19. El fetichismo








Jesús González Requena
Edipo II. Del odio a la promesa
Seminario Psicoanálisis y Análisis Textual 2015/2016
sesión del 18/12/2015 (1)
Universidad Complutense de Madrid
de esta edición: gonzalezrequena.com, 2016




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El fin del espejismo

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Brad: l found them!


Los encontré.


Brad: l found Lucy!


Encontré a Lucy.



Y hay algo de aparición en el modo en el que Brad descubre su haber encontrado.


Brad: They’re camped about a half-mile over. l was just swinging back and l seen their smoke.

Brad: Bellied up a ridge, and there they was,


Subí a un risco y allí estaban.


Brad: right below me.


Justo debajo de mí.


Una aparición que se ve acompañada de un sentimiento que bordea la omnipotencia.


Martin: Did you see Debbie?


La pregunta de Martin desconcierta a Brad.


Brad: No…


Titubea…


No es tanto que se hubiera olvidado de Debbie, que también, sino que la aparición que ha vivido ha llenado su campo visual con la potencia de un delirio en el que todo es imago y nada fondo.


Brad: No… but l saw Lucy, all right.


Y bien, desde ese saber que es el de Tiresias, y que está relacionado con su ceguera porque es saber del fondo, es tarea de Ethan poner palabras que contengan el espejismo en el que Brad se ha instalado.


Brad: She was wearing that blue dress–

,

Ethan: What you saw wasn’t Lucy.


Se dan cuenta de que resulta obligado traducir esto en impersonal.


Lo que viste, eso que viste…


Y bien, la mujer -esta vez no Martha, sino Lucy- no está ahí donde cree verla Brad, sino en otro lugar.


Pero Brad insiste:


Brad: Oh, but it– lt was, l tell you.


Afirma su espejismo, su falsa percepción: ha visto lo que deseaba ver, el retorno del objeto de deseo, allí donde no estaba.



Fetichismo: Doble negación

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Les hablaba de la doble negación de Brad; no es cierto que ella no esté allí; no es cierto que ella no esté viva; no es cierto que ella no esté dentro, detrás de ese vestido.



La matriz de la doble negación la ofrece la estructura del fetichismo.


Freud describe así el proceso fetichista:


«el varoncito rehusó darse por enterado de un hecho de su percepción, a saber, que la mujer no posee pene. No, eso no puede ser cierto, pues si la mujer está castrada, su propia posesión de pene corre peligro (…)»


[Freud: (1927) El fetichismo]



Ahí tienen articulada la doble negación: No, eso no puede ser cierto…


Y ya saben cuál es el fondo sobre el que esa doble negación opera:


«Probablemente a ninguna persona del sexo masculino le es ahorrado el terror a la castración al ver los genitales femeninos.»


[Freud: (1927) El fetichismo]



Por eso, el fetiche aparece como lo que protege de ese terror:


«el fetiche es el sustituto del falo de la mujer (de la madre) en que el varoncito ha creído y al que no quiere renunciar»


[Freud: (1927) El fetichismo]





What you saw was a buck

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Y por cierto que es algo de esta índole lo que está en juego en la escena.


Algo que encuentra su más nítida concreción ahora, en las palabras con la que Ethan responde a Brad.


Ethan: What you saw wasn’t Lucy.

>

Brad: Oh, but it– lt was, l tell you.

Ethan: What you saw was a buck wearing Lucy’s dress.


Se habrán dado cuenta de que estas duras y a la vez extrañas palabras encuentran un énfasis suplementario en el cambio que acaba de producirse del plano de conjunto de Ethan y Brad al primer plano del primero.






Diríase -recordémoslo una vez más- que las ramas muertas, puntiagudas y retorcidas penetraran en su sien.


El subtitulado español lo traduce como lo que viste era un piel roja llevando el vestido de Lucy.


