7. El Edipo canónico y las dos salas del Yo

 

 

Jesús González Requena
Seminario Psicoanálisis y Análisis Textual 2017/2018
sesión del 10/11/2017 (1)
Universidad Complutense de Madrid
de esta edición: gonzalezrequena.com, 2018

 

 

 

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El Edipo canónico

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«La relación del muchacho con el padre es, como nosotros decimos, ambivalente. Junto al odio, que querría eliminar al padre como rival, ha estado presente por lo común cierto grado de ternura. Ambas actitudes se conjugan en la identificación-padre; uno querría estar en el lugar del padre porque lo admira (le gustaría ser como él) y porque quiere eliminarlo. Ahora bien, todo este desarrollo tropieza con un poderoso obstáculo. En cierto momento el niño comprende que el intento de eliminar al padre como rival sería castigado por él mediante la castración. Por angustia de castración, vale decir, en interés de la conservación de su virilidad, resigna entonces el deseo de poseer a la madre y de eliminar al padre. Y es este deseo, en la medida en que se conserva en lo inconciente, el que forma la base del sentimiento de culpa. Creemos haber descrito con ello procesos normales, el destino normal del llamado complejo de Edipo; todavía habremos de agregar un importante complemento.»

[Freud (1927): Dostoievski y el parricidio, p. 181]

 

Les he venido hablando del Edipo canónico, que ciertamente es una expresión que no habían oído nunca.

 

La cita que les propongo hoy para comenzar la sesión viene a justificar la elección de esta expresión.

 

Como les dije, utilizo la palabra canónico allí donde Freud emplea la palabra normalCreemos haber descrito con ello procesos normales, el destino normal del llamado complejo de Edipo-, para evitar las confusiones producidas por la extraordinaria distancia que opone el modo freudiano de emplear esta palabra del que domina en la actualidad.

 

Pues, como les decía, hoy en día cuando se dice que algo es normal se entiende que es lo que sucede de manera mayoritaria.

 

Para Freud, en cambio, lo normal es lo que está de acuerdo con la norma, lo que a ella responde y se amolda -una medida más alta de normalidad y de corrección anímicas.

 

Como ven, el suyo es un uso etimológicamente irreprochable.

 

Y no debemos perder de vista que la caída en desuso de esta significación de la palabra normal es coincidente con la desvalorización de la norma, es decir, de la ley simbólica, en el mundo contemporáneo.

 

Por lo que se refiere a ese importante complemento al que hace referencia Freud en este texto es, ya lo habrán adivinado ustedes, el que tiene que ver con la constitución del superyó.

 

Y vean en el párrafo que sigue a éste la confirmación de algo que le contesté a uno de ustedes en su momento cuando les señalaba que la posición femenina ante el padre no era un componente del Edipo canónico:

«Otra complicación sobreviene cuando en el niño se ha plasmado con intensidad mayor aquel factor constitucional que llamamos bisexualidad. Amenazada la virilidad por la castración, se vigorizará en tal caso la inclinación a buscar escapatoria por el lado de la feminidad, a ponerse más bien en el lugar de la madre y adoptar su papel de objeto de amor ante el padre. Sólo que la angustia de castración imposibilita también esta solución. Uno comprende que sería preciso admitir la castración si quisiera ser amado por el padre como una mujer. Así caen bajo la represión ambas mociones, odio al padre y enamoramiento de él. (…)

«La angustia frente al padre es lo que vuelve inadmisible el odio a él; la castración es terrorífica, tanto en su condición de castigo como en la de precio del amor. De los dos factores que reprimen el odio al padre, el primero, la angustia directa frente al castigo y la castración, ha de llamarse normal; el refuerzo patógeno parece venir sólo del otro factor: la angustia ante la actitud femenina.

[Freud (1927): Dostoievski y el parricidio, p. 181-182]

 

Y bien, porque Casablanca nos devuelve el trazado narrativo del Edipo canónico, no encontraremos en ella esa posición femenina ante el padre.

 


Lo simbólico / lo jurídico

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Trato de hablarles de lo simbólico como esa dimensión del lenguaje donde se producen los efectos que son propios del psicoanálisis.

 

Les decía que lo simbólico no es el lenguaje de Wittgenstein, ni el de la psicología cognitiva, ni el de la semiótica, que es ese del que habla Lacan y su escuela.

 

Y ciertamente es evidente la dificultad de abordarlo en el mundo moderno.

 

Vean esto, por ejemplo.

 

Es una noticia de ayer:

 

Léanlo mejor:

«La presidenta del Parlament, Carme Forcadell, ha acatado este jueves expresamente ante el juez del Tribunal Supremo Pablo Llarena el artículo 155 de la Constitución, que interviene la autonomía de Cataluña tras la declaración unilateral de independencia del pasado 27 de octubre, y ha manifestado que esta declaración tiene un carácter simbólico, según fuentes jurídicas.»

 

Observen el valor que da a lo simbólico Carme Forcadell, pero también sus abogados, y los periodistas que transmiten su mensaje. Se dan cuenta de que esa es su línea de defensa: que esa declaración ha sido un acto simbólico, es decir, un no acto, un acto que no vale nada.

