8. El origen de Martin y la reclamación de Debbie

Jesús González Requena
Seminario Psicoanálisis y Análisis Textual 2014/2015
sesión del 07/11/2014 (2)
Universidad Complutense de Madrid
de esta edición: gonzalezrequena.com, 2015

 

 

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Martin y Edipo

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Aaron: lt was Ethan who found you, squalling under a sage clump after your folks had been massacred.

Es muy poco lo que sabemos de Martin, pero sabemos, sobre todo, que es incierto su origen: que él, como Edipo, fue encontrado abandonado, llorando en el campo.

Y, en cierto modo, como un Edipo cristianizado, pues fue encontrado bajo una mata ardiente, dado que las llamas de la masacre, necesariamente, la rodeaban.

Fueron los indios -se nos confirmará más tarde- los que perpetraron la masacre. Lo real, pues, se encuentra en su origen. Y si los indios son lo real, la masacre confirma que el trauma es su sello.

Con respecto a ello, encontramos de nuevo ese doble papel de Ethan que ya anotamos el otro día a propósito de su relación con Debbie, sólo que esta vez en orden invertido.

El que ahora llega como mensajero de lo real fue en otro momento rescatador desde lo real.

Y por cierto que como confirmándolo, les diré lo que ahora no pueden todavía reconocer: que la que se encuentra ahora tras la figura de Ethan es la puerta principal de la casa.

Ethan: lt just happened to be me. No need to make more of it.

La traducción decía aquí: Una casualidad, créeme, no tiene la menor importancia.

Es una traducción correcta, pero que diluye la intensidad y la aspereza del original: eso ocurrió. Sucedió con la contundencia de lo real. Eso me tocó a mí. No hagas de ello otra cosa que lo que fue.

Les decía que Ethan es el mensajero de lo real: es pues de lo real de lo que habla a Martin.

Imposible no reconocer que este personaje enigmático que es Ethan se nos descubre odioso. Cargado de un odio opaco, macizo, por ahora inmotivado. Y por eso, desde luego, más odioso.

Ciertamente, más tarde, ese odio será motivado.

Sabremos que Ethan odia a los indios,

y compartiremos su emoción cuando le veamos ante la casa arrasada por ellos.

Pero si lo piensan bien se darán cuenta de que la motivación es escasa, sencillamente porque los indios no explican nada.

Son, como les insisto, la inscripción de lo real en el texto.

Por eso, lejos de explicar nada, localizan el lugar de lo inexplicable.

Y bien, esa condición de inexplicable de lo real es vivida por cada cual como algo injusto. Les repito: lo real es lo que se deduce del hecho de que el mundo no está hecho para nosotros, ni para responder a nuestras expectativas ni para satisfacer nuestros deseos.

El padre amoroso quisiera ocultarle al hijo lo que de dolorosamente real hay en el mundo. Pero si insiste en hacerlo le desarma. Queriendo protegerle le desprotege, pues no le ayuda a endurecer su yo para los embates que le aguardan.

El padre simbólico le obliga, en cambio, a tomar consciencia de su veinte por cierto de sangre india.

Se lo está diciendo ahora mismo a Martin: tú no eres ese yo-todo-placer que creías ser, sino el portador de un cuerpo real, indio, que marca la condición de tu soledad que se manifiesta en el hecho de que yo esté aquí,

interponiéndome entre tu madre y tú.

Como les digo, el padre amoroso no quiere que el hijo sufra, y por eso no duda muchas veces en cederle su lugar en la cama de la madre -no les digo que eso no deba hacerse alguna vez, lo que les digo es que hay un momento en que eso debe dejar de hacerse.

El padre simbólico, en cambio, sabe que el sufrimiento es inevitable y que por tanto debe ser anunciado.

Y no pierdan de vista el beneficio secundario de la posición del padre amoroso: al proteger al hijo de la angustia se protege a sí mismo de la angustia del hijo.

Por cierto: el quinqué acentúa esa separación entre los dos grupos, a la vez que metaforiza la posición de ese nuevo sujeto, separado, que está comenzando a ser Martin.

>

Martin: Thank you, Lucy.

Martin se resiste.

Quién te has creído que eres, le responde el gesto de Ethan.



Martin en el umbral: la represión y el deseo

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Impresionante elipsis. E impresionante encadenado.

La llegada de Ethan ha producido su efecto: Martin se encuentra ahora en el borde exterior de ese umbral expandido que es el porche, justo en la línea que traza el rayo de cálida luz amarilla que sale de la puerta de entrada abierta y que acaba donde él está sentado, pero sin que ese rayo le ilumine a él mismo más que muy parcialmente.

Martin mira hacia el interior: diríase que ese rayo de luz cálida guía su mirada. Y quizás la sustenta.

Y al igual que está en ese vértice entre el adentro y el afuera, está en el vértice de dos luces opuestas: cálida a la derecha, la de esa luz procedente del interior de la casa de la que acabo de hablarles, y fría, lunar, a la izquierda, del lado del exterior.

