2. La mujer y su deseo de ser despertada


Hable con ella, La bella durmiente

 
 


 
 
 
 

Jesús González Requena
Seminario impartido en el curso de verano El camino del Cine Europeo VIII,
UNED, Pamplona, 1/09/2011
de esta edición: gonzalezrequena.com, 2015

 
 

 

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El enigma del deseo

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Si Todo sobre mi madre (1999)
termina con un telón cerrado, Hable con ella (2002) -la siguiente película de Almodóvar- comienza con un telón que anuncia abrirse a una escena que aguarda.

¿De qué escena se trata?

Sin duda de una que tiene que ver con el deseo.

-No es posible objetar que eso venga obligado por tratarse del nombre de la productora, ya que se trata de la productora del propio Almodóvar.

De manera que la escena que aguada en el film y que este telón anuncia bien explícitamente desde ahora mismo tiene que ver, no hay duda posible sobre ello, con el deseo del cineasta.

Y bien, ¿en qué estriba ese deseo?

¿Por qué no tomarlo todo al pie de la letra?

Se trata de hablar con ella.

Ahora bien, ¿qué quiere decir eso?

Que la cosa tiene su dificultad es algo que queda anotado en un hecho excepcional por lo que se refiere al modo habitual en que los títulos de las películas se escriben en ellas.

Me refiero a esas comillas tan poco habituales que ciñen el título y que hacen de él, desde este momento, un enigma.

Lo que, a su vez, sugiere dos interrogantes bien precisos. El primero es: ¿quién es ella? Y el segundo: ¿en qué consistirá ese hablarle imperativamente especificado desde del comienzo primero y absoluto del film?

El caso es que ella adquiere, de inmediato, rostro, pues donde se encuentra el pronombre Ella aparece la figura de una mujer:

Ahora bien, ¿Quién es esta mujer?

Desde luego, ningún personaje del relato que comienza. Pero algo, al menos, podemos decir de ella: que es gigantesca, ¿no les parece?

Es, desde luego, irrealmente gigante por respecto a la escala que ese telón teatral establece. Tan gigante, por otra parte, como la Huma Rojo de Todo sobre mi madre en su primera aparición.

Llegado su momento, podrán comprender ustedes el motivo más concreto de este gigantismo.


Espectadores enamorados

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Por lo demás, no hay duda, es la bailarina de un espectáculo de danza al que asisten los protagonistas masculinos del film.

Y por cierto que, como hay dos protagonistas masculinos en «Hable con ella», hay, igualmente, dos protagonistas femeninas:

Y, a poco que lo piensen, se darán cuenta ustedes de que ésta es una simetría meticulosamente calculada por el cineasta.

Y no es, desde luego, irrelevante que los protagonistas masculinos nos sean presentados -en su primera aparición en el film-

como espectadores de un espectáculo de danza que protagonizan, a su vez, dos mujeres, por más que una de ellas -habremos de volver más tarde sobre ello- ocupe un lugar principal.

Pues es como tales, es decir, como espectadores, como uno y otro comparecen con respecto a las protagonistas femeninas.

Una de ellas, Alicia, danza

Y la otra,

Lidia, como su nombre indica, torea.

Con respecto a ellas, como les digo, los hombres que las aman aparecen como espectadores.

Así, Benigno es espectador embelesado de Alicia, la bailarina:

Y Marco es espectador impresionado de Lidia, la torera:


Mujeres arrolladas

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Y por cierto que esas dos actividades de las mujeres tienen varias cosas en común.

Ambas participan del arte y del movimiento.


Ambas tienen que ver con la danza. Y en ambas esa danza limita con la muerte.

No es un toro sino automóviles lo que tememos puede llegar a arrollar a Alicia en cualquier momento:

Alicia: Gracias por la cartera, eh.

Pues es un hecho que el cineasta nos hace sentir muy pronto ese peligro desde la mirada de Benigno.



