23. History / Story

 

 

 

Jesús González Requena
Seminario Psicoanálisis y Análisis Textual 2007/2008
sesión del 16/05/2008 (3)
Universidad Complutense de Madrid
de esta edición: gonzalezrequena.com, 2015

 

 

 

 

 

 

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Mito vs. Libro de contabilidad

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A sus 51 años, Welles es capaz de firmar como director una película que trata sobre sobre el ser mismo del relato.

Sobre el ser mismo del relato, es necesario añadirlo, tal y como es concebido desde una posición manierista.

Narrador: Cada noche, Mister Clay se sentaba a la mesa y cenaba solo. Cara a cara con su retrato.

Narrador: Pero era inconsciente de la ausencia de amistad que le rodeaba. La misma idea de amistad nunca había entrado a formar parte de su concepción de la vida. Era natural que fuera así, pues era él quien lo había querido así.

Narrador: Pronto terminó por creer en su propia omnipotencia.

Narrador: A los setenta años cayó enfermo de gota. No podía dormir.

Una vez más, ese eterno tema wellesiano: el no poder dormir.

Solo que esta vez ligado explícitamente a la necesidad de narrar y, sobre todo, de poner en escena.

Narrador: Cada noche su jefe contable le hacía compañía. Le leía los viejos contratos, las facturas y los presupuestos.

Es de alto interés la clasificación de discursos que el film ofrece. Está, por una parte, el discurso objetivo, que como ven es el discurso de los objetos.

Y que, siendo objetivo, se descubre en seguida imaginario:

Narrador: Esto le recordaba sus triunfos del pasado.

Netamente narcisista.

Yo soy en tanto yo tengo.

Pero es evidente que ese tipo de discursos no sirven para dormir.

Narrador: Pero las noches

Narrador: eran largas.

El insomnio pervive.

Pervive en un inmenso, inmensamente desolado aburrimiento.

Levinsky: Ya hemos leído este libro, Mr. Clay. Más de una vez. Le he leído ya todos los viejos libros contables dos veces.

Como ven, por más que se repita, el orden semiótico, en su cansina objetividad, no sirve para dormir.

Levinsky: ¿Quiere que volvamos a empezar?

Para dormir son necesarios otros modos del lenguaje.

Clay: ¿No hay otro tipo de libros?

Levinsky: ¿De qué género?

Clay: La gente leerá otro tipo de libros.

Levinsky: Además de los libros de contabilidad.

Levinsky: Es mi trabajo darle lo que desea. Si tales libros existen, los buscaré.

Y por cierto que el film dibuja un mundo que ha olvidado la existencia de ese otro tipo de libros.

Es decir, de esos otros modos de lenguaje.

Mr. Clay: La noche no ha terminado todavía.

Y el insomnio se impone con su vacío insoportable.

Entonces, para satisfacer a su amo, Levinsky busca algo en su interior. Algo que seguramente había olvidado que tenía:

Clay: ¿Qué es eso?

Levinsky: Un hebreo deportado me llevó consigo cuando dejó Polonia.

Es realmente diferente este otro tipo de texto.

Está patentemente ligado al cuerpo que lo porta y directamente determinado por el hecho de haber sido dado en un momento determinado, irrepetible, del tiempo.

Hay ahí, pues, un destinador.

Levinsky: Era un hombre muy viejo. Antes de morir me dio esto.

Levinsky: Aquí hay, mister Clay, algo que podría leerle.

Levinsky: Exultará el desierto y la tierra árida.

Levinsky: Se regocijará la soledad y florecerá.

La índole de este otro tipo de texto suena del todo insólita en la modernidad de la racionalidad objetiva.

Y por eso es impugnado:

Clay: Eso no es un libro.

Levinsky: Exultará con gran júbilo…

Clay: Eso no tiene nada de libro.

Se trata de la habitual impugnación positivista que se realiza todos los días en nuestra sociedad moderna, también en nuestras universidades.

Pero hay una buena respuesta para eso:

Levinsky: Usted me ha dicho «algo que no sea un libro de contabilidad».

Sea lo que sea, es usted quien lo necesita.

Es su angustia y su insomnio lo que lo hace necesario.

Levinsky: Fortaleced las manos débiles y levantad las rodillas vacilantes.

Clay: ¿De dónde lo ha sacado?

Levinsky: Decid a los de apocado corazón:

Levinsky: «No temáis…, pronto vuestro Dios vendrá y os recompensará…»

La Biblia, Dios, la promesa.

Esas piezas básicas de la miología sobre la que se ha levantado nuestra civilización.

El texto de Isaías habla, precisamente, de la apertura del ser a otra dimensión, una bien diferente a la del páramo del insomnio.

Levinsky: Entonces se abrirán los ojos de los ciegos

Levinsky: y escucharan los oídos de los sordos. Entonces el cojo saltará como un ciervo

Levinsky: y el agua brotará del desierto.