Pero sería más apropiado traducir lo que viste era un tipo llevando el vestido de Lucy, pues buck no introduce esta vez alusión alguna a la condición de indio: es un tipo, pero uno de condición masculina: de hecho, la traducción literal sería macho -podría ser también un macho cabrío- o un petimetre.


En cualquier caso, se trata de un varón vestido de mujer.



La confusión lacaniana sobre el enigma de Freud: ¿qué desea una mujer?

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Les decía el otro día en el debate que es una notable confusión lacaniana la que afirma que para Freud la gran pregunta es ¿qué desea una mujer?


Por lo demás, por más que Lacan la repitiera una y otra vez, esta referencia es, cuando menos, discutible. No consta por escrito en ningún texto de Freud, ni siquiera en entrevista alguna. Solo procede de las notas que Marie Bonaparte tomó de su propio análisis con Freud.


Por ello, incluso si Freud lo dijo así, lo habría dicho en el contexto de su actividad terapéutica para con su paciente en una sesión analítica. De modo que podría estar, incluso, devolviéndole a ésta su propia interrogación.


De hecho, con esta cita cuando menos dudosa sucede lo mismo que con aquella otra que también aireó Lacan durante años: aquella según la cual, en su viaje a Estados Unidos, Freud le habría dicho a Jung que los americanos no sabían que era la peste lo que les llevaba.


¿Es cierta? Más de uno la han puesto en duda: sabemos de ella tan solo porque Lacan dijo que se la había comunicado Jung… de manera que resulta tan dudosa como la anterior.


Y, en ambas se percibe bien el extraordinario sentido publicitario de Lacan: el gran enigma del deseo de la mujer, el psicoanálisis es la peste


¿No les parecen lemas publicitarios perfectos para cautivar al público refinado de una Europa que, ya cerca de los sesenta, estaba ensayando su entrada en una nueva época rococó?


Y por cierto que el del enigma del deseo de la mujer facilitaba bastante las cosas para con las feministas, dado que decirles lo que había dicho Freud, eso de la envidia del pene…


De lo que sí habló Freud fue del enigma de la feminidad:


«El enigma de la feminidad ha puesto cavilosos a los hombres de todos los tiempos»


[Freud: Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis, 33ª conferencia. La feminidad]



Pero ese enigma no versaba sobre el deseo de la mujer sino sobre la dificultad de establecer la diferenciación entre lo femenino y lo masculino:


«Una parte de lo que nosotros los varones llamamos el “enigma femenino” acaso derive de la expresión de bisexualidad en la vida de la mujer.»


[Freud: Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis, 33ª conferencia. La feminidad]



Pero, por lo que se refiere al deseo de la mujer, tenía las cosas mucho más claras:


«El complejo de castración de la niña se inicia con la visión de los genitales del otro sexo. Al punto nota la diferencia y -es preciso admitirlo- su significación. Se siente gravemente perjudicada, a menudo expresa que le gustaría “tener también algo así”, y entonces cae presa de la envidia del pene, que deja huellas imborrables en su desarrollo y en la formación de su carácter, y aun en el caso más favorable no se superará sin un serio gasto psíquico. (…)
«la situación femenina sólo se establece cuando el deseo del pene se sustituye por el deseo del hijo, y entonces, siguiendo una antigua equivalencia simbólica, el hijo aparece en lugar del pene. (…) Sólo con aquel punto de arribo del deseo del pene, el hijo-muñeca deviene un hijo del padre y, desde ese momento, la más intensa meta de deseo femenina. Es grande la dicha cuando ese deseo del hijo halla más tarde su cumplimiento en la realidad, y muy especialmente cuando el hijo es un varoncito, que trae consigo el pene anhelado. Así, el antiguo deseo masculino de poseer el pene sigue trasluciéndose a través de la feminidad consumada. Pero quizá debiéramos ver en este deseo del pene, más bien, un deseo femenino por excelencia.»


[Freud: Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis, 33ª conferencia. La feminidad]



Pues para Freud está muy claro que la mujer, en tanto que llegado el momento se reconoce castrada como su madre, desea eso que ninguna de las dos tiene.