El padre simbólico es el padre de la ley, y la primera ley es la prohibición del incesto.

Pero la prohibición del incesto no es la prohibición del deseo, sino el nacimiento del deseo como deseo prohibido.

Pues la primera prohibición es freno a la pulsión. De modo que la ley funda y hace posible el deseo, en tanto vía humanizada de la pulsión.

Es difícil visualizarlo mejor: el sujeto, separado, y a la vez deseante, de un objeto del que carece y que, a la vez, le guía y le ilumna.

No piensen, en todo caso, que el padre simbólico no ame al hijo.

Al menos no es eso lo que está escrito en el film:


¿Lo ven?

Lo que el cadenado muestra es que Martin está en el corazón mismo de Ethan.

La diferencia fundamental entre el padre simbólico y el padre amoroso es que el primero es capaz de soportar la angustia del hijo.

Podemos también visualizar la situación así:

Y podemos recomponer así el origen de Martin: hubo un trauma, lo indio irrumpió dejando a Martin abandonado.

Fue entonces rescatado por Ethan, quien se lo entregó a Martha, la mujer a la que ama.


El fuera de la ley

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Martin: Good night, Aunt Martha.

Martha: Good night, Martin.

Martin: Uncle Aaron. Good night, Martin.

Martin: Good night, Uncle Ethan.

Ethan: Good night.

Martin: Come on, Ben.

Ben: Night, Ma. Night, Pa.

Ben: Uncle Ethan, will you tell us about the war?

Aaron: The war ended three years ago, boy.

Ben: It did? Then why didn’t you come home before now?

Martha: Ben, go on with Martin. March.

Se dan ustedes cuenta de que la pregunta de Ben ha tocado un lugar sensible: ¿Por qué no ha vuelto antes el tío Ethan?

Nunca se dirá, pero es fácil deducirlo. Ethan no ha entregado su espada, que por eso se encuentra ahora frente a él, sobre la chimenea. No hay duda de que fue uno de esos rebeldes que se negaron a rendirse y que, no aceptando la derrota, constituyeron las partidas de sudistas que prolongaron la guerra por su propia cuenta. No hay duda, igualmente, que de ahí proceden esas monedas nuevas que dentro de un momento entregará a Aarón.

De modo que es, o ha sido, un fuera de la ley. Un forajido. Por cierto, quizás hayan visto una espléndida reelaboración de este tema que hizo años más tarde Clint Eastwood y que se llamaba precisamente así: El fuera de la ley. Sin ser un remake, retomaba buena parte de los elementos y los personajes de esta historia, incluida una india muy parecida a Look.

Pero volvamos a The Searchers.

No hay duda de la decisión con la que esa mujer de carácter que es Martha cierra el asunto.

Martha: Ben, go on with Martin. March.

Y, en ese mismo movimiento, se alinea con Ethan.


La reclamación de Debbie

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Y bien, llega el momento de la reclamación de Debbie.

Ella también quiere un don que la nombre y le permita, en su caso, declinarse del lado de la feminidad.

Younger Debbie: Uncle Ethan, Lucy’s wearing the gold locket you gave her when she was a little girl.

Como ven, sabe que ha llegado su momento.

Quiere una medalla, un broche que la abroche como mujer.

En cierto modo piensa -y no sin razón- que fue la recepción de la medalla que Ethan dio a Lucy lo que hizo de ella una mujer.


El cuerpo, lo monstruoso y lo real

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Y les insisto en que hay fundamento para esa intuición de la niña: precisamente porque ese ser mujer al que me refiero que la niña reclama no es un dato real: como real, no hay más que un cuerpo singular, irrepetible y por eso mismo inhomologable.

Ese es el motivo de las angustias relativas al cuerpo que invaden en ciertos momentos -los de la pubertad- a los adolescentes.

Hay una amplia literatura que los describe en su extremosidad: va desde Frankenstein de Mary Shelley en literatura y James Whale en cine hasta El hombre elefante de David Lynch pasando por la Metamorfosis de Kafka.

Por supuesto, hay cuerpos que se alejan demasiado de los tipos biológicos y que, como tales, son percibidos como monstruosos. Aprovecho la ocasión para recordarles que en ello pueden reconocer bien lo propio de lo real: en lo real se da de todo, todas las variantes, todas las monstruosidades posibles. Piensen, por ejemplo, en el síndrome de Proteus de El hombre elefante -pues la película se inspiró en un caso real.

Pero sobre lo que trato de llamarles la atención ahora es sobre el otro lado de la cuestión: sobre el hecho de que todo ser humano, al chocar con lo real de su cuerpo, con su singularidad extrema que lo separa siempre inevitablemente de los cánones de su tiempo, tiende a percibirse como monstruoso. Y eso sucede con especial intensidad cuando choca con esas erupciones de la sexualidad que se manifiestan de manera tan sorpresiva en la pubertad.