El territorio otro de lo mitológico es dibujado con precisión:

Clay: ¿Cuándo ha sucedido eso? ¿En el pasado?

Levinsky: No.

Clay: ¿Sucede ahora?

Levinsky: No.

Clay: ¿Quién lo ha escrito?

El profeta Isaías.

Clay: ¡Un profeta!

Clay: No me gustan los profetas.

A Mr. Clay no le gustan los profetas.

Clay: La gente debería limitarse

Clay: A recoger y escribir cosas ya sucedidas.

Rechaza todo lo que no considera objetivable en la realidad. Y, sin embargo, no puede dejar de mostrar su interés por ello.

Clay: Este profeta tuyo, ¿cuándo vivió?

Y ese interés hace emerger la dimensión real del mito: pues, independientemente de que lo que el mito cuente haya sucedido, es un hecho que ha sucedido el hecho mismo de que ese mito ha sido contado.

Levinsky: Hace cerca de mil años.

Hay algo del mito que Mr. Clay quiere volver oír:

Clay: Repita de nuevo lo que dice de los cojos.

Levinsky: Entonces el cojo saltará

Tiene que ver con un cojo que será capaz de saltar.

Levinsky: como un ciervo.

Y ya saben que si hay un cojo famoso, ese es Edipo. Mucho más famoso que ese otro cojo que es Bannister.

Lo que está en juego tiene que ver también, simultáneamente, con el relato, pues los oídos de los sordos escucharán:

Levinsky: y los oídos de los sordos escucharán.

Ahora bien, ¿cómo metaboliza Mr. Clay ese discurso, el mitológico?

Clay: ¿Alguien puede hacer que sucedan esas cosas?

Ni más ni menos: él quiere ocupar el lugar del Destinador:

Levinsky: ¡Se trata de una profecía, Mr. Clay!

Clay: ¿Dónde va?

Levinsky: A coger los de contabildad, Mr. Clay.

Levinsky: ¿Ya no quiere que le lea libros de contabilidad?

Una vez más se nos recuerda que, frente al insomnio, los libros de contabilidad no sirven de nada. Pues no saben nada del tiempo, de la experiencia, del sujeto, de lo real.

Mr. Clay: Léame libros que no sean de contabilidad, pero que hablen de cosas que han sucedido.

Clay quiere libros que no sean libros contables, pero que hablen de cosas sucedidas.

De modo que ya tenemos tres categorías de textos: frente a los de contabilidad y los mitológicos aparece ahora una tercera categoría que, nos dice Clay, convertido en teórico del texto, requiere de un concepto:


History / story

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Clay: ¿Sabe cómo se llama eso?

Clay: Historias.

History.

Que es algo muy diferente a una story o un tale.

Levinsky: Yes, mr. Clay.

Y Clay pone un ejemplo para aclarar el concepto.

Ya conocen la narración sobre la que pivota el film en su conjunto, en la medida en que Clay querrá realizarla una vez que descubra que no ha sucedido nunca.

Pero sobre lo que quiero llamarles la atención es sobre el hecho de que Welles la encuadra en ese debate propiamente teórico, pero a la vez densamente existencial, que es el que diferencia la History de la story.

En ello reside lo decisivo: en el hecho de si eso ha sucedido o si, por el contrario, no ha sucedido nunca.

Clay: La primera vez que vine aquí desde China oí una historia.

Clay cree estar contando una history:

Clay: Un marinero le contó a los otros marineros algo que le había pasado a él.

Pues, como ven, considera que lo contado ha sucedido.

Y para que se den cuenta de hasta qué punto nos compete esta historia, es necesario subrayar que trata de un marinero.

Levinsky: Clay: Les contó una historia.

Dada la envejecida voz de Clay, es difícil, al menos para mí, distinguir si dice history o story.

Es posible, por lo demás, que él mismo participe de esa confusión.

¿Acaso no versará todo este diálogo sobre esa misma confusión?

Clay: El marinero paseaba solo cerca del puerto, cuando se le acercó un carruaje

y un caballero muy rico le dijo:

Es evidente como la narración se enrosca sobre sí misma.

Narrador: En China, en la isla portuguesa de Macao, vivía al final del siglo pasado, un hombre de negocios americano inmensamente rico

Narrador: que se llamaba Mister Clay. Poseía una casa magnífica en la que entronizaba

Narrador: y un espléndido coche de caballos.

Clay: cuando se le acercó un carruaje y un caballero muy rico le dijo:

La narración se enrosca sobre sí misma en un juego de espejos.

Narrador: Cada noche, Mister Clay se sentaba a la mesa y cenaba solo. Cara a cara con su retrato.

Un narrador cuenta la historia de un hombre que cuenta la historia que oyó contar a otro hombre, un marinero…

Clay: «Eres un marinero muy apuesto. ¿Quieres ganarte 5 guineas?»

Clay: Naturalmente el marinero aceptó. El anciano le llevó a su casa. Le invitó a cenar y a beber y le dijo:

Clay: «Soy muy rico. Y muy viejo también».


