19. Rosebud o la pregunta por el sentido: Edipo o psicosis

 

 

 

Jesús González Requena
Seminario Psicoanálisis y Análisis Textual 2007/2008
sesión del 25/04/2008 (2)
Universidad Complutense de Madrid
de esta edición: gonzalezrequena.com, 2015

 

 

 

 

 

 

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Rosebud

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El estallido que tiene lugar en Río de Janeiro había comenzado a fraguarse en Citizen Kane.

Este es pues el momento obligado de volver a ese film y al motivo de su absurdo fracaso.

Pues, como ya les indiqué en su momento, Citizen Kane tenía todo de su parte para ser un éxito.

Todo, excepto la voluntad de fracaso de Welles.

Porque miren, piénsenlo bien: a ese peculiar magnate que fue Randolph Herst (1863-1951) le habría traído al fresco que se hiciera una película criticando el poder que poseía en el mundo de la prensa y de la política.

Es más: es posible que eso incluso le hubiera alagado.

A la mayor parte de los poderosos no les importa que les llamen malos pues su goce suele consistir en que se reconozca que son poderosos.

Lo que levantó su ira fue aquel pequeño detalle, tan nimio como políticamente irrelevante:

«El magnate de la prensa William Randolph Hearst, en quien el personaje de Kane se basaba de un modo inconfundible, había manifestado por entonces lo mucho que le molestaba la sola idea del film, sobre todo por su forma nada grata de representar a su amante de la vida real, Marion Davies (cuyo querido sobrino, el guionista cinematográfico Charles Lederer, se había casado hacía poco con la recién divorciada Virginia Welles). Antes de rodar la película, Orson, sin que el cómo venga a cuento, se había enterado de que Rosebud (Rosebud significa «pimpollo», «capullo de rosa». N. del T.)
era el apelativo íntimo con que Hearst aludía al aparato genital de Marion Davies. Para Hearst ya era nefasto que Rosebud se mencionase a lo largo de toda la película, pero que Kane muriese con la palabrita en los labios pasaba de castaño oscuro.»

[Barbara Leaming: 1983: Orson Welles: Tusquets, Barcelona, 1991, p216-217.]

Y realmente, pasa de castaño oscuro.

¿A quién no le hubiera molestado?

Se ha dicho, y no sin motivo, que Ciudadano Kane es, en cierto modo, una reparación imaginaria de Welles hacia su padre, por la vía de una escenificación imaginaria de lo que al padre de Welles, amante del periodismo tanto como de las coristas, le hubiera gustado ser.

Pues bien, basta con tirar de ese hilo para dar con lo que la palabra Rosebud cifra.

Reelaborada grandilocuentemente la imagen del patético padre a través de la imagen grandiosa del magnate Herst, Welles se ve obligado a manifestar, hacia ella, su desprecio y su burla.

Y bien, qué mejor manera de provocar al padre, de burlarse de él, que haciendo solfa de su obsesión por el Rosebud de su mujer?

O en otros términos, si Hearst da forma a la imagen idealizada del padre, Marion Davis (1897-161) ocupa, necesariamente, el lugar, esta vez rebajado, de la madre.

Digo rebajado porque no hay duda de que frente a la distinguida Beatriz Ives, siempre entregada a las artes más nobles, Marion Davis presentaba un perfil muy semejante en su carrera al de la otra Trixie -Trixie Braganza.


Rosebud: significado / sentido

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Thompson: And that’s what you know about Rosebud?

En Ciudadano Kane, Rosebud no es una palaba cualquiera: es la palabra central que designa el enigma que guía la indagación que el film propone a su espectador. Y nos sirve, por ello, como un ejemplo idóneo para avanzar en la diferenciación entre el orden semiótico y el orden simbólico del lenguaje.

Pues nadie pone en duda lo que Rosebud significa: capullo de rosa.

Lo que está en juego, aquello que sustenta la interrogación misma del film, es su sentido: el sentido que esa palabra tenía, cuando era pronunciada, para aquel que la pronunciaba.