Y será desde luego un toro lo que arrollará a Lidia cuando llegue su hora:


Por cierto que si la cogida de Lidia nos es mostrada, no lo es, en cambio, el atropello de Alicia, que se encuentra, sin embargo, en el centro absoluto del film.

Es decir, en su justa mitad temporal: 0:52:37.

Busquemos ese momento.

Justo en el instante que éste fotograma marca el film alcanza su mitad, y justo en este instante se dice lo que el film no muestra pero que el rostro de la profesora de baile acusa con expresiva intensidad -que Alicia ha sido atropellada- aun cuando -les llamo la atención sobre ello- el film ni siquiera nos permite escucharlo.




Espectadores, no amantes

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Pero recobremos el hilo.

Decía que los enamorados de esas dos mujeres,

Benigno y Marco, no serán con respecto a ellas, después de todo, otra cosa que espectadores. Tampoco conocerán ni podrán protegerlas de los acontecimientos brutales que les llevarán al estado de coma.

E insisto, sobre todo, en esto: comparecen como espectadores, no como amantes.

Con una excepción, desde luego, que constituye en buena medida el núcleo del film. Me refiero al núcleo que se abre con esta imagen:

Pero más tarde nos ocuparemos de esta, tan notable, excepción.

Por supuesto, es obligado deducir que Marco y Lidia han mantenido relaciones sexuales. Pero resulta igualmente obligado constatar que el film no da para nada cuenta de ellas.

Por el contrario: nos muestra, en un primer momento, a Marcos ofreciéndose a dormir en el sofá.

Marco: ¿Quiere que me quede?

Marco: Puedo dormir en el sofá.

Marco: No sería la primera vez.

Lidia: No Tengo que aprender a estar sola.

La única aproximación física entre ambos que nos será mostrada será propiciada por Lidia, y -lo que no es menos significativo por lo que se refiere a la acentuada pasividad de estos varones- responderá a un movimiento de huida de Marco:

Marco: Este Caetano me ha puesto los pelos de punta.

Lidia: Marco, siempre he querido preguntarte algo. ¿Por qué lloraste la noche que te conocí, después de cazar al bicho?

Marco: Me trajo muchos recuerdos.

Lidia: ¿Qué recuerdos?

Marco: Hace años que tuve que cazar otra culebra.

Marco: Estábamos en África. Ella padecía tu misma fobia. Y esperaba fuera de la tienda.

Marco: Horrorizada. Indefensa.

Marco: Y completamente desnuda.

Marco: Porque había descubierto el bicho mientras dormíamos.

Impresionante enunciado, ¿no es así?

Había descubierto el bicho mientras dormíamos.

¿No ocupa él mismo, en cierto modo, el personaje, quiero decir, la posición de ese bicho descubierto por ella mientras dormían juntos?

Lidia: ¿Era la misma mujer por la que dormiste en el salón?

Lidia: Odio a esa mujer.

Marco: Hace años que no la veo.

Lidia: Peor. ¿Qué puedo hacer para que la olvides?

Marco: Justo lo que estás haciendo.


La madre y la culpa

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Más tarde,

a la altura de esta otra escena,



Marco se sentirá de nuevo culpable, pues creerá que Lidia ha muerto porque no se sentía suficientemente amada por él.

Pero llegará el momento en que habrá de descubrir -y nosotros con él- hasta qué punto estaba equivocado:

Niño de Valencia: Amor mío. Nadie va a separarme de ti.

Niño de Valencia: Habíamos vuelto. Llevábamos un mes juntos. Lidia fue a la boda para decírtelo, pero cuando te vi en la UCI me di cuenta de que no te había dicho nada.

Marco: ¿Era por ti por quien lloraba en la boda?


Niño de Valencia: Me llamó del restaurante para decirme que había llorado pensando en mí.

Pero el que estuviera equivocado no cambia el otro aspecto de la cuestión: que Marco se sentía culpable.

Pues él, por sistema, digámoslo así, se siente culpable ante las mujeres.

