pasional como el caso de una mujer que viola a un adolescente, resulta evidente; sin embargo, casi nadie se atrevió a defender la dignidad ética de Mary Kay.»

[Slavoj Zizek: En defensa de la intolerancia, La sexualidad hoy, p. 101-102]

¿Se habría atrevido Zizek a decir lo mismo si se hubiera tratado del caso sexualmente opuesto?

Quiero decir: el de un profesor varón de treinta y seis años que hubiera mantenido una relación sexual con una adolescente de catorce.

Es evidente que no, porque casos de esos siempre hay y nada dice sobre ellos.

Pero no nos detendremos ahora en eso.

El asunto es que, al parecer, en el juicio, Mary Kay le Tourneau fue diagnosticada de maniaco-depresiva, lo que no puede por menos que interesarnos, dado que ese es el evidente diagnóstico de Justine.

A propósito de lo cual, añade Zizek:

«La idea de «trastorno bipolar» (…) es interesante: su principio explicativo es que una persona que lo padece sabe distinguir el bien y el mal, sabe lo que es bueno o malo para ella, pero, cuando se desata el estado maníaco, en el arrebato, toma decisiones irreflexivas, suspende su juicio racional y la capacidad de distinguir lo bueno de lo malo. Esta suspensión, ¿no es, sin embargo, uno de los elementos constitutivos del ACTO auténtico?»

[Slavoj Zizek: En defensa de la intolerancia, La sexualidad hoy, p. 103]


La pregunta es: ¿es un acto auténtico el de Justine cuando viola a Tim?



Zizek y Lacan: el deseo y el acto

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Tim: Hi.

Tal es lo que se deduce de la argumentación de Zizek, en la misma medida en que, en la práctica, termina identificando el acto auténtico como un acto maníaco.

El asunto tiene toda su importancia, porque pone en cuestión la definición misma del acto.

Una vez más, para ello, Zizek recurre a Lacan:

«¿Qué es un acto? Cuando Lacan define un acto como «imposible», entiende por ello que un acto verdadero no es nunca simplemente un gesto realizado con arreglo a una serie de reglas dadas, lingüísticas o de otro orden -desde el horizonte de esas reglas, el acto aparece como «imposible», de suerte que el acto logrado, por definición, genera un corto-circuito: crea retroactivamente las condiciones de su propia posibilidad. (…)

«Mary Kay (…) rechazaba sentirse culpable y recuperaba su sangre fría ética, decidiendo no transigir con su deseo. (…)

«conviene insistir en el carácter único, en la idiosincrasia absoluta del acto ético -un acto que genera su propia normatividad, una normatividad que le es inherente y que «lo hace bueno»; no existe ningún criterio neutro, externo, con el que decidir de antemano, mediante aplicación al caso particular, el carácter ético de un acto.»

[Slavoj Zizek: En defensa de la intolerancia, La sexualidad hoy, p. 103-105]<


¿Por qué llamar imposible a lo posible?

¿No les parece éste un modo un tanto rococó de usar el lenguaje?

Si ha habido acto, es que era posible.

Y si el acto es imposible, entonces no habrá acto.

Pero sucede que los lacanianos se pasan la vida haciendo esto: diciendo que cuando Lacan dice algo, digamos X, lo que quiere decir no es X, sino otra cosa, llamémosla Y.

Y, a continuación, afirman que Y es igual a no X, con lo que, finalmente, vienen a decirnos que cuando Lacan dice X lo que quiere decir es no X.

Por eso, para hablar del asunto, Zizek tiene que poner la palabra imposible entre comillas, para, a continuación, venir a decirnos que cuando Lacan dice imposible no quiere decir que sea imposible, sino que quiere decir… que es posible, aunque no lo parece.

Ahora bien: si Lacan quiere decir lo contrario de lo que dice, ¿por qué no lo hace en vez de decir lo contrario de lo que quiere decir?

Así es el rococó.

Ahora bien, ¿dónde está la gracia de la cosa?

