4. El 1: la Imago Primordial


Psycho, Freud, Rolland, Dios, Arendt

 
 

 
 


Jesús González Requena
Seminario Psicoanálisis y Análisis Textual
Psycho y la Psicosis II – Norman
Sesión del 02/11/2012
Universidad Complutense de Madrid

 
 

 

 

3, 2, 1: el valor imaginario del uno

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Como me preguntaban el otro día, al acabar la sesión, por el 1, insistiré en ello.

 

El 1 es, ante que nada, el comienzo de la serie matemática.

 

 

 

El 1, les digo, no el 0, pues como saben, el 0 es una cifra muy tardía, griegos y romanos carecían de ella, es la gran aportación de los árabes al pensamiento mundial.

 

En principio, las cifras de la serie matemática no tienen otro valor -otro significado- que su posición en la serie. Por tanto, en sí mismas, son intercambiables.

 

Quiero decir: el 6, por ejemplo, no tiene significado propio, salvo el de preceder al 5 y ser seguido por el 7.

 

Los números son, por eso, significantes relaciones, vacíos de significado, pues su único significado se agota en su valor posicional en la serie.

 

Con una excepción: el 1. Pues el 1 es el comienzo absoluto de la serie. No hay nada delante de él, y están todas las demás cifras detrás. Lo que se ve aumentado por el hecho de que la serie matemática carece de cifra final -en eso se diferencia de la serie de las letras que, como saben, tiene su alfa y su omega.

 

De ahí el valor -el significado- imaginario del 1. Si se detienen en él, el 1 es el todo, pues sólo deja de serlo cuando la serie arranca y empiezan a depositarse cifras a su derecha. Con ellas, con el resto de las cifras, nacen los lugares que, en ese sentido, digámoslo así, restan de la totalidad inicial.

 

Y la dirección es importante: la serie avanza de izquierda a derecha.

 

Mientras que en Psycho todo retrocede, de derecha a izquierda.

 

 

 

Tiene lugar, así, una abolición de la serie. Un retorno al 1 inicial que, desaparecidas el resto de las cifras, se vuelve el emblema de la totalidad: de una totalidad a la vez absoluta y originaria.

 

¿No ven que el 1 es la cifra visualizada como más redonda? Sólo el 7 posee semejante redondez en pantalla.

 

 

 

Retorno al 1 originario, entonces, que ahora emerge como la más brillante de las cifras.

 

 

El Yo-placer y el sentimiento oceánico

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Ahora desplacémonos de la serie matemática a la ontogénesis del ser humano.

 

Pues la idea de una totalidad indiferenciada en el origen del ser se encuentra en Freud, en el comienzo del Malestar en la cultura.

 

Y por cierto que en un contexto que nos interesa particularmente, pues aparece directamente ligado a la problemática religiosa: en él Freud intenta responder a la pregunta que le ha formulado Romain Roland, un célebre escritor por el que sentía un gran respeto, quien, a propósito de su lectura de El porvenir de una ilusión, le objetaba que, en su crítica de la religión, no se hubiera ocupado de lo que para aquel constituía la auténtica fuente íntima de la religiosidad: «el sentimiento oceánico».

 

«El lactante aún no discierne su yo de un mundo exterior, como fuente de las sensaciones que le llegan. Gradualmente lo aprende por influencia de diversos estímulos. Sin duda, ha de causarle la más profunda impresión el hecho de que algunas de las fuentes de excitación -que más tarde reconocerá como los órganos de su cuerpo- sean susceptibles de provocarle sensaciones en cualquier momento, mientras que otras se le sustraen temporalmente -entre éstas, la que más anhela: el seno materno-, logrando sólo atraérselas al expresar su urgencia en el llanto. Con ello comienza por oponérsele al yo un «objeto», en forma de algo que se encuentra «afuera» y para cuya aparición es menester una acción particular. Un segundo estímulo para que el yo se desprenda de la masa sensorial, esto es, para la aceptación de un «afuera», de un mundo exterior, lo dan las frecuentes, múltiples e inevitables sensaciones de dolor y displacer que el aún omnipotente principio del placer induce a abolir y a evitar. Surge así la tendencia a disociar del yo cuanto pueda convertirse en fuente de displacer, a expulsarlo de sí, a formar un yo puramente hedónico, un yo placiente, enfrentado con un no-yo, con un «afuera» ajeno y amenazante. Los límites de este primitivo yo placiente no pueden escapar a reajustes ulteriores impuestos por la experiencia. […] el hombre aprende a dominar un procedimiento que, mediante la orientación intencionada de los sentidos y la actividad muscular adecuada, le permite discernir lo interior (perteneciente al yo) de lo exterior (originado por el mundo), dando así el primer paso hacia la entronización del principio de realidad […]»

«De esta manera, pues, el yo se desliga del mundo exterior, aunque más correcto sería decir: originalmente el yo lo incluye todo; luego, desprende de sí un mundo exterior. Nuestro actual sentido yoico no es, por consiguiente, más que el residuo atrofiado de un sentimiento más amplio, aun de envergadura universal, que correspondía a una comunión más íntima entre el yo y el mundo circundante. […] De esta suerte, los contenidos ideativos que le corresponden serían precisamente los de infinitud y de comunión con el Todo, los mismos que mi amigo emplea para ejemplificar el sentimiento «oceánico».»