Por mi parte solo añado lo justo para explicar de dónde procede el prestigio excepcional que alcanza eso que ellas no tienen: del hecho de que eso ha sido designado como deseable por la mirada deseante de la madre.



El enigma de Freud: ¿cómo el hombre puede desear a la mujer?

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Volvamos al asunto que nos ocupa: el gran enigma de Freud por lo que al deseo se refiere es el que se deduce de ese terror que la castración inspira en el hombre:



«Probablemente a ninguna persona del sexo masculino le es ahorrado el terror a la castración al ver los genitales femeninos. ¿Por qué algunos se vuelven homosexuales a consecuencia de esa impresión, otros se defienden de ella creando un fetiche y la inmensa mayoría la supera? He ahí algo que por cierto no sabemos explicar.»


[Freud: (1927) El fetichismo]



Como ven, no interpreto, sólo deletreo -hay veces, no me lo tomen a mal, que pienso que eso de interpretar es cosa de vagos.


¿Por qué algunos hombres se vuelven homosexuales a consecuencia de esa impresión, otros se defienden de ella creando un fetiche y la inmensa mayoría la supera? Bueno habría que preguntarse si hoy en día esa inmensa mayoría sigue siendo tan inmensa como en otros tiempos, dada no solo la creciente presencia de la homosexualidad masculina en el espacio social, sino también la explícita y masiva fetichización del paisaje social de la que la publicidad es sin duda la manifestación más elocuente y, sobre todo, de ese que ya economistas y demógrafos -aunque no, por más que resulte pasmoso, psicoanalistas- reconocen como el principal problema de la sociedad europea. Me refiero, claro está, a la caída de la natalidad, al envejecimiento progresivo de su población -supongo que se habrán enterado de que este último año murieron más personas en España de las que nacieron.


Pero, dejando esta consideración al margen, se dan cuenta hasta qué punto ésta es la interrogación mayor de Freud: tan mayor que el propio Freud dice, con todas las letras, que eso es algo que no sabe explicar.


Les decía también que, aunque Freud no da ese paso, es perfectamente posible introducir aquí la palabra héroe: pues es un héroe el que es capaz de vencer ese terror.


Tal es el fundamento del enunciado que les propongo con frecuencia -y que, por lo demás, se lee con tanta claridad en films clásicos como The Searchers-: que sólo un héroe está a la altura del deseo de la mujer.


Y se darán cuenta igualmente, por ello mismo, del carácter esencialmente fálico del héroe, dado que ello se deduce, directamente, de lo que hemos reconocido como el rasgo mayor del deseo de la mujer.


Les insisto: ese es el enigma fundamental para Freud: ¿cómo el hombre puede desear a la mujer en vez de refugiarse en la homosexualidad o en el fetichismo?


Lo que, a la vista de lo anterior, es posible también formular así: ¿cómo es posible que el varón alcance la condición del héroe que la mujer reclama?



La respuesta contemporánea: Lacan y el falo como simulacro

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Bueno, ya saben cuál es la respuesta contemporánea: los héroes no existen, el falo es una mascarada: algo que no tiene nadie, no más que un significante -y ahora estoy citando a Lacan- que circula de aquí para allá.


«El falo en la doctrina freudiana no es una fantasía, si hay que entender por ello un efecto imaginario. No es tampoco como tal un objeto (parcial, interno, bueno, malo, etc.) en la medida en que ese término tiende a apreciar la realidad interesada en una relación. Menos aún es el órgano, pene o clítoris, que simboliza. Y no sin razón tomó Freud su referencia del simulacro que era para los antiguos.

«Pues el falo es un significante, (…) es el significante destinado a designar en su conjunto los efectos del significado, en cuanto el significante los condiciona por su presencia de significante.»


[Lacan: 1958-05-09 La significación del falo]



¿Qué Freud ha tomado su referencia del simulacro que era para los antiguos? Me gustaría saber dónde. Claro está: Lacan no lo dice.