Como pueden ver, el campo del sentido no es el de la lengua, sino el del habla. No el de la virtualidad del sistema lingüístico, sino el de la dimensión real de su actuación, que es siempre concreta.

Raymond: Yeah.

Raymond: I heard him say it that other time too. He just said: «Rosebud.» Then he dropped the glass ball and it broke on the floor. He didn’t say anything after that, and I knew he was dead.

El sentido es indisociable del acto real de enunciación, inscrito en un espacio y un tiempo irrepetibles.

Lo que aquí alcanza su máxima resonancia, dado que se trata de un instante inmediatamente anterior a la muerte.

Raymond: He said all kinds of things that didn’t mean anything.

Aquí lo tienen de nuevo: es posible decir muchas cosas que sin duda tienen significado sin que ello garantice que tengan sentido.

Y es que, de hecho, la película plantea de lleno la cuestión del sentido.

Es decir: la de su existencia o su inexistencia.

Thompson: Sentimental fellow, aren’t you?

Raymond: Hmm… Yes and no.

Thompson: That isn’t worth $1000.

Está en juego la cuestión del valor.


La posmodernidad y su diosa

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Y de pronto el espacio se abre de una manera tan potente como inesperada.

Raymond: You can keep on asking questions if you want to.

Thompson: We’re leaving tonight when we’re through taking pictures.

Raymond:
Allow yourself plenty of time. The train stops at the junction on signal, but they don’t like to wait.

¿Lo han visto?

Una diosa nos ha deslumbrado un instante antes de que entremos en el mundo de la posmodernidad. Véanla de nuevo.

Y ahora ampliémosla:

Desde luego, estamos en la gran mansión de Kane.

Ahora bien, ¿a qué es a lo que más se parece este espacio que ahora nos presenta el film?

Yo diría que al British Museum y, muy especialmente, a su sala de entrada en la que se acumulan reproducciones de las grandes obras de la escultura mundial, todas ellas acumuladas en un batiburrillo anacrónico y caótico.

Y bien, estos tres rasgos: copia, anacronismo y batiburrillo, son tres descriptores característicos de lo posmoderno.

Quiero decir: estamos, ya a la altura de 1941, en un espacio emblemáticamente posmoderno. Allí todo, las obras y las épocas más diversas, se acumula en carencia de sentido histórico alguno.

Y es que la pérdida del sentido es, para nuestra civilización, un dato mayor del siglo XX.

Y sin embargo, en este desorden, hay un tema dominante.

¿Cuál?

-Number 9182.

Mayordomo: I can remember when they’d wait all day if Mr. Kane said so.

-Nativity.

-Nativity.

No pueden decir que no lo han oído, pues se ha escuchado dos veces.

Y con la Natividad -esa asombrosa simbolización de la escena primordial que funda el cristianismo y de la que me he ocupado en mi libro Los 3 Reyes Magos– la diosa del amor: Venus.

– Venus of the fourth century. Attributed to Donatello.

-Bought in Venice.

Por lo demás, no hay duda de que estamos en un templo -todo sugiere una catedral gótica.

Por más que uno desacralizado.

¿Y acaso no son figuras de lo sagrado las que lo pueblan?

¿Acaso no son, por otra parte, los museos modernos templos laicos donde acumulamos las figuras de lo sagrado de tiempos antiguos en las que ya no creemos, pero a las que, sin embargo, seguimos venerando bajo la rúbrica ambigua del arte?

De hecho, el museo es un fenómeno esencialmente posmoderno. Es, propiamente, el templo de la posmodernidad.

Por eso, tanto más nos adentramos en esa crisis de la modernidad que es la posmodernidad, tantos más museos tenemos.

Ahora, de hecho, hay una auténtica epidemia. Todo político, todo concejal, quiere inaugurar uno.

De lo que les estoy hablando es de que el problema del sentido es el problema de Citizen Kane, tanto a escala individual como colectiva.

–Can we come down?

–Yes, hurry up. We’re leaving.