La profecía negativa de la deconstrucción

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Clay: «Desconfío de las personas que heredarán lo que he ahorrado en toda mi vida. Hace tres años me casé con una mujer muy joven. De nada me ha servido. No tenemos hijos.»

Es entonces interrumpido por su contable, quien, no sin un soniquete de burla que delata al fondo su disfrute, continúa narrando la historia.

Levinsky: Con su permiso, Mr. Clay. Yo también conozco esa historia.

Clay: ¿Cómo es posible?

Levinsky: El anciano llevó al marinero a un dormitorio iluminado con candelabros de oro macizo.

Levinsky nos mira ahora a los ojos, con ese tono burlón del intelectual contemporáneo, cuando disfruta diciendo a su audiencia que todos los relatos son ficción, que no existe verdad alguna posible más allá de la sordidez misma de lo real.

Levinsky: ¿No fue así, Mr. Clay?

Y frente a la potencia de ese discurso aniquilante, el poderoso Clay se convierte en un ser diminuto,

tan diminuto como él mismo se siente cuando le arrebatan la History en la que él creía.

Levinsky: En él había una cama, y en la cama, una mujer. El caballero sacó de su bolsa una moneda de oro. Una moneda de 5 guineas, Mr. Clay.

Levinsky: y se la entregó al marinero.

Clay: ¿Cómo conoce esa historia?

Clay se aferra a la verdad de su history, esa que él ha recibido como verdadera.

Levinsky: He viajado mucho.

Levinsky, en cambio, la desmonta con el relativismo propio del intelectual moderno, acostumbrado a viajar mucho y a denunciar el etnocentrismo.

Clay, no obstante, trata de aferrarse a su verdad.

Clay: No puede ser el mismo marinero que viajó en mi barco. Eso sucedió hace muchos años. Ahora será viejo.

Levinsky: En su viaje a China, Mr. Clay, sólo viajó en un barco, y por eso sólo ha oído la historia una vez.

Clay: ¿Qué tiene eso que ver con mi historia?

Les había advertido que se trataba de una history.

Levinsky: Era un marinero.

Levinsky: Desde Gravessen a Lisboa un marinero de mi barco contó esa historia. Camino de Singapur, otro marinero contó la misma historia. La historia que cuentan nunca ha sucedido. Por eso la cuentan.

Levinsky: Nunca sucederá, Mr. Clay.

Así concluye el discurso del intelectual de la deconstrucción.

Pero en ese mismo momento, y desde el desierto de ese vacío, emerge el discurso del artista de los tiempos de la deconstrución.

Y lo primero que dice es extraordinariamente sensato:

Clay: No me gustan las profecías.

Quiero decir: tiene plena consciencia de que el discurso de la deconstrucción es él mismo una profecía, por más que una negativa, que anuncia, precisamente, el fracaso de toda promesa. Y, con ella, la ausencia de todo acto dotado de sentido.

Levinsky: Sí, Mr. Clay. Buenas noches, Mr. Clay.

Clay, convertido en artista, decide actuar.

(golpes sobre el suelo con con el bastón.)

Clay: Detesto el engaño. No me gustan las profecías.

Clay: Me gustan los hechos. Si esa historia nunca ha sucedido, la haré suceder ahora.

Irrumpe entonces, con una extraordinaria potencia, el escritor, también el director de escena.

Clay: ¿Cree que no puedo hacer lo que quiero?

Levinsky: Creo que puede hacer todo lo que quiera.

Clay: Quiero que esta historia que le he contado sea cierta.

Levinsky: Sí, Mr. Clay.

Clay: Quiero que suceda en la vida real

Clay: y con personas reales.

Levinsky: Sí, mr. Clay, con personas reales. ¿Dónde quiere que suceda?

Clay: Aquí.

Clay: Aquí, en mi casa. Quiero verlo con mis propios ojos. Quiero cenar con el marinero en mi comedor. Quiero escogerle personalmente,

Clay: cerca del puerto. ¿Cree que me costará mucho?

Levinsky: Sí, eso le costará algún dinero. Recuerde que en la historia hay una mujer. Y no creo que pueda encontrar una mujer joven.

Clay: Te pago para hacer ese trabajo. Tu obligación es buscarme a esa mujer.

Levinsky: Sí, Mr. Clay.

Levinsky: Deberé pensar en ello.

Narrador: Cada noche, Mister Clay se sentaba a la mesa y cenaba solo. Cara a cara con su retrato.

Hay tres narradores.

¿Qué sostiene la cadena?

La verdad del hecho -es decir: del acto- narrado.

Y si eso es mentira, si el relato se desmorona, ya solo queda, como real el acto mismo de narrar.

Pero entonces éste ya sólo puede ser un acto profético o un acto de impotencia.

El caso es que Mr. Clay trata de resolver el dilema realizando su escena fantasmática.

 

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