 

Y aunque demuestra con ello no saber nada del valor de lo simbólico -pero entonces, ¿cómo pretende ser la heroína de una nueva nación?-, al menos percibe bien que lo simbólico es una dimensión bien diferente a la de lo jurídico, que no es más que una de las formas de lo semiótico.

 


Los salvoconductos: la pulsión y el deseo

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Rick: You’re right, Ugarte.

Rick: I am a little more impressed with you.

 

 

Rick se reconoce impresionado.

 

Algo le ha tocado con la fuerza suficiente para hacerle salir del recinto más cerrado de su yo.

 

Y es que les decía: piensen el café de Rick como el yo. Un yo instalado en su pedestal narcisista, herméticamente defendido.

 

Y bien, lo que lo ha tocado es eso que se ha deslizado en su reducto narcisista

 

 

y que es nombrado como los salvoconductos:

 

Ugarte: Look, Rick.

Ugarte: You know what this is?


 

Los salvoconductos que, sean lo que sean, signifiquen lo que signifiquen, se encuentran ahora exactamente sobre las piezas negras de Rick.

 

Y dentro de un instante desaparecerán bajo ellas.

 


Ugarte: Something that even you have never seen.

 

¿No les parece notable que cuando Ugarte habla de eso que Rick nunca había visto, los salvoconductos ya han quedado escondidos bajo las piezas?

 

Por cierto, ¿cuál es el color de las piezas blancas?

 

No exactamente blanco, más bien marfil, ¿no?

 

Un color bien parecido al del sobre que contiene los salvoconductos

 

 

y al del traje mismo de Ugarte -un color bien diferente al de la chaqueta netamente blanca de Rick, que, eso sí, se ve contrastada por una pajarita tan negra como sus piezas.

 

Las blancas, entonces, han movido: han puesto en el tablero los salvoconductos.

 

Y esos salvoconductos, sumergidos bajo las piezas negras de Rick, se convierten en el desencadenante de la energía que va a impulsar su primer movimiento.

 

Ugarte: Letters of transit signed by General de Gaulle.

Cannot be rescinded. Not even questioned.

 

Curiosa esa cosa que son los salvoconductos. Ya es hora de que nos paremos a pensarlos.

 

Son papeles que abren el paso a cualquier sitio, que eliminan todo límite y toda frontera, y que nadie puede rescindir ni cuestionar. Papeles que permiten, en suma, rechazar, atravesar, violar cualquier ley.

 

En cuanto tales, están del lado de la pulsión, pues la pulsión en sí misma es energía interior que presiona. Y ciertamente, con su llegada Rick se ve empujado a salir de su fortín interior.

 


 

Pero no pierdan de vista la otra cara de estos salvoconductos:

 

 

son unos documentos, es decir, papeles con cosas escritas en ellos. Están, por eso, del lado del lenguaje.

 

Han llegado desde el exterior, se han cargado de la energía de Rick -la de sus piezas negras de ajedrez- y empujan hacia el exterior.

 

De modo que en ellos se encuentran dos factores tan diversos como la pulsión y el lenguaje.

 

Del lado de la pulsión, son vehículos energéticos.

 

Del lado del lenguaje, son la posibilidad de la articulación de esa energía pulsional.

 

Son pues operadores del deseo, si aceptan ustedes la definición del deseo que voy a proponerles: el deseo es la articulación de la pulsión por las vías del lenguaje.

 

Esta es una definición que no está en Freud ni, que yo sepa, en ningún psicoanalista posterior, pero es congruente con una diferencia conceptual establecida por Freud: la que distingue la pulsión ligada a un objeto de la pulsión libre o desligada.

 

El deseo sería, pues, pulsión ligada a un objeto, y el lenguaje sería la vía de esa ligazón.

 

Pues bien, podemos decir que el protagonismo de los salvoconductos en el relato tiene que ver con ello: ubicados todo el tiempo en el centro de éste, están incompletos, en tanto que está en blanco el lugar donde debe escribirse el nombre de aquellos que pueden llegar a usarlos.

 

Sólo cuando esos nombres sean escritos, esa articulación de la pulsión en deseo por vía del lenguaje se verá realizada.

 


Las dos salas del yo

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Les decía que los salvoconductos empujan a Rick a salir de su fortín interior.

 

Pero no entiendan que este fortín defina los confines del yo, pues sólo delimita su reducto más interior.

 

Su yo abarca igualmente esa segunda zona, menos cerrada -pues ya no hay guardia en ella- que es el bar del café.

 


 

Al igual que nos hemos detenido en los salvoconductos, debemos hacerlo ahora en las dos salas del café de Rick.

 

Son ciertamente dos y cada una tiene su propia puerta.

 

 

Pero son dos puertas ciertamente diferentes. La primera es exterior, da a la calle, y ante ella no hay portero alguno. La segunda, en cambio, es interior, sin acceso directo a la calle, y se encuentra guardada por un portero de tamaño considerable.