Con o sin motivo, ante Lidia como ante su anterior amante, Marco se siente siempre culpable ante las mujeres.

Por eso llora con tanta frecuencia.

De hecho, le hemos conocido así: llorando en el teatro, ante el espectáculo de danza.

Llorando, desde el principio mismo del film, ante una mujer que manifiesta su sufrimiento.

Ahora bien, se siente culpable… ¿de qué?

Yo diría que no hay duda sobre ello: se siente culpable de no haberlas satisfecho nunca del todo.

La otra cara de Marco es Benigno: Benigno no llora nunca, pues él no se siente culpable de nada.

Y no se siente culpable porque está del todo entregado a las mujeres.

Psiquiatra: Los últimos quince años has dicho.

Benigno: Sí. Cuando me hice cargo de ella yo casi era un niño.

Psiquiatra: Y durante sus últimos quince años ¿no hiciste otra cosa que… ocuparte de tu madre?

Benigno: No me moví de su lado. Bueno, estudié para ser enfermero. Y tenía que salir para dar las clases. También estudié esthéticienne, maquillaje y peluquería.

Benigno: Pero eso ya lo hice por correspondencia.

Psiquiatra: ¿quieres decir que maquillabas a tu madre, que la peinabas…?

Benigno: Claro, sí, sí. Y le cortaba el pelo, y se lo teñía, y le hacía las uñas.


Si hay una solución para la mujer…

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Lo que nos permite retomar a la interrogación que les formulaba antes.

Pues es Benigno, este hombre que no llora porque no siente culpa alguna, y que no siente culpa alguna porque lo da todo a las mujeres, el que formula ese enunciado que rige la película desde su mismo título:

Benigno: Hable con ella.

Benigno: Cuénteselo.

Y añade a continuación, como explicitando el contenido implícito en esa instrucción:

Benigno: A las mujeres hay que tenerlas en cuenta. Hablar con ellas. Tener un detalle de vez en cuando, acariciarlas de pronto. Recordar que existen, que están vivas y que nos importan. Esa es la única terapia. Se lo digo por experiencia.

Ahora bien, ¿este es el secreto? ¿Es ésta la cuestión? ¿Tal es la terapia apropiada?

Aparentemente sí, aunque Marco lo duda:

Marco: Benigno, ¿qué experiencia tienes tú con las mujeres?

Benigno: ¿Eh?

Marco: Que qué experiencia tienes tú con las mujeres.

Benigno: Yo toda.

Benigno: He vivido veinte años día y noche con una y llevo cuatro años con ésta.

Y bien, ¿quién tiene razón? ¿Marco o Benigno?

¿Tiene o no tiene Benigno experiencia con las mujeres?

Mi respuesta es que no.

Quiero decir: pienso que la respuesta del texto es que no.

Benigno: A ver, moved las manos. Así, así, así. Ay. Ay que fresquito, joé, que cosa más rica.

Tanto da que Benigno les hable como que Marco no les hable.

Ellas siguen ahí: ciegas y mudas, desconectadas del mundo, absolutamente dormidas.

De manera que si hay una solución para la mujer no estriba para nada en las formas de habla que con ellas han ensayado hasta ahora tanto Marco como Benigno.

¿Les choca esta expresión que acabo de utilizar –si hay una solución para la mujer?

Seguramente.

Pero tengan en cuenta que no es mía, sino del texto; de hecho, acaban de oírla, pues es el propio film el que ha hablado de la terapia que las mujeres necesitan:

Benigno: A las mujeres hay que tenerlas en cuenta. Hablar con ellas. Tener un detalle de vez en cuando, acariciarlas de pronto. Recordar que existen, que están vivas y que nos importan. Esa es la única terapia. Se lo digo por experiencia.

De modo que si esa solución estriba en que los hombres les hablen -pues también en esto son precisas las palabras de Benigno- ese hablarle que ella, la mujer, necesita, no es el que hasta ahora han ensayado ni Marco y ni Benigno.