La mujer sin cabeza y el rompecabezas de su cadera

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Observen cómo de nuevo se suscita la cuestión del valor:

Raymond: How much do you think all this is worth,

Raymond: Mr. Thompson? Millions.

Vale millones, desde luego, pero sólo si alguien quisiera comprarlo.

Thompson: If anybody wants it.

Raymond: Well, at least he brought all this stuff to America.

–What’s that?

–Another Venus. 25,000 bucks. A lot of money to pay for a dame without a head.

Ya van dos Natividades y dos Venus.

¿Demasiado dinero por una mujer sin cabeza?

Pero no es la cabeza lo que está en juego, sino el eje directo que vincula a Venus con la Natividad.

Y una cifra, 25.000, que motiva una interrogación.

Thompson: Oh, I don’t know. They’ll clear all right.

Raymond: He never threw anything away.

–«Welcome home, Mr. Kane, from 467 employees of the New York Inquirer.»

–«One stove from the estate of Mary Kane, $2.»

Raymond: We’re supposed to get everything, junk as well as art. He sure liked to collect things. Anything and everything. A regular crow, eh?

Una especie de Urraca incapaz de tirar nada.

El problema del sentido, de nuevo, tal y como se plantea, por ejemplo, en el coleccionista obsesivo: incapaz de tirar nada, aplastado por sus infinitas propiedades, incapaz de discriminar lo valioso de lo no valioso.

Llega entonces la metáfora del rompecabezas, que es después de todo la metáfora que ha configurado la estructura narrativa del film en su conjunto:

–Hey, look, a jigsaw puzzle.

¿Les parecerá excesivo si señalo que es una mujer la que lleva ese rompecabezas?

¿Y que ella, en cierta forma, carece de cabeza? No porque no la tenga, desde luego, pero sí porque no se la ve nuca en toda la secuencia.

Bien es cierto que en buena medida tampoco se verá las de los hombres. Pero, a diferencia de estos, el cuerpo de ella, en cambio, si será visible, y bien iluminado, en el momento en que se precise la interrogación.

Entonces estarán muy bien iluminados tanto su cuerpo como su rompecabezas.

–We got a lot of those. A Burmese temple and three Spanish ceilings down the hall.

–Part of a Scotch castle…. that needs to be unwrapped.


La pregunta por el sentido: Edipo o psicosis

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La pregunta por el sentido se explicita finalmente:

–Put all this stuff together: The palaces and the paintings, and the toys and everything.

–What would it spell?

Thompson: Charles Foster Kane?

-Or Rosebud. How about it, Jerry?

Es una ecuación precisa.

Quiero decir: es más que una equivalencia.

Pues no sólo se dice que el misterio de Kane es equivalente al misterio de Rosebud, sino que se dice también que todo, todo esto junto, palacio, cuadros, juguetes

–Put all this stuff together: The palaces and the paintings, and the toys and everything.

–What would it spell?

Thompson: Charles Foster Kane?

-Or Rosebud. How about it, Jerry?

Todo es un conjunto hendido que es igual a Rosebud.

Digo un conjunto hendido porque, en esa totalidad que es ese todo de todos los palacios, todos los cuadros y todos los juguetes, falta siempre algo:

–What’s Rosebud?

¿Qué es Rosebud?

La justa medida de ese algo que falta siempre en ese todo.

Van a oírselo decir en seguida al detective-periodista, pero antes atiendan a lo que encuadra esa afirmación:

–That’s what he said when he died.

Se trata, nos lo recuerdan justo ahora, de lo que dijo al morir.

La palabra más real, porque es la que se pronuncia en ese momento del todo irrepetible que es el de la muerte.

-Jerry, Did you ever find out what it means?

Thompson: No, I didn’t.

–What did you find out about him?

Thompson: Not much, really.

Les decía que el cuerpo de esa mujer sin rostro iba a estar tan iluminado como ese rompecabezas que apoya sobre su cadera.

Como ven, si deletreamos con la suficiente claridad, todo emerge sin que sea necesario interpretar nada:

El cuerpo de esa mujer sin rostro está tan iluminado como ese rompecabezas que apoya sobre su cadera.