 

La principal diferencia de esas dos salas se hace evidente:

 

 

una,

 

 

el bar,

 

 

tiene dos puertas. Una puerta exterior

 

 

y otra interior, que se abre a la segunda sala, la sala de juego.

 

 

Esta segunda sala, en cambio, solo tiene una puerta, esa misma que la comunica con el bar, pues, recuérdenlo,

 

 

tras el lugar elevado donde se sienta Rick

 

 

solo hay una pared sin puerta alguna.

 

De manera que lo sensato es invertir la posición de nuestras dos puertas:

 

 

Lo que además corresponde bien a la dirección en la que se ha desplazado la cámara hasta encontrar a Rick.

 

Un desplazamiento, decíamos, hacia lo más interior que es también hacia lo más antiguo, hacia lo que está más atrás en el pasado.

 

¿Que hay ahí?

 

Ya lo saben:

 

 

una copa vacía y una parálisis en el lugar del acto que viene metaforizada por el tablero de ajedrez y por el cigarrillo en el cenicero.

 

Y también saben esto: que esa copa vacía es la metáfora de la Imago Primordial que ya no está, pues está vacía, pero que está a pesar de todo, pues, vacía, está como el continente mismo de lo que el yo de Rick es.

 

Al menos hasta que un acto de escritura, es decir, de palabra, un acto propiamente simbólico, venga a constituirle en otra dimensión que no sea la de lo imaginario.

 

¿Y qué es lo que no hay ahí, en esa sala de juego?

 

Díganme: ¿han reparado en lo que no hay en ella?

 

No hay música, ni canciones.

 

Solo el rumor sordo de los jugadores.

 


 

Sala de juego, ruleta, naipes, los torbellinos del azar y, sobre ellos, Rick, quien, como saben, manipula la ruleta:

 

Emil: Do you wish to place another bet, sir?


Brandel: No, No, I guess not.

Rick: Have you tried 22 tonight?

 

Manipula la ruleta para hacerla coincidir con sus deseos.

 


El bar: la realidad del yo

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Aquí en cambio, en la sala del bar, hay música.

 

Y bien, dado que hemos aprendido del error del capitán Renault –Serves me right for not being musical-, veamos como la letra de esa música define el espacio.

 

Sam: Say, who ‘s got trouble?

Público: We got trouble

 

Porque esta sala es menos interior, porque no tiene portero, a ella llegan los problemas.

 

Sam: How much trouble?

 

Y todos tienen problemas porque, aunque a ustedes les han engañado en el sistema educativo desde la infancia diciéndoles que es posible un mundo feliz y sin problemas, es un hecho que el mundo no está hecho para que los hombres sean felices y carezcan de problemas.

 

Es más, no ha sido hecho para algo.

 

Simplemente está ahí.

 

Es real.

 

Y bien, estamos en esa parte del yo, más abierta, donde los problemas se presentan.

 

En la realidad, en suma.

 

En la realidad del yo, tal y como se configura para éste en esa pantalla que es la de la conciencia.

 

Público: Too much trouble

 

Muchos problemas, que llegan tanto del exterior como del interior.

 

¿Acaso no acaba Rick de llegar desde el interior portando los salvoconductos?

 

Sam: Well now, don ‘t you frown Just knuckle down and knock

Sam: on wood

 

Bueno, y ya saben cómo se comporta el yo con sus problemas; hace lo que puede, procede por ensayo y error, lo prueba todo, incluso el tocar madera.

 

Sam: Who ‘s unhappy?

 

¿Y quién es el sujeto?

 

Público: We’re unhappy

 

¿Ese sujeto que acaba de aparecer en el centro del plano?

 

 

No hay duda: alguien que es infeliz.

 

Sam: How unhappy?

Público: Too unhappy

 

Y por cierto que Rick llega deslumbrante con su chaqueta blanca -observen que no es blanco, sino gris plateado el traje que se ha escogido para Sam.

 

Y llega con dos cosas: su infelicidad -pues en esta sala ya no es posible olvidarse de ella- y los salvoconductos.

 

Sam: That won ‘t do When you are blue, just knock on wood

 

Rick toca madera y coloca los salvoconductos en el interior del piano,

 

Sam: Who’s unlucky?

 

en el centro de la sala del bar. Ahí permanecerán hasta casi el final del relato. De modo que, como les decía hace un momento, casi todo lo que sigue va a suceder en torno a esos salvoconductos que estarán en el centro de todo.

 

Insistamos en ello: ese objeto que está en el centro de la narración y que todos desean se encuentra en el centro del espacio en el que casi todo lo principal de la narración sucede.

 

Público: We’re unlucky


Sam: How unlucky?

Público: Too unlucky

 

Se dan cuenta de hasta qué punto queman los salvoconductos.

 

La mirada de Rick, preocupada, casi asustada, así lo atestigua.

 

Sam: But your luck’ll change If you’ll arrange to knock on wood

 

Los salvoconductos, ese objeto que parece ser el comodín perfecto, ¿puede llegar a cambiar la suerte?

 

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