10. The Searchers: Símbolo / Signo

Jesús González Requena
Seminario Psicoanálisis y Análisis Textual 2014/2015
sesión del 14/11/2014 (2)
Universidad Complutense de Madrid
de esta edición: gonzalezrequena.com, 2015

 

 

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¿Quién soy?

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Porque ella le mira

él llega portando su espada.

Se dan cuenta que este enunciado trata de nombrar lo que el niño ve y los tiempos en los que eso se produce.

Y el que así ha llegado dice: tú no eres el que crees ser, esa omnipotencia en la que te reconocías ha acabado para ti.

Eres indio.

Ella no te pertenece,

pues es mía.

Pero entonces yo -se pregunta el sujeto-,

¿Quién soy yo?

¿Cuál es mi lugar?

¿Cuál es mi lugar en la mesa ahora que hay una mesa que me separa de ella, ahora que ella ya no es mi espacio y mi alimento?

Y por lo mismo:

¿Cuál es mi cama, ahora que la cama de ella ya no es mi cama por que él me ha expulsado de allí?

De modo que la ley simbólica mayor, la prohibición del incesto, ha llegado, se ha impuesto con toda su violencia, con toda su injusticia y con toda su incomprensibilidad.

¿Por qué yo no tendría derecho a poseer el objeto que más deseo y amo? ¿No les parece que algo de este registro late en la recusación queer de la prohibición del incesto?

Ciertamente, el yo, que hasta ahora era ese yo-todo-placer identificado en la Imago Primordial y que no conocía otra dinámica que la del principio del placer, ha sufrido su primera herida, destinada a introducirle en la realidad -es decir: en la lógica del principio de realidad.

Un auténtico regalo, si lo miran bien, dado que el destino de todo ser humano es afrontar lo real.

Pero les insisto en la arista más dura de esta primera ley: es inexplicable. No me malentiendan: es perfectamente explicable a posteriori, como hacemos ahora, pero es imposible explicársela al niño en el momento en que le debe ser impuesta.

No hay posibilidad alguna, en ese momento, de esa explicación y ese diálogo que, al decir de cierta pedagogía amorosa moderna, debe presidir todo proceso educativo.

Ella es suya.

Y Ella, por más que brille, hay algo que no tiene, justo eso que tiene ese otro al que ella desea.

¿Y entonces yo?

¿Yo que me veía en ella, que viéndome en ella cuando ella lo era todo, me sentía omnipotente?

Si no soy ella, si la Imago Primordial ya no me recubre, ¿qué soy yo?

En ese estremecimiento nos detuvimos el último día.

Cierto, el niño puede buscar una respuesta en el espejo, pero, ¿qué ve cuando en él contempla su cuerpo desnudo?

Desde luego, nada que le permita pensarlo, vivirlo, apropiárselo.

Y es que el espejo le devuelve una imagen real, tan real que su singularidad irrepetible, y por eso incomprensible, se le impone con la misma brutalidad de la huella cinematográfica tal y como se manifiesta en el cine pornográfico.

Para manejar eso, para poder vivirlo, para poder apropiárselo, necesita, precisamente, poder no abismarse en esa singularidad que lo separaría absolutamente del mundo de los otros como un ser indeseable.

Necesita, en suma, poder reconocerse en un patrón de deseabilidad.

Esta idea puede parecerles extraña, pero deja de serlo si recuerdan lo que acabo de decirles, es decir, que el primer yo del niño ha nacido por identificación con -más exactamente en- la imago primordial.

El cuerpo que ahora aparece en el espejo, tenga o no pene, se impone por su carácter deficitario e inhomologable: no más que un resto, un desecho corporal.


Deseo que retorna mediado por la ley

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Porque la imago primordial ha caído, porque la mujer deseable que se ha hecho visible con su caída desea a otro,

es fundamental para el niño que en ese momento ese otro, ese tercero cuya presencia ha introducido la prohibición, le reconozca en el campo del deseo.

Que por vía de él -y por tanto de manera mediada- retorne sobre su yo el deseo de ella.

Pero dense cuenta: ahora ese deseo vuelve no directamente, sino mediado por ese tercero que encarna la ley que, como tal, asume la tarea de decirle al niño si tiene o no tiene el objeto que ella, la madre, prestigia con su deseo.