 

 

 

Como ven, antes de que pueda aparecer algo homologable a lo que entendemos como el yo adulto, que se percibe netamente diferenciado del mundo que le rodea y de los objetos que contiene, Freud establece dos fases previas del mayor interés.

 

La primera sería una fase pre-yoica, anterior a la aparición del yo, en la que el lactante no podría diferenciarse del mundo exterior. Pero la realmente interesante es la segunda, pues en ella estaría presente un yo primitivo, totalmente regido por el principio de placer.

 

Totalmente, les digo -la palabra importa para nosotros, ya que está en nuestro horizonte pensar los procesos totalitarios– pues en este periodo, nos dice Freud, el principio de placer es omnipotente -y esto es precisamente lo propio de lo totalitario: el constituir un poder omnipotente.

 

Así, en ausencia de la menor presencia del principio de realidad, este Yo se conforma como un yo puramente hedonista, un yo placiente yo-placer traduce, expeditivo, Etcheverry- que se atribuye como propio todo lo que le causa placer y que expulsa al exterior todo lo que le causa displacer.

 

En él residiría el origen de ese sentimiento oceánico por el que el amigo pregunta.

 

Ahora bien, es necesario matizar ese Todo originario, pues evidentemente, tanto en la pregunta de Rolland como en la respuesta de Freud, se hace referencia no a todo lo que hay, sino a todo lo que hace totalidad, plenitud, armonía, placer.

 

Ciertamente, Freud deja un margen de confusión cuando afirma que sería más correcto decir que originalmente yo lo incluye todo, pues eso podría dar pie a pensar que habría un momento en el que el yo primitivo incluiría todo lo que hay -es decir, tanto lo placentero como lo doloroso, tanto lo armónico como lo caótico.

 

Pero eso ni tiene nada que ver ni con el sentido de la pregunta de Rolland ni con el de la respuesta de Freud pues se habla no tanto de infinitud como de comunión con el Todo. Y nadie comulga con el caos.

 

Que a ello se está refiriendo Freud es algo que se confirma algunas páginas más tarde en Malestar en la cultura, cuando retoma la cuestión afirmando que la vivencia del sentimiento oceánico expresaría el anhelo del restablecimiento del narcisismo ilimitado:

 

«en muchos seres existe un «sentimiento oceánico», que nos inclinamos a reducir a una fase temprana del sentimiento yoico […]

«[…] el papel del «sentimiento oceánico», […] podría tender […] al restablecimiento del narcisismo ilimitado. […]

«Puedo imaginarme que el «sentimiento oceánico» haya venido a relacionarse ulteriormente con la religión, pues este ser-uno-con-el-todo, implícito en su contenido ideativo, nos seduce como una primera tentativa de consolación religiosa, como otro camino para refutar el peligro que el yo reconoce amenazante en el mundo exterior.»

 

Resulta pues del todo evidente que Freud no se está refiriendo a un yo originario que incluiría todo lo que hay, sino al yo-placer del narcisismo primario.

 

Observen, por lo demás, que la expresión ser-uno-con-el-todo que retoma Freud del discurso religioso que está caracterizando concibe, bien evidentemente, el Todo como ese conjunto armónico del que habla el budismo y con el que el ser se funde una vez que el yo se ha disuelto en él.

 

Se trata, en suma, de una totalidad armónica, de un universo. No de lo real en su caoticidad fundamental.

 

Y sin embargo esa caoticidad fundamental de lo real está en el centro mismo del libro que comienza con este debate y que es, recordémoslo, El Malestar en la cultura.

 

¿Por qué entonces habla Freud de un Yo que originalmente lo incluiría todo?

 

Porque en su origen el yo es para Freud la pantalla de la percepción, esa superficie del ser que recibe estímulos que proceden de cualquier parte, tanto de dentro como de fuera de sí mismo.

 

Pero, ciertamente, sería mucho más apropiado hablar de un estado indiferenciado anterior a la aparición del yo.

 

Así lo hicieron Hartmann o Spitz. Y en ese sentido se incluiría más tarde la noción de Lacan de cuerpo fragmentado.

 

 

La Imago Primordial

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De modo que el discernimiento entre el yo y el no yo que hace posible la aparición del yo, tiene lugar primero bajo la batuta del principio del placer, y cobra la forma de ese yo-placer que, en cuanto tal, se configura a partir de la exclusión de todo lo que causa dolor, y de la incorporación de todo lo que le da placer.

 

Resulta, pues, evidente su conformación oral: se constituye, digámoslo así, por la vía de la absorción.

 

Empezando, obviamente, por lo que le da más placer: el seno materno.

 

Pero atiendan a lo fundamental: aunque ya hay yo, para ese primitivo yo-placer el seno materno no es su objeto, sino parte esencial de sí mismo.

 

O en otros términos: ya hay yo, pero no hay, todavía, objeto.

 

He aquí, pues, la primera imago.

