11. Aporías de la deconstrucción 2: Butler, Rivière y Lacan

 

 

 

 

 

Jesús González Requena
Seminario Psicoanálisis y Análisis Textual 2014/2015
sesión del 21/11/2014 (1)
Universidad Complutense de Madrid
de esta edición: gonzalezrequena.com, 2015

 

 

 

 

 

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Patriarcado vs valores humanos

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Hoy comenzaremos con un buen ejemplo de esa falta de rigor conceptual de la señora Butler sobre la que les llamaba la atención el otro día:

 

 

«El libro de Orlando Patterson Slavery and Social Death plantea que una de las instituciones que la esclavitud eliminó para la población afroamericana fue el parentesco. El señorito era invariablemente el dueño de las familias esclavas, funcionando como un patriarca que podía violar y coaccionar a las mujeres de la familia y feminizar a los hombres; las mujeres de las familias esclavas estaban desprotegidas de sus propios hombres y éstos eran incapaces de ejercer su rol de proteger y gobernar a las mujeres y a la descendencia. (…)

 

«La «muerte social» es el término que Patterson da al estatus de ser un ser humano radicalmente privado de todos aquellos derechos que debe tener cualquier y todo ser humano. Lo que queda en interrogante en su punto de vista, que pienso que reaparece en sus planteamientos actuales sobre políticas familiares, es precisamente su oposición al hecho que los hombres esclavos estuvieran privados de un lugar patriarcal ostensiblemente «natural» en la familia.»

 

[Judith Butler: El grito de Antigona, Capítulo 3 Obediencia Promiscua, p. 100-101]

 

 

Ciertamente, el lugar patriarcal no es natural, es una construcción histórica, social y cultural.

 

Pero eso, en sí mismo, no lo vuelve ni bueno ni malo.

 

Y sin embargo Butler la condena precisamente por eso: por no ser natural.

 

Ahora bien, lo más llamativo es lo otro: que acepta como naturales todos aquellos derechos que debe tener cualquier y todo ser humano, olvidando -o ignorando- que son igualmente construcciones históricas, sociales y culturales -tanto el hecho mismo de la existencia del derecho como el de la noción de ser humano– y que, precisamente, son la mejor prueba de que las construcciones históricas, sociales y culturales pueden ser no solo buenas, sino estupendas.

 

Yo diría que no ha leído La genealogía de la moral. Pero lo han hecho tan pocos, incluso entre los que se dicen nietzscheanos…

 


Butler, Riviere y Lacan

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Y ahora voy a presentarles una cita que constituye un motivo estupendo para una reflexión en términos de sociología de la cultura:

 

«El ensayo de Joan Riviere «Womanliness as a Masquerade», (21) publicado en 1929, incorpora la noción de feminidad como mascarada desde la perspectiva de una teoría de la agresión y la resolución de conflictos. Al principio esta teoría parece alejarse del análisis de la mascarada que plantea Lacan en términos de la comedía de las posiciones sexuales. Riviere comienza revisando de forma respetuosa la tipología de Ernest Jones del desarrollo de la sexualidad de la mujer en formas heterosexuales y homosexuales. No obstante, se basa en los «tipos intermedios» que desdibujan los contornos entre lo heterosexual y lo homosexual y que refutan de manera implícita la capacidad descriptiva de la tipología de Jones. En una afirmación que parece influida por la referencia fácil de Lacan a la «observación», Riviere acude a la experiencia o al conocimiento mundanos para legitimar su visión de estos «tipos intermedios»: «En la vida cotidiana con frecuencia hay tipos de hombres y mujeres que, aunque son fundamentalmente heterosexuales en su desarrollo, revelan claramente rasgos fuertes del otro sexo» [pág. 35].»

 

[Judith Butler: 1990 EI género en disputa. Capltulo 2: Prohibición, psicoanálisis y la producción de la matriz heterosexual. Lacan, Riviere y las estrategias de la mascarada, p. 125-126]

 

 

¿No encuentran en este párrafo algo realmente notable?

 

La cosa es sencilla: en 1929 Jacques Lacan todavía estaba preparando su tesis doctoral que leería tres años más tarde, en 1932, y no había escrito ni una línea de psicoanálisis.

 

Por lo demás, el único texto de Lacan al que cita Butler en su libro -y al que evidentemente se refiere cuando habla de la influencia de Lacan en Riviere- es La significación del falo, conferencia que impartió Lacan en 1958 y que aparecería publicada por primera vez en Escritos, en 1966.