¿Que el falo era, para los antiguos, un simulacro?


Me gustaría saber para qué antiguos, porque, claro está, tampoco lo dice.


El asunto es que, por el camino, se ha deslizado la idea de que el falo es un simulacro.



De él nos dice que no es una fantasía, ni un objeto, ni un órgano


Bueno, para ser exactos, eso es lo que dice aquí Lacan, porque solo año y medio antes, en el Seminario cuatro, había dicho todo lo contrario:


«cuanto más nos aproximamos a la realización de la relación dual, más aparece en primer plano ese objeto imaginario llamado el falo»


[Lacan: 1956-195 La relación de objeto, 1956-11-28]



Como ven, no es un objeto pero sí es un objeto, no es imaginario pero sí es imaginario…


Ya les tengo dicho que es tal el cúmulo de contradicciones presentes en el discurso lacaniano que nadie osará nunca hacer una edición crítica.


Por mi parte, eso sí, creo que voy abrir en mi web su reverso: un listado -potencialmente infinito- de las incesantes contradicciones que salpican el discurso lacaniano hasta volverlo ilegible.


Pero bueno, limitémonos a la cita de La significación del falo, texto que, a fin de cuentas, consta en los Escritos: allí el falo es un simulacro y uno de ese tipo especial que es -para Lacan- el significante.


¿Qué decir del resto de la cita?: el significante destinado a designar en su conjunto los efectos del significado, en cuanto el significante los condiciona por su presencia de significante.


Empiecen por tachar el final -eso de que el significante los condiciona por su presencia de significante- porque es una manera rococó de no decir nada o, si prefieren, un puro pleonasmo. Si el significante es un significante es de suponer que condicionará como un significante y no como otra cosa -qué se yo, como una lagarterana.


Y lo que queda, si lo reordenamos un poco para facilitar su legibilidad, quedaría así: el falo es el en su conjunto los efectos condicionados por el significante sobre el significado.


Pero esto, ¿me perdonarán si les digo que no quiere decir nada?


O, si prefieren, que es el habitual atentado lacaniano contra el buen orden lógico de la lingüística.


Primero, porque el significado no existe previamente al significante, y por tanto carece de sentido decir que puede ser afectado por él; por el contrario: solo hay significado en tanto que hay significante -solo hay significados en el mundo en la medida en que éste es recubierto por la red de significantes del lenguaje.


Segundo, que dado que algo -en este caso un significante- no puede designar los efectos de sí mismo sobre otra cosa, para que la frase tenga algún sentido es necesario poner en plural la segunda aparición de la palabra significante:
el falo es el significante destinado a designar en su conjunto los efectos condicionados por el (el resto o el conjunto de los) significante(s) sobre el significado.


Y tal cosa, de ser así, resulta lingüísticamente insostenible, porque ningún significante puede designar todos los otros significantes ni sus efectos -salvo, claro está, que ese significante sea el significante lenguaje.


Pues eso es precisamente el lenguaje: el conjunto del sistema de significantes y los efectos de significado que estos producen -no sobre el significado, claro- sino sobre el mundo.


¿Qué es lo que queda entonces?


La idea del falo como no otra cosa que significante y simulacro.


¿Qué por qué ha tenido tanto éxito?


Sencillamente porque ha descargado a todo el mundo del peso de tenerlo y no tenerlo y, sobre todo, de tener que dar la cara por él.


En suma: de ser capaz de usarlo -no un significante, no un simulacro, claro, sino, precisamente, el falo.


Es evidente, por lo demás, en qué se apoya la argumentación de Lacan. Precisamente en el artículo de Freud sobre el fetichismo al que estábamos haciendo referencia ahora:


«el fetiche es el sustituto del falo de la mujer (de la madre) en que el varoncito ha creído y al que no quiere renunciar»


[Freud: (1927) El fetichismo]



Concretamente en ese falo de la madre que la madre no tiene -que es, en suma, imaginario- y del que el fetiche va a devenir su representante -es decir: él sí, su significante.