Es a Welles a quien cito: solo deletreo lo que está escrito en su film.

Thompson: We’d better get started.

-What have you been doing all this time?

Thompson: Playing with a jigsaw puzzle.

-If you’d discovered what Rosebud meant, I bet it would’ve explained everything.

Thompson: No, I don’t think so.

Escuchen el dictamen final del periodista-detective que habla en nombre de Welles.

Thompson: No. Mr. Kane was a man who got everything he wanted, and then lost it.

Thompson: Maybe Rosebud was something he couldn’t get or something he lost.

Thompson: It wouldn’t have explained anything.

Thompson: I don’t think any word can explain a man’s life.

Thompson: No. I guess Rosebud is just a piece in a jigsaw puzzle.

Thompson: A missing piece.

¿Qué les ha parecido?

Descompongámoslo.

Periodista: No. Mr. Kane was a man who got everything he wanted, and then lost it.

Primero se afirma que Kane lo tuvo todo.

Podríamos formularlo así:

«Kane(Todo)»

o así:

Thompson: Maybe Rosebud was something he couldn’t get or something he lost.

A continuación, nuestro periodista se contradice.

Pero esas contradicciones forman parte de la lógica de lo imaginario:

Pues hay siempre algo que falta al todo.

O en otros términos: la falta aparece como la hendidura que quiebra esa figura que es la de la Imago Primordial.

Y por cierto que como tal comparece aquí.

Pero ese no es un eslabón del Edipo canónico, sino de su fracaso psicótico.

De ese que les proponía formular así:

En la misma medida en que se daba la ausencia de la construcción Edípica que, en cambio, formulábamos así:

La diferencia es palpable.

Estriba esencialmente en esto:

Como ven, en el segundo gráfico se ve algo a la derecha que no puede verse en el gráfico anterior.

El sujeto, visualizado a la izquierda, no recibe el golpe de la pulsión de ella, de la mujer que sustenta la Imago Primordial. Sólo ve su deseo, que apunta hacia aquel que es capaz de gestionar su pulsión, de hacerse cargo de ella.

Y, porque sigue el trayecto de su deseo tal y como la mirada de ella lo traza, llega hasta ese más que es el falo, que desde entonces queda constituido como el objeto parcial por antonomasia y, a la vez, como el símbolo mismo del deseo.

Pero hay algo todavía más importante: que el deseo que ve en ella, ese deseo de ella que sólo se ve ahora precisamente porque apunta en otra dirección, fuera del eje de la captura imaginaria, ese deseo retorna al sujeto, a través del tercero, y, en cuando tal, simbólicamente mediado.

Pues bien, eso es precisamente lo que falta en Welles.

Y en Schreber. Y en Buñuel.

Y en Eisenstein, en Bergman, y en Fincher, entre tantos otros artistas de nuestra contemporaneidad en cuyas obras se constata la ausencia y/o el derrumbe de la construcción edípica.


La palabra que funda el sentido

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Contemplen desde este punto de vista la conclusión del periodista:

Thompson: It wouldn’t have explained anything.

Thompson: I don’t think any word can explain a man’s life.

¿Una palabra no puede explicar la vida de un hombre?

¿Una palabra no explica nada?

Thompson: No. I guess Rosebud is just a piece in a jigsaw puzzle.

Thompson: A missing piece.

Pero lo que está en juego no es la explicación, sino el sentido.

Y bien: el sentido entero cabe en una palabra. Porque la palabra es la dimensión misma del sentido.

Les insisto: no me refiero a uno u otro signo. Me refiero a una palabra: real, enunciada y recibida en el momento justo -siempre irrepetible- de una travesía por lo real.

–Well come on, everybody we’ll miss the train.

Y nadie como el psicótico sabe de la importancia de esa palabra que funda el sentido – ese sentido que a él, en tanto psicótico, le falta.

En cambio el neurótico, no lo aprecia, porque lo tiene.

Y el perverso, porque sólo lo tiene a medias, lo desprecia.
 

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