De hecho, como ya les he sugerido, cada uno de ellos es la otra cara del otro. Y tampoco esto es una interpretación, pues es algo que encontramos enunciado de manera literal en el orden visual del film:

Benigno: ¿Averiguaste algo?

Marco: todavía no, pero lo averiguaré. Ten paciencia.

Como ven, son dos caras de un mismo personaje -y, finalmente, del propio cineasta que se piensa a través del diálogo de ambos.

Aunque, es obligado añadirlo, pues es también un enunciado visual explícito del film, la cara más íntima es la de Benigno.

Benigno: He sido paciente hasta que Alicia saliera de cuentas. Pero de eso hace ya un mes.

Marco: Pues tienes que seguir esperando, Benigno.

(Marco da unos golpes en la ventana)

Marco: Oye, ¿qué haces aquí durante el día?

Benigno: Me ocupo de la enfermería. Como la cárcel es nueva…

Pues bien, Benigno es el que da todo a la mujer: es decir, el que se somete del todo al deseo de la madre.

Y eso es lo que convierte a su relación con Alicia en una expansión -por eso incestuosa- de su relación con su propia madre.

Psiquiatra: ¿Quieres decir que maquillabas a tu madre, que la peinabas…?

Benigno: Claro, sí, sí. Y le cortaba el pelo, y se lo teñía, y le hacía las uñas. Y la fregoteaba bien, por delante y por detrás.

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Benigno: Mi madre no es que estuviera impedida, ni loca. Lo que pasa es que era un poco perezosilla, ¿sabe?

Benigno: Mi madre era una mujer muy guapa. Y a mí no me gustaba que se descuidara.

Marco, en cambio, es la otra cara, en cierto modo posterior, de Benigno: es el hijo que, finalmente, llegó a rebelarse y huir de su madre,

Marco: Lidia González recibió sepultura ayer 13 de abril en el cementerio de La Almudena. La torera de

Marco: treinta y tres años hija del banderillero Antonio González, permanecía en coma…

y que por eso desde entonces se mantiene reservado frente a la mujer.

Pero también por eso, a la vez, se siente siempre culpable -ante la madre y ante todas las demás mujeres, pues son mujeres como ella.

De manera que es de otra índole la palabra que la mujer necesita.

¿Cuál?

Yo diría… Pero no: se trata de lo que dice la película sobre ello. Y lo que dice es que ella necesita una palabra capaz de hacerla despertar.

Pues la posición de la mujer en Hable con ella no es otra que la de La bella durmiente.

4

Benigno: Estos últimos cuatro años han sido los más ricos de mi vida. Ocupándome de Alicia. Y haciendo las cosas que a ella le gustaba hacer.

De modo que ella, la mujer, en tanto que duerme, necesita ser despertada.


La Bella Durmiente

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Y bien, ya saben ustedes lo que sucede en el film: que Alicia sólo despierta cuando queda embarazada de Benigno.

Sólo entonces, digámoslo así, la palabra de éste adquiere la suficiente intensidad como para despertar a Alicia desde lo más interior de ella misma.

Y no hay duda de que también en esto el film de Almodóvar sigue la partitura de la Bella Durmiente, al menos tal y como la establece Perrault.

«El príncipe (…) cruzó muchas estancias plenas de gentiles hombres y de damas, durmiendo todos, los unos de pie, los otros sentados y entrando en una sala dorada, contempló sobre un lecho, cuyos cortinajes estaban descorridos, el más hermoso espectáculo que jamás viera: una princesa que parecía tener 15 o 16 años y que resplandecía con algo parecido a una divina luminosidad. Entonces se acercó temblando de admiración y se arrodilló a su lado.

«Y, como el término del encantamiento había llegado, la princesa despertó, y, mirándole con los ojos más tiernos que un primer encuentro parecía permitir, le dijo:

«-¿Sois vos, príncipe mío?, bien que me habéis hecho esperar.