 

Se la ha llamado imago del seno materno o imago materna. Pero veo una objeción para cada una de estas denominaciones.

 

La primera, que esa imago no se reduce al seno, sino que es una imago sinestésica que implica todos los sentidos -sabor, olor, tacto, oído y vista.

 

Y del lado de la vista aparece un dato fundamental que escapó a Freud tanto como a Lacan pero que René Spitz estableció con pruebas cinematográficas -pues se tomó la molestia de rodar al neonato mamando.

 

 

 

Esta no es una imagen de Spitz -procede de un espot publicitario-, pero ilustra a la perfección ese dato del que les hablo. -E ilustra, muy expresivamente, digámoslo de paso, cierta fantasía moderna del estado del bienestar.

 

Esto es lo que las imágenes confirman de manera incontestable: que mientras mama, el niño no solo ingiere la leche, huele el cuerpo materno, siente su calor y escucha su sonido, sino que también fija su mirada en el rostro de la madre.

 

Y por ello, dado que el rostro de la madre da forma visual a esa imago, me parece inapropiado hablar de imago del seno materno.

 

Pero porque todavía no existe para el niño la madre como un objeto diferenciado, me parece inapropiado hablar de imago materna. Pienso que lo apropiado es hablar de Imago Primordial. Pues sólo esta elección permite sacar todas las consecuencias de lo que está en juego.

 

Si esa madre a la que mira -oye, toca, huele, saborea- no es para él un objeto diferenciado, si es parte de él mismo, entonces, cuando la mira, es a sí mismo a quien ve -oye, toca, huele y saborea.

 

Tiene entonces todo su sentido hablar, como Freud hace, de autoerotismo.

 

Tal es lo propio del narcisismo primario. Y de él se deduce un evidente sentimiento de omnipotencia infantil. Todo -en el sentido de todo lo bueno- se realiza ahí, a la vez que desaparece, siquiera por un instante, todo lo malo, expulsado a un exterior que, al menos por ese instante, resulta invisibilizado.

 

Y en todo caso, es fundamental reconocer esto otro: que es a partir de la incorporación de esta Imago Primordial como se construye el yo-placer.

 

Podríamos decir por eso que esta Imago Primordial constituye la primera identificación, la identificación más primaria. Pero hay que llamar la atención sobre el hecho de que Freud no lo hizo así: para él la primera identificación tiene como objeto al padre.

 

Por lo que se refiere a esta primera fase constitutiva del yo parece optar por la expresión de incorporación, de la que dirá que constituye el modelo de las identificaciones posteriores.

 

Y hay que llamar igualmente la atención sobre el hecho de que esta incorporación de la que les hablo es anterior a la fase del espejo, pues ésta, definida como el momento en que el niño reconoce su propia imagen [1956-1957, Lacan: La relación de objeto: 1956-11-21] sólo comienza más tarde, a partir de los seis meses, mientras que lo que nos ocupa ahora es algo que se ha iniciado -de acuerdo con las observaciones de Spitz- al menos en el segundo mes y, sobre todo, que es esencialmente anterior al reconocimiento de la propia imagen.

 

Y bien, este yo placer primitivo que se reconoce en esa Imagen Primordial habita en el 1.

 

Pues, como se deduce de todo lo hasta aquí expuesto, la Imago Primordial es, a todas luces, el 1. Quiero decir: el Uno-Todo que excluye la serie. La totalidad sin fisuras.

 

Pongámosle imagen a la cosa:

 

 

 

En el comienzo hay una imago primordial en la que el recién nacido, antes de poseer conciencia de su singularidad, de su yo separado, reconoce la primera forma.

 

 

Y ésta, en tanto lo recubre con su presencia, le da forma.

 

 

 

De modo que el yo se ve en ella y así nace en su forma, pues esa primera forma apacigua y expulsa el caos que le es dado vivir cuando esa forma no está presente.

 

De modo que ella, la imago primordial, es el 1, la forma absoluta en la que el ser obtiene la primera imagen de sí como imagen plena, plenamente narcisista.

 

Es una imago, la Imago Primordial, vivida como omnipotente. Y de hecho, desde el punto de vista del infante, en tanto que se hace cargo de su pulsión, todo lo puede.

 

Como ven, en este ámbito que es el del narcisismo originario, solo hay 1, un 1 que lo es todo. Pues no hay, todavía, 2; el individuo carece de conciencia de su individualidad: se ve en ese 1.

 

 

Todo o Nada, 1 / 0

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Ahora bien, si este yo primitivo se conforma en la Imago Primordial como totalidad de lo que le da placer, ¿qué sucede con lo otro, con lo que es no-yo, allí donde se expulsa todo lo que está del lado del displacer, es decir, del dolor?

 

Buen momento éste para buscarle una solución a esa contradicción que encontrábamos en Freud cuando decía por una parte que yo era, en el origen, todo, y sólo más tarde desprendía, de sí, un mundo exterior, y por otra equiparaba ese yo inicial con la comunión con el mundo armónico del sentimiento oceánico.