Independientemente de que El hombre elefante sea un caso real, es en sí mismo notable la facilidad con la que ustedes se identifican con él. Y es posible escuchar su historia como la de alguien que nunca ha sido nombrado de otra manera que como monstruo por aquel que es su amo. Su humanización sólo comienza cuando el Dr. Merrick se hace cargo de él y comienza a reconocerle como tal, es decir, como un ser humano: lo que no puede pasar por otra vía que por la de la interpelación; propiamente, le interpela como ser humano.

Piensen ahora en La metamorfosis: la historia de ese joven que se despierta una mañana percibiéndose a sí mismo como un insecto gigante ¿no les parece que podría ser entendida como la psicosis que se desencadenaría en un sujeto carente del aparato simbólico que le permitiera reconocerse como ser humano? -pueden encontrar en mi web, en la sección de literatura, un análisis de la novela en este sentido. Lo Grotesco, lo Siniestro, la Psicosis (La metamorfosis, de Franz Kafka).

Pasen ahora a Frankenstein y lean el monólogo que, en la novela de Mary Shelley, dirige el monstruo a su creador; su queja es de una lucidez estremecedora y puede reducirse a esto: tú que me has creado te has negado a ser para mí el padre que necesito, el padre capaz de humanizarme. -También pueden encontrar material sobre el asunto en mi web, en un seminario dedicado a Shelley y Whale. El Monstruo y la Diosa (James Whale, Mary Shelley)

¿Que por qué ese estremecimiento llega con la pubertad y se extiende durante toda esa larga y conflictiva fase que es la de la adolescencia?

Si atendemos a su comienzo y a su fin comenzaremos a comprenderlo.

El comienzo, como les digo, coincide con el fin de la fase de latencia tal y como lo proclaman las erupciones del cuerpo sexuado: poluciones en los varones, menstruación en las mujeres.

El final viene dado por ese momento en que unos y otras logran construirse un personaje sexuado, de hombre o de mujer, tras una serie de conflictivos ensayos tanto ante el espejo real como ante ese otro espejo, más decisivo, que es la mirada de los otros.

Y bien, un buen día las poses, los vestidos y los peinados ensayados cuajan y uno comienza a acomodarse en ellos y a olvidarse de ellos: todo eso se convierte en una segunda piel, pero no deberíamos olvidar nunca que se trata de una segunda piel textual: la de la textualización de nuestra identidad sexuada.


Sexuación y angustia

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¿Por qué es tan difícil, tan conflictiva, incluso tan dramática esta textualización sexuada?

Precisamente porque debe incorporar algo que no estuvo presente en el yo narcisista del origen, ese yo-todo-placer que se obtuvo de la imago primordial y que era, precisamente, un Yo-todo, al que nada faltaba.

El nuevo yo necesario es ya un yo sexuado y ese yo sexuado es un yo no-todo, sino modelado por la diferencia que se obtiene de El o de Ella.

Traducido en mis esquemas, es necesario pasar de aquí:

a aquí:

Es decir, acusar, incorporar la diferencia sexual de la que, hasta ahora, nada se sabía.

Y de la que, dicho sea de paso, es tan fácil olvidarse cuando uno dice yo, porque, como les insisto una y otra vez, yo carece de género.

De pronto, la imago primordial se descubre hendida y aparece, fuera de ella, ese objeto prestigioso que es simultáneamente lo que ella desea y de lo que carece.

Sin duda, el niño y la niña se interrogan con respecto a ese objeto valioso, se preguntan si lo tienen o no lo tienen.

Cuando logran responderse, el niño respira aliviado y orgulloso constatando tenerlo, y la niña se siente decepcionada y humillada por no tenerlo.

Pero antes de eso hay, para el niño como para la niña, un común momento de angustia en el que se ven absorbidos, ambos, por esa hendidura que desbarata ese escudo soberbio que ha sido su yo-todo-placer.

Esa hendiduda les deja sin escudo y les confronta brutalmente con lo real de su cuerpo.

Pueden, sin duda, mirarse en el espejo: pero el espejo no da otra respuesta que la imagen de su cuerpo real, en cuanto tal, incomprensible. De manera que no encuentran en él nada que pueda responder verdaderamente.

Necesitan un vestido que les vista, pero ya no como un yo-todo, sino como un yo-hombre -un yo como él- o un yo mujer -un yo como ella.

De manera que la identidad sexual solo puede ser recibida como algo externo al cuerpo, como una suerte de injerto simbólico.

Como algo, en suma, recibido como una donación.

Y una advertencia temporal: para que la adolescencia sea atravesable, es necesario que esa donación simbólica haya sido recibida con anterioridad; concretamente: entre los 3 y los 6 años, es decir, en los tiempos del Edipo.

El asunto es que nada de eso se recuerda, precisamente porque la fase de latencia lo ha sumergido en la represión y el olvido. Pero que eso ha sucedido lo demuestra el hecho de que, cuando acaba la fase de latencia y estallan los volcanes de la pubertad, existe en el inconsciente un engrama de la sexuación que -aún con todas las dificultades propias de lo hostil de lo real- permite al individuo reconocerse, vivirse, como hombre o como mujer.

Precisamente eso, ya saben, que le falta a Justine.

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