 

Todo parece indicar que éste es él único texto de Lacan que conocía Butler cuando escribió su libro pues no sólo es el único que cita, sino que no lo cita a partir de la edición de los Escritos, sino de una recopilación feminista que lo incluye:

 

«16. Jacques Lacan, «The Meaning of the Phallus», en Feminine Sexuality: Jacques Lacan and the École Freudienne, Juliet Mitchell y Jacqueline Rose (Nueva York, Norton, 1985), págs. 83-85.»

 

[Judith Butler: 1990 EI género en disputa, Capltulo 2: Prohibición, psicoanálisis y la producción de la matriz heterosexual, Lacan, Riviere y las estrategias de la mascarada, nota 16]

 

 

Resulta evidente que no se molestó en echar un vistazo a la fecha del artículo así recopilado.

 

¿Qué pudo haber sucedido?

 

Es evidente que había oído decir por ahí que ese famoso francés, Jacques Lacan -y ya saben ustedes como les ponen los intelectuales franceses a los intelectuales norteamericanos- hablaba de la mascarada de la feminidad, de lo que dedujo que, si esa tal Riviere que no le sonaba de nada hablaba de máscara, seguro que era lacaniana.

 

Lo que manifiesta bien el notable desconocimiento del psicoanálisis de Judith Butler, lo que sin embargo no le impide dedicar un largo capítulo a Lacan y Rivière y otro a Sigmund Freud.

 

Pero miren, sucede que Joan Rivière, era una solvente psicoanalista inglesa que se había psicoanalizado con Ernst Jones y con el propio Sigmund Freud y que había colaborado con Strachey en la traducción de las obras completas de Freud.

 

Fue, por ejemplo, la analista de Susan Isaacs y del mismo Donald Winnicott.

 

Y si Butler se hubiera tomado la molestia de leer entero el artículo de Joan Rivière, por lo demás bastante breve, habría podido darse cuenta de que, lejos del imposible cronológico de ser lacaniana, su discurso, en 1929, era definidamente kleiniano.

 

El problema es que eso sólo se manifiesta a partir de la segunda mitad del artículo, lo que hace evidente que Judith Butler tenía demasiada prisa en acabar su libro y consideró que con lo que había leído en la primera parte tenía suficiente para hacerse una idea.

 

De modo que les invito a no dar por hecho que los intelectuales famosos, por serlo, sean necesariamente intelectuales rigurosos.

 

Es más, empiezo a sospechar que en una sociedad espectacular como la nuestra puede suceder todo lo contrario: que los intelectuales de éxito sean, sencillamente, los que fabrican los eslóganes de mayor impacto publicitario.

 

Pero este disparate del que les doy cuenta no informa sólo de la falta de rigor teórico de Judith Butler, sino igualmente de la de tantos intelectuales que conceden extrema atención a una autora que, como les estoy mostrando, habla con demasiada soltura de temas y autores que desconoce.

 

Sí, porque fíjense: como la propia autora señala con orgullo en su prefacio de 1999, el libro, publicado en 1990, fue un gran éxito de ventas.

 

Y bien, ¿cómo es posible que ninguno de los intelectuales que lo leyeron y que lo aplaudieron con tanto entusiasmo llamara la atención de la autora sobre esta huella de su palpable desconocimiento de las obras de Riviere y de Lacan?

 

La respuesta es obvia: porque ellos mismos las desconocían.

 

Y es que miren, la gente del gremio suele leer mucho menos de lo que dice haber leído.

 

Preocupante, ¿no?

 


Lo específicamente femenino

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Como les decía, puestos a deconstruir, se puede deconstruir todo:

 

«la noción de un concepto generalmente compartido de las «mujeres» (…) ha sido (…) difícil de derribar. Desde luego, ha habido numerosos debates al respecto. ¿Comparten las «mujeres» algún elemento que sea anterior a su opresión, o bien las «mujeres» comparten un vínculo únicamente como resultado de su opresión? ¿Existe una especificidad en las culturas de las mujeres que no dependa de su subordinación por parte de las culturas masculinistas hegemónicas? (…) ¿Hay una región de lo «específicamente femenino», que se distinga de lo masculino como tal y se acepte en su diferencia por una universalidad de las «mujeres» no marcada y, por consiguiente, supuesta? La oposición binaria masculino/femenino (…) es el marco exclusivo en el que puede aceptarse esa especificidad (…)»

 

[Judith Butler: 1990 EI género en disputa, Capítulo 1: Sujetos de sexo/género/deseo, Las «mujeres» como sujeto del feminismo, p 51]

 

 

Pero, con todo, existen ciertas afirmaciones que, por el modo con el que contradicen datos básicos de la experiencia -en este caso biológica- bordean el delirio.