 

Pues bien, podríamos explicarlo así: cuando la Imago Primordial está presente, cuando el régimen del todo del placer reina, lo otro, sencillamente, desaparece.

 

O expresado en términos gestálticos: esa figura absoluta, absolutamente brillante, con su presencia, tapa el fondo.

 

El narcisismo primario es, en este sentido, la plétora máxima de la figura. La plenitud de la buena forma.

 

 

 

El problema es que la Imago Primordial no está siempre presente y el bebé no puede -aunque lo intenta- alucinar indefinidamente su presencia -eso que hace cuando prolonga su dormir chupándose el dedo.

 

 

 

De modo que, en su ausencia, al menos durante un primer periodo, el yo placer, sencillamente, se extingue, se desintegra, desaparece: no-yo reina.

 

Es decir, reina el caos.

 

Les dejo la pantalla en negro, pero no es ésta una elección afortunada, pues eso sólo traduce la ausencia de la Figura, mas no el caos que viene a ocupar su lugar.

 

 

Se dan cuenta, desde luego, de que la cadencia en la reaparición de la madre es pues vital para la supervivencia tanto del niño como de su yo-placer.

 

Y por cierto que sería posible ver en ese caos del no-yo, de la ausencia de la Imago Primordial, una referencia para el 0, si es que aceptamos que la nada que el cero parece designar no es que contenga nada -idea en exceso abstracta- sino que, por el contrario, lo contiene todo, pero desintegrado.

 

En todo caso, la alternancia de la presencia y la ausencia de la Imago Primordial, si se manifiesta pautada por un ritmo reconocible, responde bien al principio del bite, es decir, de la unidad computacional: 1 / 0.

 

 

 

 

-Si no lo hace, si nada la pauta, resulta, de ello, lean a Klein, una experiencia enloquecedora.

 

Creo que, desde este punto de vista, las paradojas de la etapa del espejo, tal y como Lacan la describe, se resuelven y resultan comprensibles. Pues sucede que, cuando en esa fase comienza a diferenciarse el yo del niño de las figuras de los otros, la madre, que comienza también ella a emerger como ser diferenciado, aparece siempre investida por el prestigio de la Imago Primordial. Y, hasta que, en la fase edípica, sea degradada de esa posición por el padre, constituirá la referencia de la omnipotencia: la de la potencia que lo puede dar todo tanto como lo puede quitar todo.

 

Por eso el 2 es la cifra especular, que participa de los espejismos propios de la fase del espejo, de los vaivenes siempre inestables de la identificación.

 

Aun cuando el niño tiene ya un yo diferenciado, ese yo se vive siempre frágil e inestable, precisa siempre del sostén de quien está investida por el aura de la Imago Primordial.

 

Así, a pesar de todo, él se identifica en ella. Se ve en ella. En ella es.

 

 

1, 2, 3: el valor simbólico del tres

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Tal es la brillantez redonda del 1 que apaga el brillo de todas las otras cifras.

 


 

Y fíjense como el 1 se impone: sólo cuatro llaves tienen luz: la 1, la 4, la 10 y la 11.

 

Pero el 4 está desdibujado. De modo que ahora la pantalla está llena de unos.

 

 

 

Como ven, el 2 es inestable. La mano de Norman pasa junto a él casi sin detenerse.

 

Las cifras que importan son el 3 y el 1.

 

 

El 1 es para Marion la cifra de la muerte, como lo es para Norman: pues es la cifra de la aniquilación de toda diferencia, de toda singularidad.

 

 

 

La aniquilación, en suma, de toda subjetividad.

 

Pues la subjetividad solo la hace posible el 3. Es decir: la irrupción del tercero que, con su presencia, separa a 2 -el hijo- del 1 -la madre- en tanto que la prohíbe.

 

De modo que el 3 es, simultáneamente, la cifra del padre y la cifra de esa ley mayor que es la de la prohibición del incesto.

 

 

Freud y el Dios Patriarcal Monoteísta

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Como es, igualmente, la cifra del Dios Patriarcal Monoteísta:

 

 

Ribera: Trinidad, 1635-1636

 

No debe confundirles, a este propósito, el ser monoteísta del Dios cristiano.

 

Ciertamente, él es el único Dios, pero lo es en tanto que es el Dios de todos, y sobre todo, el Dios que habita a todos, a cada individuo, de uno en uno.

 

Ese de uno en uno de cada individuo en el modo que el Dios los habita a todos tiene un nombre: es el alma.

 

El alma hace del individuo, un sujeto. Por eso monoteísmo significa un solo Dios.

 

Un Dios único.

 

Pero no significa Uno.

 

Y sobre todo, no significa todo.

 

Pues su emergencia en tanto 3 tiene por efecto la supresión del todo originario -del narcisismo originario- para que pueda emerger, separado, el individuo.

 

Y lo que evita esa confusión es el otro identificador del Dios cristiano: su ser patriarcal. Observen que ese ser patriarcal es anterior al ser monoteísta.

 

No decimos el Dios Monoteísta Patriarcal, sino el Dios Patriarcal Monoteísta, pues eso evita del todo la confusión.

 

Y no piensen que esto es una mera petición de principio. Está, por el contrario, inscrito en la definición misma del Dios del Génesis.