Sólo que -y debería resultar igualmente claro- a costa de ignorar del todo el otro falo, el falo de verdad, el falo del padre, que está al fondo como un dato inapelable que Lacan ignora.



Freud: el falo imaginario de la madre

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Sin duda eso, ese falo imaginario de la madre que no existe, existe, precisamente, como imaginario.


El fetiche es su significante. Y ese significante fetichista ocupa un amplio espacio en el campo del erotismo, cosa que en ningún caso escapa a Freud:


«Cabría esperar que, en sustitución del falo femenino que se echó de menos, se escogieran aquellos órganos u objetos que también en otros casos subrogan al pene en calidad de símbolos. Acaso ello ocurra con bastante frecuencia, pero sin duda no es lo decisivo. En la instauración del fetiche parece serlo, más bien, la suspensión de un proceso, semejante a la detención del recuerdo en la amnesia traumática. También en aquella el interés se detiene como a mitad de camino; acaso se retenga como fetiche la última impresión anterior a la traumática, la ominosa. Entonces, el pie o el zapato (…) deben su preferencia como fetiches a la circunstancia de que la curiosidad del varoncito fisgoneó los genitales femeninos desde abajo, desde las piernas; pieles y terciopelo (…) fijan la visión del vello pubiano, a la que habría debido seguir la ansiada visión del miembro femenino; las prendas interiores, que tan a menudo se escogen como fetiche, detienen el momento del desvestido, el último en que todavía se pudo considerar fálica a la mujer.»


[Freud: (1927) El fetichismo]



Ya hablamos, lo recuerdan, de la metáfora -la sustitución por semejanza- y de la metonimia, que aquí opera, esencialmente, por contigüidad temporal: se carga fetichísticamente lo último inmediatamente anterior a la emergencia de la visión traumática -pies, zapatos, pieles, terciopelo, ropa interior



Las piernas de las mujeres

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Y por extensión, permítanme que añada por mi cuenta, toda la ropa femenina, todos sus complementos, incluso las partes separadas de su cuerpo.


Muy especialmente las piernas, ¿no les parece?



Permítanme que les proponga, desde este punto de vista, una teoría capaz de explicar el especial atractivo que poseen para la mirada las piernas de la mujer -atractivo con el que nunca podrán competir las de los hombres, ni siquiera las de los futbolistas.



Las piernas de las mujeres emergen de entre la falda



con una prestancia fálica



en la que la metonimia temporal



se encuentra y suma a la sustitución por semejanza.



Escuchen la expresión: ¡Qué piernas tiene esa mujer!


Y así, ella, esa mujer, tiene. Tiene… piernas.


Por más que -y ahí reside la dificultad- a la hora de la verdad sea necesario quitarlas de en medio…



El deseo perverso de Lacan

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Y bien, es de aquí de donde obtiene Lacan -aunque nunca lo explica con claridad- su teoría de la estructura metonímica del deseo.


Teoría en sí misma correcta -pues es la teoría misma del fetichismo freudiano- como teoría de cierto ámbito de despliegue del deseo, pero incorrecta, sin embargo, si se formula -y eso es lo que hace Lacan- como la teoría general del deseo.


Pues si la teoría general del deseo se organiza sobre este modelo -sobre el modelo de la perversión fetichista- resultará inevitable caracterizar al deseo mismo como perverso.


Y ese es exactamente el punto de llegada de Lacan:


«No olviden que el año pasado (…) situé lo que es la esencia de toda especie de desplazamiento fetichista del deseo, dicho de otro modo de fijación del deseo en alguna parte, antes, después o al costado, de todos modos a la puerta de su objeto natural, dicho de otro modo de la institución de fenómeno absolutamente fundamental que se puede llamar la radical perversión de los deseos humanos.»