«El príncipe, fascinado al escuchar tal bienvenida y todavía más de la manera que fue pronunciada, no sabía cómo testimoniarle su alegría y su reconocimiento, y le aseguró que la amaba más que a sí mismo.

«Sus palabras fueron torpemente dichas, pues a poca elocuencia mucho amor. El príncipe se mostraba más tímido que ella, y esto no debe sorprendernos; la princesa tuvo tiempo de soñar lo que le iba a decir pues existe cierta sospecha (la historia de eso nada cuenta), de que la bondadosa hada, durante los cien años que permaneciera dormida, le había procurado el placer de los sueños agradables.

«En fin, que transcurrieron cuatro horas hablando entre ellos y no se habían dicho todavía la mitad de las cosas que se tenían que decir.

«Mientras, todo el palacio se había despertado con la princesa, cada uno reanudando el desempeño de su trabajo, y ya que ellos no estaban enamorados, se morían de hambre. La dama de honor, hambrienta como los otros, se impacientó, y dijo en voz alta a la princesa, que la comida estaba servida.

«El príncipe ayudo a la joven a levantarse; esta se hallaba ataviada con gran magnificencia, pero él se guardó bien de decirle que iba vestida como su abuela, aunque no estaba menos bella por eso. Ambos entraron en un gran salón de espejos, cenando atendidos por los servidores de la princesa.

«Los violines y los oboes ejecutaban antiguas piezas de manera excelente y eso que habían permanecido cien años inactivos, y, después de cenar, sin perder tiempo, el gran capellán los casó en la capilla de palacio. Los dos poco durmieron, la princesa no tenía una gran necesidad, y el príncipe la dejó de buena mañana para volver a su reino, donde su padre debía estar preocupado por él.»

«Pues en la versión de éste, la misma noche de la llegada del principe y del despertar de la princesa -quien, por cierto, se queja de haber tenido que esperar demasiado: ¿Sois vos, príncipe mío?, bien que me habéis hecho esperar-, tiene lugar una boda apresurada –y, después de cenar, sin perder tiempo, el gran capellán los casó en la capilla de palacio– y un acto amoroso –Los dos poco durmieron, la princesa no tenía una gran necesidad, y el príncipe la dejó de buena mañana para volver a su reino…- a efectos del cual, que la Bella Durmiente, convertida ahora en princesa despierta, quedó embarazada.

Saben ustedes que uno de los tópicos modernos que se achacan al cuento es el de la pasividad de la princesa.

Parte, desde luego, de ese prejuicio activista de nuestra modernidad, que sólo concibe como positivo lo activo, a la vez que condena sin matices lo pasivo.

Para mostrar hasta qué punto es éste un prejuicio absurdo -y, añadiría yo, netamente masculinista, antifemenino- basta con llamar la atención sobre una de las plagas que se ven obligados a padecer los mismos pedagogos que no cesan de condenar la pasividad y llamar al activismo.

Me refiero a la de los niños hiperactivos.

Pero hasta ese extremo ciegan las anteojeras ideológicas.

Desde luego, es pasiva la posición de la Bella. Ahora bien, ¿no se dan cuenta de la actividad que esa pasividad encierra?

Pues todo ser humano, hombre o mujer, está cargado de pulsión. De modo que contener la pulsión, frenarla, exige más esfuerzo que desencadenarla.

De ahí la queja de la princesa sobre la que ya les he llamado la atención.

Y está, a la vez, esa otra actividad interior con la que ha tejido su deseo para lograr aguardar lo suficiente –El príncipe se mostraba más tímido que ella, y esto no debe sorprendernos; la princesa tuvo tiempo de soñar lo que le iba a decir pues existe cierta sospecha (la historia de eso nada cuenta), de que la bondadosa hada, durante los cien años que permaneciera dormida, le había procurado el placer de los sueños agradables.

Pero hay, todavía, mucho más.