 

De hecho, nada hay tan opuesto a la totalidad imaginaria del narcisismo originario como el Dios del Génesis: pues él carece de imagen; es, por el contrario, el Verbo, es decir, la palabra misma en acción.

 

Y su función es, desde el comienzo, la de separar: el cielo de la tierra para que haya cielo y haya tierra. Es, pues, el Dios que escinde la totalidad originaria.

 

Por cierto, no sé si ven hasta qué punto este acto inicial del Dios Patriarcal debió resultar necesariamente intolerable para Nietzsche: un Dios que separa el cielo de la tierra es uno que desposee a la diosa tierra de su dimensión de totalidad, poniéndola bajo el sometimiento de ese cielo que ha separado y que ha escogido como su morada.

 

Ciertamente, Freud no dijo nada de esto que ahora les estoy contando.

 

Pero, sin embargo, puedo probarles que algo de esto rondaba su cabeza no sólo en su última obra, El Moisés y la religión monoteísta, sino incluso en ese libro anterior que es el que más le aproxima a Nietzsche: El malestar de la cultura.

 

Así, sucede que en el capítulo X, retoma el tema de la religión con las siguientes palabras:

 

«Mi estudio sobre El porvenir de una ilusión, lejos de estar dedicado principalmente a las fuentes más profundas del sentido religioso, se refería más bien a lo que el hombre común concibe como su religión, al sistema de doctrinas y promisiones que, por un lado, le explican con envidiable integridad los enigmas de este mundo, y por otro, le aseguran que una solícita Providencia guardará su vida y recompensará en una existencia ultraterrena las eventuales privaciones que sufra en ésta. El hombre común no puede representarse esta Providencia sino bajo la forma de un padre grandiosamente exaltado, pues sólo un padre semejante sería capaz de comprender las necesidades de la criatura humana, conmoverse ante sus ruegos, ser aplacado por las manifestaciones de su arrepentimiento. Todo esto es a tal punto infantil, tan incongruente con la realidad, que el más mínimo sentido humanitario nos tornará dolorosa la idea de que la gran mayoría de los mortales jamás podría elevarse por semejante concepción de la vida. Más humillante aún es reconocer cuán numerosos son nuestros contemporáneos que, obligados a reconocer la posición insostenible de esta religión, intentan, no obstante, defenderla palmo a palmo en lastimosas acciones de retirada. Uno se siente tentado a formar en las filas de los creyentes para exhortar a no invocar en vano el nombre del Señor, a aquellos filósofos que creen poder salvar al Dios de la religión reemplazándolo por un principio impersonal, nebulosamente abstracto.»

 

 

Aunque no nombra ahora a Romain Rolland, es evidente que el diálogo con él sigue presente, como lo atestiguan las palabras iniciales.

 

Pues bien, el no nombrar ahora a Rolland parece permitirle a Freud mostrar su enfado con los defensores del panteísmo.

 

Como ven, para Freud el teísmo y el panteísmo son formas débiles de lo religioso. Les chocará a ustedes, porque siempre les ha parecido mucho más progresista el abstracto Dios Monoteísta del teísmo y del panteísmo que el Dios Patriarcal.

 

Sin embargo, para Freud esa abstracción es, sencillamente, inútil.

 

¿Saben en qué se diferencia la valoración de ustedes de la de Freud?

 

En que Freud es materialista y ustedes, sin embargo, no. Ustedes reclaman una garantía imaginaria del orden cósmico, y la encuentran en el Dios abstracto del teísmo. Un dios, por lo demás, muy cómodo, pues no les exige nada. Pero tan frágil que, en la historia de Occidente, duró poco más que un estornudo.

 

Freud, en cambio, porque era materialista, porque descartaba la fantasía imaginaria de un orden cósmico, de una acogedora armonía universal, veía mucho más útil, a escala subjetiva, el dios patriarcal.

 

Aunque no lo dice, es evidente por qué: este Dios patriarcal es el fundamento simbólico del super-yo, el fundamento de esa conciencia ética que Freud descubre ligada a la identificación con el padre en el proceso edípico.

 

Ahora bien, lo más notable de la cita de El malestar que les presento es que Freud utiliza el discurso religioso mismo para defender al Dios Patriarcal –Uno se siente tentado a formar en las filas de los creyentes para exhortar a no invocar en vano el nombre del Señor.

 

Hay, digámoslo así, un suplemento de enfado en Freud que el bueno de Rolland no se merece. ¿De dónde procede? Freud no lo sabe.

 

Y no lo sabe porque nunca pudo hacer la teoría de la Diosa que yo les propongo.

 

El motivo de ello pueden encontrarlo en un texto mío que como ustedes pueden leer no me voy a tomarme la molestia de resumir ahora: Sobre los verdaderos valores. De Freud a Abraham, en Trama y Fondo. nº 24 -sólo les advierto que del Abraham del que se habla ahí no es del psicoanalista berlinés, sino del patriarca bíblico. En él explico el poder que también sobre Freud tenía cierta encarnación de la Diosa que era su propia madre.