En que se juega con la posibilidad de que el acto sea imposible.

Pues se dan ustedes cuenta de que, de acuerdo con el acto escogido como modelo de acto puro, lo que se está haciendo es definir al acto maníaco como el único acto posible.

Les hablaba al principio de cómo discursos como estos funcionan como mecanismos defensivos por la vía de la racionalización que se disparan cuando nos aproximamos a los grandes textos clásicos.

Es decir: a los textos edípicos.

Y es que precisamente de eso se trata, eso es lo que late en los discursos de la deconstrucción: el repudio de la ley simbólica.

Pero más allá de todo ese debate, hay algo que debería ser evidente para todo psicoanalista: y es que no es tarea del psicoanalista ni denostar un acto, ni ensalzarlo -como hace aquí Zizek- convirtiéndolo en modelo del auténtico acto.

Lo que corresponde al psicoanalista es, sencillamente, estudiarlo y tratar de explicarlo.

Exactamente eso que no hace, en ningún momento, Zizek.

Y, en cualquier caso, resulta obligado añadir que ese acto, en cuanto que realiza un deseo, no puede ser cierto que carezca de reglas: por el contrario, son las reglas mismas del deseo las que lo configuran como tal, independientemente de que, en el momento en que lo realiza, el individuo carezca de conciencia de las reglas deseantes que lo encadenan.

¿Quiso Mary Kate convertirse en la maestra absoluta -en la maitrese total- de su estudiante?

¿Quiso humillarse públicamente como quien degradaba sus obligaciones docentes?

No tenemos manera de saber si fue eso o cualquier otra cosa.

Pero lo que sí sabemos es que, en tanto su deseo estuvo en juego, una cadena significante de ese orden hubo de ponerse en marcha.

Ahora bien, si toman un poco de distancia, ¿no les parece que lo que está definiendo Zizek es más bien un acting-out? Un acto que irrumpe como actuación del deseo en un estado de inconsciencia.

Precisamente: un acto loco; uno que supone un paso al acto de un deseo que no logra decirse en la sesión analítica y que se actúa de manera loca fuera de ella.

Pero en todo caso la cuestión central estriba en si podemos aceptar esta definición del ACTO auténtico, verdadero, logrado como un acto que rechaza toda normatividad previa y genera su propia normatividad.

¿Y cómo podría hacerlo de la nada -pues se dice de él que ha roto todo orden discursivo previo?

¿No se manifiesta aquí, de manera implícita, una apología del acto irracional? Y una -dicho sea de paso- que participa de la estela de la subversión sin sujeto de Butler.

Resulta evidente que la referencia lacaniana a la que ahora apela Zizek es la del Seminario 7, La ética del psicoanálisis, cuyo enunciado central es:

«Propongo que de la única cosa de la que se puede ser culpable, al menos en la perspectiva analítica, es de haber cedido en su deseo.»

[Jacques Lacan: 1959/1960, Seminario 7, La Ética del psicoanálisis, 1959-07-06]

Ahora bien, si lo aceptamos, si aceptamos lo que afirma Zizek sobre el acto de Mary Kate, ¿no deberíamos aplicárselo también, por ejemplo, al violador de niñas de Ciudad Lineal?

Y no menos notable, por lo que se refiere al análisis teórico del asunto, es esto otro: que ni Zizek ni el propio Lacan parecen darse cuenta de que esta máxima ética supone una contradicción radical con los presupuestos previos del discurso lacaniano que, como ustedes saben, afirman que

«el deseo del hombre es el deseo del otro»

[Jacques Lacan: 1953-1954, Seminario 1, 1954-04-07]

«el deseo del sujeto es el deseo del Otro»

[Jacques Lacan: 1961-1962, Seminario 9, 1961-06-06]

Pues bien, si esto es cierto, si el deseo está, desde su origen, alienado en el deseo del otro, carece de sentido la afirmación de que el sujeto debe no transigir con su deseo, dado que este deseo no es, después de todo, suyo, sino del otro.

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