 

Es el caso de estas dos preguntas retóricas que reclaman ser leídas como afirmaciones netas –dado que, aunque haya sido difícil de derribar, Judith Butler declara finalmente derribada la noción de un concepto generalmente compartido de las «mujeres»-: ¿Comparten las «mujeres» algún elemento que sea anterior a su opresión, o bien las «mujeres» comparten un vínculo únicamente como resultado de su opresión? ¿Hay una región de lo «específicamente femenino», que se distinga de lo masculino como tal y se acepte en su diferencia por una universalidad de las «mujeres» no marcada y, por consiguiente, supuesta?

 

Ciertamente, Jacques Lacan le había abierto el camino con aquella peregrina afirmación que tanto éxito encontró entre ciertos sectores feministas de los setenta según la cual la Mujer no existe.

 

Idea, dicho sea de paso, que participaba de la cadencia de la deconstrucción: el concepto universal de la mujer era insostenible, venía a decir Lacan. Y en eso tenía, desde luego, razón. Lo que pasa es que se le olvidaba añadir su inevitable correlato: que, igualmente, el concepto universal de hombre era igualmente insostenible -idea que, por cierto, cien años antes Karl Marx había establecido con suficiente claridad.

 

Sólo existen hombres y mujeres históricos, diferentes entre sí como las mismas épocas y sociedades a las que pertenecen. Pero claro, dicho así, se quedaba en nada el atractivo -evidentemente erotizado- de la afirmación lacaniana.

 

Ahora bien, Lacan -sin duda un gran fabricante de eslóganes- nunca llegó a dar el paso que, con tanta soltura, dan Butler y sus correligionarios.

 

Produce una inevitable vergüenza ajena tener que recordar los indiscutibles rasgos de la anatomía femenina sobre los que la biología afianza su definición de la mujer. Y con todo, por lo que hay de delirante en su negación, conviene que nos detengamos aquí a recordarlos.

 

Ello tiene que ver -insisto que me remito a los términos de la biología- con las características del órgano sexual-reproductor de la mujer por una parte, y, por otra, con los más inestables pero nada desdeñables rasgos sexuales secundarios.

 

Y bien, vayamos al núcleo del asunto: lo que hay de delirante en la negación butlerina está en relación con el dato central de la existencia de ese órgano sexual-reproductivo.

 

Es decir, en suma: con lo que hace posible que la mujer devenga madre.

 

Ciertamente, no todas las mujeres acaban siéndolo. Pero eso no evita que la dimensión de la maternidad pese psíquicamente de una manera u otra sobre toda mujer por el sencillo hecho de que todo ser humano, hombre o mujer, procede del cuerpo de una mujer que fue su madre.

 

Deberán reconocer que en ello se aísla con toda evidencia algo específicamente femenino.

 

Y bien, se darán cuenta que en ello se apoya la construcción simbólica -y por tanto psíquica- que caracteriza la posición femenina como interior frente a la masculina como exterior: el cuerpo de la mujer, para todo ser humano, es, antes que cualquier otra cosa, cuerpo de cuyo interior se procede.

 

Cuerpo que, por tanto, ha sido casa -la primera morada.

 

Y si combinan ese dato con esa evidente peculiaridad anatómica del coito que es la penetración, se darán cuenta de que también aquí esa conformación psíquica, simbólica, encuentra una sólida base.

 

Quizás me digan ustedes que no tiene por qué ser así, que se puede hacer el sexo de muchas otras maneras.

 

A lo que deberé contestarles dos cosas.

 

La primera, que, desde luego, se puede hacer el sexo de otras maneras, pero que no son muchas, que la idea de muchas es puramente imaginaria, pues con esto del sexo pasa como con la baraja española: todo se acaba en una serie muy limitada de variaciones: sota, caballo y rey.

 

Y la segunda, que es la realmente importante, es esta otra: que, por supuesto, puede tenerse sexo de otras maneras, pero si nadie o solo unos pocos lo hacen por la vía del coito heterosexual, se acabó la película: en cuestión de poco tiempo, ya no habrá nadie que escriba libros de sexualidad ni nadie que pueda leerlos, porque ya no habrá nadie.

 

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