 

El caso es que desde esta teoría que les propongo, la del retorno de la Diosa, ese enfado se hace comprensible.

 

 

 

O sobre todo: se hace comprensible la importancia de que Dios sea patriarcal.

 

Es obvio por qué: porque sólo la presencia de un padre puede poner límite al poder de la imago primordial. Y, ciertamente, porque el Dios patriarcal es el soporte simbólico de los padres que asumen esa tarea.

 

Hago emerger así todo un discurso que, sin terminar de aflorar nunca, estuvo latente en el último Freud.

 

Y es que sólo ese discurso inconsciente liga esos dos islotes conscientes que emergen en el Malestar en la cultura: la defensa del Dios padre cuyo nombre no debe ser tomado en vano por una parte y, por otra, la crítica del dios panteísta como reminiscencia del narcisismo primitivo y por tanto del yo-placer -y, todavía en su estela, de la Imago primordial en tanto soporte mismo de la Diosa.

 

¿Se dan cuenta de lo que les estoy planteando? La presencia inconsciente en la obra del último Freud de cierta lucha mitológica entre el Dios y la Diosa.

 

 

Hannah Arendt: Totalitarismo

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A la luz de los debates de los últimos días, les invitaría a leer la tercera parte del libro de Hannah Arendt Los orígenes del Totalitarismo y que lleva por título, escuetamente, Totalitarismo.

 

 

 

La portada de Taurus es buena: utiliza un elemento, el martillo, que formó parte de la iconografía de ambos movimientos:

 

 

 

Ciertamente, Arendt no habla para nada de la Diosa. Pero explica muy bien tanto el desprecio de los movimientos totalitarios hacia el Estado y la Ley como su correlato inmediato: la creación de un estado de terror precisamente por la ausencia absoluta de Estado.

 

No es que Arendt lo formule exactamente así, pero pienso que este enunciado sintetiza bien su punto de vista en español.

 

Pero para que entiendan lo que les digo, tienen que leerlo:

 

La creación de un estado de terror precisamente por la ausencia absoluta de Estado.

 

Observen que es totalmente diferente el estado con minúscula que el Estado con mayúscula: aunque son palabras homónimas, encierran conceptos diferentes: estado con minúscula es el participio del verbo estar; nombra, por eso, un cierto modo de estar, para nada una institución estatal.

 

Estado, con mayúscula, en cambio, nombra una institución. Y muy especialmente, una institución definida por leyes. No nos importa ahora que se trate de buenas o de malas leyes, de Estado democrático o de Estado dictatorial -como fueron, por ejemplo, el Estado franquista español o el fascista italiano.

 

En cualquier caso, allí donde hay leyes, los individuos saben a qué atenerse.

 

Esas leyes pueden prohibir la libre expresión, la creación de partidos, lo que ustedes quieran, y en cuanto tal serán leyes rechazables, pues atentarán contra la libertad y la dignidad humana, pero serán leyes.

 

Y permitirán a los individuos saber a qué atenerse, organizar su vida, tomar sus precauciones.

 

En la Italia fascista o en la España franquista una vez que la guerra civil había terminado y el Estado franquista se había consolidado, sabían, por ejemplo, que si renunciaban a la acción y a la expresión política podían vivir tranquilos.

 

No quiero decir bien, desde luego. Puede incluso que lo pasaran muy mal, que sus condiciones de vida fueran de miseria, pero sabían, al menos, que la policía política no iba a ir a buscarles por la noche para hacerles desaparecer en un campo de concentración/aniquilación.

 

Allí donde hay leyes, aunque sean las peores, uno sabe, al menos, a qué atenerse.

 

En un régimen totalitario no, sencillamente porque en él no hay leyes.

 

O, para ser más exactos, hay leyes, hay Estado, pero no pintan nada: son meras mascaradas carentes absolutamente de poder.

 

Así, cuenta Arendt como en 1936, tras una oleada brutal de purgas, Stalin hizo promulgar una constitución acentuadamente democrática que nunca se aplicó pero que, igualmente, nunca se derogó.

 

Por supuesto, nadie creyó en ella, porque todos sabían que era una mascarada que no afectaba en nada a la actuación del auténtico poder: ese núcleo duro que constituía la policía política.

 

Y las actuaciones de la policía política -este es el aspecto esencial- eran imprevisibles, sencillamente porque eran la aplicación directa, no mediada por ley alguna, de la voluntad del Jefe.

 

 

Seré lo que Churchill dijo de Hitler

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Esta es una excelente biografía de Hitchcock que he usado mucho -ven ustedes hasta qué punto está gastada.

 

Si la muestro hoy, a más de como homenaje a su autor, es para llamarles la atención sobre su contraportada:

 

 

 

Seré lo que Churchill dijo de Hitler, pone en ella.

 

Aquí tienen una nueva prueba del lazo latente que liga las dos caras de la temática que exploramos este año, es decir, a los totalitarismos de la primera mitad del siglo con el cine postclásico y la película que lo inaugura –Psycho.

 

En el interior del libro, en su página 508, puede leerse esto:

 

««Seré lo que Churchill dijo de Hitler», diría Hitchcock aquella misma semana [la del estreno de Frenesí], «un enigma dentro de un enigma.»»