[Lacan: 1957/1958 Las formaciones del inconsciente, 1957-11-27]



Dando, con ello, el salto en el vacío de hacerlo pasar por cuenta de Freud.


«Freud (…) conjuga el deseo con el significante (…) esa relación orgánica del deseo con el significante; (…) eso que hay en él de absolutamente problemático e irreducible y, hablando propiamente, perverso (…) eso que es el carácter esencial, vivo, de las manifestaciones de los deseos humanos en el primer plano en el cual deberíamos colocar ese carácter no solamente inadaptado, inadaptable, sino fundamentalmente pervertido, marcado.»


[Lacan: 1957/1958 Las formaciones del inconsciente, 1958-03-26]



No se si se dan cuenta, sin embargo, tanto de la contradicción radical que esto supone con respecto al pensamiento de Freud como del coste teórico de tal proposición.


Y ciertamente ambas cosas están íntimamente relacionadas.


Pues para Freud lo que caracteriza a las perversiones es su compulsión a evitar el acto sexual -sí, sí, me entienden bien: el acto por antonomasia, el acto sexual genital y heterosexual- y, su compulsión, en cierta manera, a burlarlo.


Y bien, sucede que ese, el de la perversión, es el camino seguido, a pesar de todo con cierta coherencia, por Lacan: pues de la afirmación del ser esencialmente perverso del deseo se deducen el resto de los enunciados en los que más obviamente Lacan se aparta de Freud -por más que los lacanianos no lo sepan, dada su falta de costumbre de leer a éste.


Si el deseo humano es perverso entonces la relación sexual resulta imposible -realmente indeducible, incomprensible- no hay acto sexual, la fase genital es un mito, etc.


Ideas todas ellas que contradicen los presupuestos freudianos básicos.


Pues todo el proceso del Edipo es, como ya les he anticipado, una estructura narrativa que conduce al encuentro genital.


Otras de la que derivadas no freudianas que de ello se deduce es la afirmación que el niño se ofrece a su madre como el falo -cosa en la que, desde luego, ya había reparado Freud, pero como algo que, como en el caso Juanito, sucede sólo en ciertos casos: en casos, precisamente, patológicos, y que por ello mismo no definen, como pretende Lacan, la estructura misma de la relación.


Pero de esto creo que tendremos ocasión de ocuparnos a la vuelta de las Navidades.


Nos centraremos ahora en otra derivada no menos relevante: esa que lleva a Lacan a afirmar que, en el amor, la mujer, porque no tiene falo, lo es.


«es para ser el falo, es decir el significante del deseo del Otro, para lo que la mujer va a rechazar una parte esencial de la femineidad, concretamente todos sus atributos en la mascarada.»


[Lacan: 1958-05-09 La significación del falo]



Una vez más, aquí, la idea nombra algo real, y sin embargo, tal y como es formulada, falsea el proceso global y acaba por confundir a la mujer con la histérica.


Pero claro está, si no hay acto sexual, entonces eso ya no tiene importancia -pues todas las mujeres serán, inevitablemente, histéricas, dado que las histéricas rehúyen el acto sexual y ¿cómo no hacerlo si, como dice Lacan, el acto sexual no existe?



Pero miren, el caso es que el acto sexual existe -aunque también es verdad que, por lo que a Europa se refiere, cada vez menos -lo que hace del discurso lacaniano un síntoma relevante.


Sin duda: para guiar el deseo del hombre, la mujer pone en escena el falo que no tiene, pues es eso lo que el deseo del hombre, en el plano imaginario, busca.


Pero el deseo no se limita a esa dimensión imaginaria -y perversa- a la que lo reduce Lacan.


Y por lo que se refiere a la mujer, si es una mujer de verdad -quiero decir, si no es una histérica- no se engaña: sabe que no es el falo, sino que tan solo lo pone en escena y que lo pone en escena en una escena que ha a conducir, precisamente, a su emergencia -la de ella, mujer- como todo lo contrario: en suma: como mujer, cuerpo real, carente, hendido, castrado, abierto hacia el interior.


