14. Once años

 

 

 

 

 

 

Jesús González Requena
Psicoanálisis y Análisis Textual, 2019
sesión del 2019-10-25 (3)
Universidad Complutense de Madrid
de esta edición: gonzalezrequena.com, 2020

 

 

 

 

 

 

 

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Un sesgo perverso -los once años de Cathy

 


•Mitch: Well, these are for my sister for her birthday, you see,


•Mitch: and as she’s only gonna be 11, I…

 

Ahora bien, ¿no hay de nuevo aquí un cierto sesgo perverso, esta vez en el modo en que se involucra en este juego erótico, a modo de coartada, a una niña que todavía solo tiene 10 años, dado que se anuncia su próximo onceavo cumpleaños?

 

Ninguna interpretación hay tampoco en esto que les digo ahora, pues constituye uno de los más evidentes hilos de la narración en su primera mitad:

 


 

el regalo de Kathy será primero la coartada que se dará a sí misma Melanie para viajar tras Mitch, y lo utilizará luego éste como justificación ante su madre para invitarla a cenar,

 


•Mitch: Miss Daniels brought us some birds from San Francisco.


•Mitch: For Cathy for her birthday. Where is she?


•Lydia: Across at Brinkmeyer’s.


•Mitch: As a matter of fact, Miss Daniels is staying up here for the weekend,


•Mitch: so


•Mitch: I’ve already invited her for dinner tonight.

 

al igual que utilizará más tarde la fiesta de cumpleaños de la niña como coartada para provocar un ulterior encuentro.

 


•Melanie: Well, I couldn’t. I have to get back to San Francisco.



•Melanie: No, I wouldn’t want to disappoint Cathy, but…


•Melanie: I see.


•Melanie: All right. Yes, I’ll be there.


 

Tan es así que el espectador se ve conducido a sospechar que el ataque de los pájaros en esa fiesta tiene algo que ver con todo ello:

 






 

De hecho, como ven, Kathy es la primera víctima del ataque que arrasa su fiesta de cumpleaños.

 


•Mitch: and as she’s only gonna be 11, I…

 

De modo que aquí, por el camino, se desliza por primera vez una cifra que tendrá un largo recorrido en el film.

 


La madre y los once años

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•Melanie: My mother? Don’t waste your time.



•Melanie: She ditched us when I was 11 and ran off with some hotel man in the east.

 

Aquí la tienen de nuevo.

 

Y esta vez la cifra aparece directamente relacionada con una madre.

 

Bien poco antes de que los pájaros ataquen la fiesta del 11 cumpleaños.

 


•Melanie: You know what a mother’s love is?


•Mitch: Yes, I do.


•Melanie: You mean it’s better to be ditched?


•Mitch: No. I think it’s better to be loved. Don’t you ever see her?


•Melanie: (voice breaking) I don’t know where she is.



•Melanie: Well, maybe I ought to go join the other children.

 

Notable, ¿no les parece? lo que acabamos de oír a Melanie: no habla de reunirse con los niños sino de reunirse con los otros niños, como si Mitch, y quizás ella también, lo fueran.

 


 

El plano se vacía y comienza una cuenta atrás:

 


•Annie: All right. Here we go. One…


•Annie: Two…


•Annie: Three…


•Annie: There you go.



 

Retorna de nuevo la cifra, esta vez de modo visual, dado que son 11 las velas colocadas sobre la tarta que sostiene la madre.

 

Acaban de ver lo que sigue:

 


•BOY: Look! Look!




 

Pero la cosa no acaba aquí.

 


•Lydia: Tell him about the party.


•Mitch: That’s right. We had a party here this afternoon for Cathy, for her birthday.


•Al: How old is she?


•Mitch: Eleven!

 

Lo ven, ahora esa cifra queda ligada a una imagen bien expresiva del mundo desintegrado de la madre.

 

De modo que, visto a posteriori,

 


•Mitch: and as she’s only gonna be 11, I…

 

la presencia de la madre planea ya, sólo que herméticamente implícita, en esta escena inicial, ensombreciendo el tono de comedia elegante que a pesar de todo es el suyo.

 

Ante estos hechos textuales -pues no lo pierdan de vista: tales son- ¿cómo no sospechar que la cifra 11 posee una relevancia muy especial en el universo subjetivo de Alfred Hitchcock? Y una relevancia asociada tanto a la figura de la madre como al tiempo del acceso a la primera adolescencia.

 

Les diré, por lo demás, dado que me gusta trabajar con todas las cartas sobre la mesa, que, para mi, eso es más que una sospecha.

 

Quiero decir: se trata de una cosa probada.

 

Y es que el análisis textual permite, precisamente, aducir pruebas -pruebas textuales- con mucha mayor facilidad que la experiencia clínica, en la que siempre resulta obligado proteger la intimidad del paciente.

 

Pero es todavía demasiado pronto para suscitar aquí el sentido de esa cifra.

 

Quien tenga prisa de conocerlo, puede encontrar el desarrollo del asunto en mi libro Escenas fantasmáticas. Disponible aquí

 

 

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