 

Lamentablemente, Spoto no da referencia bibliográfica alguna. Debemos suponer que se trató de una declaración a la prensa.

 

Lo gracioso del caso es que, aunque Spoto no se diera cuenta, Hitchcock cometía un acto fallido, pues, hasta donde se me alcanza, Churchill nunca dijo eso.

 

Lo que dijo, por el contrario, fue:

 

«No puedo pronosticar cuál será la reacción de la URSS. Es una adivinanza envuelta en un misterio dentro de un enigma.»

Winston Churchill

Frase pronunciada después que Stalin firmara un pacto de no agresión con la Alemania de Hitler el 24 de agosto de 1939.

(Wikiquote)

 

 

No era ningún tonto Alfred Hitchcock: tenía una nítida percepción de las semejanzas de fondo entre Hitler y Stalin, lo que viene facilitado por el hecho, del que nos informa Wikiquote, de que la frase de Churchill corresponde al momento de la alianza entre ambos dictadores totalitarios.

 

Y bien, ¿dónde está la relación? ¿Cuál es el enigma?

 

El diseñador de la cubierta, seguramente de modo involuntario, nos da la respuesta. El dibujo que tienen ante los ojos es el esquemático autorretrato que dibujó Hitchcock y que utilizó en la cabecera de su serie televisiva.

 

Y bien: tómenlo al pie de la letra: ya anciano, se dibujó a sí mismo como un bebé.

 


 

Y bien, si contemplamos juntas portada y contraportada, además de reconocer las líneas mayores de la semejanza entre el autorretrato y el retratado, podemos leer que la cara oculta del genio es ese bebé.

 

La pregunta restante es: ¿qué tiene que ver Hitler con un bebé?

 

Y la respuesta no puede ser otra que ésta: que ese bebé se vive sometido a un régimen totalitario.

 

Al régimen totalitario de su imago primordial que en un momento dado emerge con esta forma brutal:

 

 

 

 

Los pájaros y el nombre del padre

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Norman: Boy, it’s stuffy in here.

Norman: Well,

 

Nos habíamos quedado aquí.

 

Y les decía: Norman situado entre la ventana abierta de la mirada vigilante e imperiosa de la madre -dentro de nada oiremos entrar por ella su voz- y el cuarto de baño como manifestación de su cuerpo sometido a esa vigilancia y a ese imperio.

 

 

Norman: the mattress is and…

 

Les señalaba que en este momento era pronunciado el nombre del padre

 

 

Norman: there’s hangers in the closet and stationery with Bates Motel printed on it

 

pero que comparecía ahí como un mero significante vacío. Algo bien semejante al Estado y las leyes en los regímenes totalitarios.

 

Y, sin embargo, fíjense hasta qué punto hay conciencia de la que debería ser su utilidad en el caso de que esa presencia fuera real, es decir, si cobrara la densidad de la palabra:

 

Norman: in case you wanna make your friends back home feel envious.

 

Como ven, esa figura tercera haría posible una mediación en el lenguaje de los propios sentimientos: su elaboración, la toma de distancia… todo aquello de lo que carece Norman, del todo capturado por el imperio de la Imago Primordial.

 

Y están, también, obviamente, esos dos pajaritos. Aunque diferentes, son muy semejantes.

 

Y simétricamente dispuestos.

 

De modo que apuntan en dos direcciones, estableciendo la ecuación que liga a Norman con Marion como las dos caras de una misma moneda.

 

 

A fin de cuentas, ambos tienen pajaritos disecados. El de Norman por pánico, el de Marion, porque no es suyo, sino robado.

 

El territorio del avasallamiento

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Norman: And the…

 

 

 

En tanto ese cuarto de baño designa su propio interior -recuerden que esto, aunque a primera vista pueda parecer una sobreinterpretación, podía leerse literalmente en esa imagen anterior en la que el rectángulo negro del cuarto de baño quedaba ceñido por las dos imágenes de Norman, la suya y la de su sombra:

 

 

 

Un interior para el que no tiene nombre, porque es tan sólo el territorio de su absoluto sometimiento, de su total avasallamiento -para decirlo con los mismos términos con los que eso fuera nombrado en Leolo.

 

Algo, pues, absolutamente impronunciable. Algo tan solo, para decirlo con términos de Wittgenstein, mostrable.

 

Norman: And the…

Norman: Over there.

Marion: The bathroom.

 

Y, frente a él, esa mujer que parece apuntarle con todo lo que tiene: ese bolso cargado con un sobre-periódico que contiene 39.300 dólares.

 

¿Ven con que intensidad la luz lo resalta? ¿Y ven la diagonal precisamente fálica de su inclinación? La cosa es tan calculadamente así que la luz que hace brillar el bolso posee la misma angulación que la de la inclinación del periódico que sobresale de él.

 

Norman: Yeah.

 

De modo que Norman, asustado, sintiéndose acorralado. Trata de huir.

 

Norman: Well,

Norman: if you want anything, just tap on the wall.

 

 

Mientras ella no hace demasiado esfuerzo en contener la risa.