Pues la posición femenina no se reduce a la figura de ese bello cuerpo dormido que aguarda, sino que se expande metafóricamente a ese bello palacio situado en lo alto de la montaña para así hacerse mejor ver y a ese espeso y entrelazado bosque que lo rodea y guarda:

«Al cabo de cien años, el hijo del monarca que reinaba entonces y que era de otra estirpe diferente a la de la princesa dormida, fue de caza por aquellos lugares y preguntó de quién era ese gran bosque entrelazado y espeso que se divisaba en lo alto de la montaña, y cada uno le respondió según lo que había oído hablar.

«Los unos decían que era un viejo castillo donde vivían los espíritus; otros, que todos los brujos de alrededores lo habían convertido en su morada.

«Aunque la opinión más común era que un ogro habitaba allí y que se llevaba a cuantos niños podía atrapar, para comérselos a su gusto y sin que nadie pudiera seguirle, siendo el único que podía hacerse un pasadizo a través del bosque.

«El príncipe no sabía a quién creer, cuando un viejo campesino tomó la palabra diciéndole:

«-Alteza, hace ya más de 50 años, escuché decir a mi padre que se encontraba en el castillo una princesa, la más bella del mundo, que debía dormir cien años y a quien despertaría de su sueño el hijo de un rey al que estaba destinada.

«El joven príncipe, al oír aquellas palabras, se sintió entusiasmado creyendo sin dudarlo que él pondría fin a tan largo sueño, y llevado por el amor y por la gloria de la empresa, resolvió comprobar sobre el escenario de los hechos lo que había de verdad en la extraña leyenda.

«En cuanto avanzó en dirección al bosque, todos los altos árboles, las zarzas y los espinos se apartaron para dejarle pasar y pudo ir hacia el palacio que se divisaba al extremo de una gran avenida. Entrado en ésta, lo que le sorprendió fue que nadie había podido seguirle, porque los árboles se volvían a entrelazar a su paso.»

Y bien, ese bosque, hasta entonces entrelazado y espeso, no sólo se abre como por arte de magia conduciendo al príncipe en su camino, sino que también se cierra, con extraordinaria energía, para cualquier otro que no sea él -En cuanto avanzó en dirección al bosque, todos los altos árboles, las zarzas y los espinos se apartaron para dejarle pasar y pudo ir hacia el palacio que se divisaba al extremo de una gran avenida. Entrado en ésta, lo que le sorprendió fue que nadie había podido seguirle, porque los árboles se volvían a entrelazar a su paso.

Y por cierto que esto que les digo encuentra una confirmación neta en el título que da Charles Perrault a su cuento y que es, exactamente, Belle au Bois Dormant -Bella en el Bosque Durmiente.


El deseo de ser despertada

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Y bien, espero que a estas alturas comprendan por qué el atuendo de Benigno, como el del príncipe, es azul.

Por más que Benigno sea, desde luego, el más improbable de los príncipes azules -y por más que resulte casi inconcebible que él pueda hacer eso que es la tarea del príncipe azul.

Esa que requiere, en primer lugar, ante la mujer, una erección como la que se inscribe en la imagen a través de esa suerte de emblema fálico que, en forma de cohete, a la vez decora e ilumina la escena.

Resulta sorprendente, desde luego, que sea un notorio homosexual como Almodóvar quien deba decirnos lo que casi nadie osa ya decir en nuestra sociedad actual. Que tenga que ser él el que nombre ese deseo central de la mujer que es su deseo de ser despertada.

Esa tarea que, precisamente, un varón homosexual no está en condiciones de afrontar.

Y, sin embargo, eso es exactamente lo que sucede en Hable con ella.

Seguramente porque nuestro cineasta es homosexual, y porque por ello ha explorado la posición femenina con extrema intensidad, es capaz de localizar y nombrar ese deseo de la mujer que hoy el discurso feminista dominante recusa: el deseo de ser poseída, tomada y, así, despertada.
 
 

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