Y no menos desastrosos son los efectos de esa deriva teórica lacaniana por lo que se refiere a la caracterización de la posición del varón:


«Tal es la mujer detrás de su velo: es la ausencia de pene la que la hace falo, objeto del deseo. Evocad esa ausencia de una manera más precisa haciéndole llevar un lindo postizo bajo un disfraz de baile, y me diréis qué tal, o más bien me lo dirá ella: el efecto está garantizado 100 %, queremos decir ante hombres sin ambages.»


[Lacan: 1960 Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano]



¿Se dan cuenta de que esta cita nombra algo que está en el núcleo del momento de la escena de The Searchers en el que nos hemos detenido:


Ethan: What you saw was a buck…

Ethan: …wearing Lucy’s dress.


«Tal es la mujer detrás de su velo: es la ausencia de pene la que la hace falo, objeto del deseo. Evocad esa ausencia de una manera más precisa haciéndole llevar un lindo postizo bajo un disfraz de baile, y me diréis qué tal, o más bien me lo dirá ella: el efecto está garantizado 100 %, queremos decir ante hombres sin ambages.»


[Lacan: 1960 Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano]



¿No les parece que hay una notable confusión en esto de caracterizar al hombre sin ambages -entiéndase, al varón heterosexual capaz de hacerlo-, como alguien al que lo que le pone es la presencia de un postizo en la mujer?


Pero una vez más: la cosa es coherente si todo deseo es perverso, y si, por tanto, no hay acto sexual, pues entonces no puede haber varón capaz de hacerlo.


En todo caso, se dan cuenta de lo que ello supone: se caracteriza la posición del varón como la posición de Brad:



What you saw was a buck wearing Lucy’s dress.



Freud: el falo de verdad -del padre

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El problema -es algo que estaba señalado ya en el material del seminario del año pasado- es que para Lacan la dialéctica del deseo concluye en la fase fálica -cuya dialéctica es precisamente la del tener y el no tener- pues ignora esa fase final, decisiva en Freud, que es la fase genital y cuya dialéctica ya no es la del tener y el no tener sino la del hacer y el padecer.


Y la ignora en la misma medida en que ignora, como les anticipaba antes, ese falo de verdad que está presente, al fondo, en el texto sobre el fetichismo.


Búsquenlo.



«En otros casos, la bi-escisión se muestra en lo que el fetichista hace -en la realidad o en la fantasía- con su fetiche. No sería exhaustivo destacar que venera al fetiche: en muchos casos lo trata de una manera que evidentemente equivale a una figuración de la castración. Esto acontece, en particular, cuando se ha desarrollado una fuerte identificación-padre; el fetichista desempeña entonces el papel del padre, a quien el niño, en efecto, había atribuido la castración de la mujer. La ternura y la hostilidad en el tratamiento del fetiche, que respectivamente corren en igual sentido que la desmentida y la admisión de la castración, se mezclan en diferentes casos en proporciones desiguales, de suerte que una u otra se dan a conocer con mayor nitidez. A partir de aquí uno cree comprender, si bien a la distancia, la conducta del cortador de trenzas, en quien ha esforzado hacia adelante la necesidad de escenificar la castración que él desconoce. Su acción reúne en sí las dos aseveraciones recíprocamente inconciliables: la mujer ha conservado su pene, y el padre ha castrado a la mujer.»


[Freud: (1927) El fetichismo]



¿Lo ven?


Hay ahí un varón capaz de hacerlo.


¿Hacer qué? ¿Castrar a la mujer? No, ciertamente, porque ella ya está castrada.


Pero tengan en cuenta que lo que Freud nombra aquí es lo que se percibe desde el punto de vista del niño: que existe ese varón que ha sido capaz de avanzar hacia la mujer y derribarla del estatuto de imago primordial para convertirla -ante el niño- en una mujer.


Y ese varón es el padre.


Porque el padre es el que ha sido capaz de hacerlo.



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