 

Norman: I’ll be in the office.

 

Fíjense en como él lo acusa.

 

 

 

Podría matarla por ello, ¿no les parece?

 

Ahora bien, ¿quién más se ríe así de él?

 

No hay duda: su madre.

 

Y no es una interpretación, lo van a oír dentro de nada. Anticipémoslo:

 

Mrs. Bates: By candlelight,

Mrs. Bates: in the cheap, erotic fashion

Mrs. Bates: of young men with cheap, erotic minds!

Norman: Mother, please.

 

Se dan cuenta, supongo, del sarcasmo aniquilante con el que estas palabras son pronunciadas: imposible no deducir la mordaz sonrisa en el rostro de la madre que las pronuncia.

 

Norman: I’ll be in the office.

 

Ella y su bolso, su periódico.

 

Marion: Thank you,

 

Observen la calculada disposición de Marion en relación al espejo: su rostro, en la esquina superior derecha del espejo, comienza a ser cubierto por el periódico:

 

Marion: Mr Bates.

Norman: Norman Bates.

 

¿Se dan cuenta de la presencia, absolutamente dibujada, de ese gigantesco 1 justo detrás de Norman?

 

Como ven, este 1 enmarca la escena: estaba en su comienzo

 

 

 

y ahora preside su final. ¿Por qué esta relevancia? ¿Porque Marion y Norman son 1?

 

Sí, seguramente, pero eso no es todo, ni es lo fundamental.

 

 

 

Y frente a él, ella. Duplicada en el espejo donde no deja de asomar su periódico.

 

 

 

Y bien, ¿por qué el 1 entonces? ¿Y si la respuesta estuviera en las palabras que siguen?

 

Norman: You’re not really gonna go out again and drive up to the diner,

 

Es la comida la que está en juego.

 

Norman: are you?

Marion: No.

 

Y aumenta la presencia del periódico en plano.

 

Norman: Well, then would you do me a favour? Would you have dinner with me?

Norman: I was just about to myself.

Norman: You know, nothing special, just sandwiches and milk.

 

Y en esa comida es la leche la que se impone: la comida de un niño.

 

 

 

¿Comienzan a atisbar el imperio totalitario del que les hablo?

 

Y por cierto, anótenlo desde ahora mismo: es el ser un niño, en vez de un hombre, lo que hace de Norman un ser extraordinariamente peligroso para Marion.

 

Y, por extensión, para cualquier mujer. Quizás esto les haga ver que no hay nada tan útil para la seguridad de las mujeres como la existencia de padres en el universo de los varones que las rodean.

 

Norman: But I’d like it very much if you’d come up to the house.

 

Marion empieza a asustarse. Que un desconocido, en un hotel vacío y perdido en el desierto, le haga proposiciones y quiera llevársela a su casa es algo que podría preocupar a cualquier mujer.

 

Pero atiendan, por otra parte, a lo que la imagen anota: ¿entrar en esa casa, la de la mujer aparentemente embarazada de la ventana que Marion ha visto al llegar, con ese bolso del que asoma ese periódico escandaloso?

 

Norman: Well, I don’t set a fancy table, but the kitchen’s awful homey.

 

 

El la invita a comer en la cocina. Y dice de esa cocina que es terriblemente hogareña.

 

Norman: l’d like to.

Marion: All right.

 

Como ven, Marion descarta su miedo al ver al niño que hay en Norman. ¿Cómo va ser peligroso, se dice a sí misma, si vive con su mamá?

 

Craso error el suyo. Que demuestra, dicho sea de paso, hasta qué punto nos equivocamos cuando llamamos violencia machista a la que padecen hoy en día las mujeres.

 

Ciertamente, Marion estaría mucho más segura con un hombre hecho y derecho.

 

¿Y qué me dicen del periódico?

 

¿No les parece que en su crecimiento parece asfixiar a Marion en el espejo?

 

 

Zapatos, paraguas, aves

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Norman: You get yourself settled and take off your wet shoes,

 

Existe una curiosa relación de inversión entre el final de esta secuencia y el de la primera, en el otro hotel, el de Phoenix.

 

Allí era ella la que salía después de haberle llamado la atención a Sam por no haberse puesto los zapatos.

 

Sam: Hey, we can leave together, can’t we?

Marion: l’m late and you have to put your shoes on.

 

 

Aquí, en cambio, es Norman quien sale tras decirle a ella que debe quitarse los suyos.

 

Norman: You get yourself settled and take off your wet shoes,

Norman: and l’ll be back as soon as it’s ready.

Marion: Okay.

Norman: With my… With my trusty umbrella.

(Laughs)

 

Conmovedor este Norman.

 

Ciertamente, ella debería quitarse no tanto los zapatos como el dinero que esconde en el periódico, pero ello resultaría inútil porque Norman carece de un auténtico paraguas.

 

Y por cierto, más aves se descubren ahora en esta habitación: concretamente dos ocultas en el lugar que hasta ahora tapaba la puerta condecorada con la insignia del uno.

 

 

 

Resumiendo: un 1 que se despliega en dos en el eje del alimento.