Les insisto que eso no puede resolverse en el espejo. ¿Acaso no saben de esas jóvenes anoréxicas que están en los huesos pero que, cuando se miran en el espejo, siguen viéndose gordas? ¿O esos muchachos cargados de anabolizantes y de musculatura inflamada que siguen viéndose escuálidos en el espejo?

Necesitan que alguien les diga lo que tienen y lo que son.

Ben: l was just gonna ask Uncle Ethan what he’s gonna do with his saber.

Ethan: Well, l kind of figured to give it to you.

«Alteraciones en la proporción de mezcla de las pulsiones tienen las más palpables consecuencias. Un fuerte suplemento de agresión sexual hace del amante un asesino con estupro; un intenso rebajamiento del factor agresivo lo vuelve timorato o impotente.»

[Freud: 1938, Esquema del psicoanálisis. Parte I. (La psique y sus operaciones), II. Doctrina de las pulsiones]

Tengo la esperanza de que la lectura de El compendio del psicoanálisis les haya hecho ver la utilidad de que los niños jueguen con espadas que les hayan sido otorgadas por sus padres o, en su defecto, por otros varones adultos que puedan ocupar su lugar de donantes simbólicos: pues sin cierta agresividad no hay acto posible.

El asunto, como en todo, es que ésa sea una agresividad controlada, medida, contenida.

Conviene pues que los niños comiencen pronto el entrenamiento. Pero con la contención y el sentido de la medida propia de un oficial y caballero.

Pues si la espada ha sido recibida de un padre con el que puede identificarse, el niño incorporará también en su relación con la mujer que llegue a ser la suya el respeto con el que vio como él trataba a su madre.


Los símbolos invisten el cuerpo

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Los símbolos invisten el cuerpo, literalmente lo visten, lo textualizan, en la misma medida en que simbolizan la identidad sexual.

La ropa de hombres y mujeres no solo oculta los genitales, sino que los escribe simbólicamente.

Supongo que no dudan de qué simbólica participa la corbata o la falda. -¿Que por qué no llevo corbata? No la necesito, soy lo suficientemente calvo.

Pero por Dios, no entiendan con esto que yo les esté diciendo que deban llevar faldas o corbatas.

Pueden estar seguros de que siempre defenderé su derecho a llevar lo que les dé la gana, siempre que eso no atente contra los demás.

Sólo les llamo la atención sobre como los cuerpos textualizan la diferencia sexual. Y de paso les recuerdo que esa textualización es, a la vez, una vía de erotización.

Younger Debbie: Uncle Ethan, Lucy’s wearing the gold locket you gave her when she was a little girl.

Ethan: Oh.

Younger Debbie: She don’t wear it much on account of it makes her neck green.

Y los símbolos son más que signos: surcan lo real y por eso dejan su huella -manchan.

Lucy: Deborah.

Younger Debbie: Well, it does.

Younger Debbie: But l wouldn’t care if you gave me a gold locket if it made my neck green

Younger Debbie: or not.

Martha: Debbie.

Ethan: A gold locket.

Y bien, Ethan tiene lo necesario.

Ethan: Lucy, where are my saddlebags?


La diferencia sexual

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Younger Debbie: Ooh!

Se dan cuenta de que no es un adorno femenino sino una medalla militar.

Pero así es el bricolaje simbólico. Y, después de todo, ¿qué mejor adorno femenino que una medalla al valor?

¿Que por qué las mujeres se ponen adornos brillantes?

Espero que nadie se ofenda por una frase como esta.

En todo caso proclamo formalmente -¿tiene por ahí alguien una grabadora para registrar mi declaración?- que en este contexto, cuando hablo de las mujeres, me refiero a los seres humanos, de uno u otro sexo biológico, que asumen posiciones femeninas en la dialéctica de la relación heterosexual.

Y que cuando hable de hombres me referiré a los seres humanos, de uno u otro sexo biológico, que asumen posiciones masculinas en la dialéctica de la relación heterosexual.

Se dan cuenta, el asunto es que decirlo así cada vez resulta demasiado largo y tedioso…

Prosigamos: las mujeres se ponen adornos brillantes precisamente porque carecen del objeto brillante.

¿Que por qué les digo que el falo es un objeto brillante?

Porque el niño como la niña vieron el reflejo de su brillo en la mirada de la madre en la misma época en la que descubrieron que ella sólo tenía una hendidura oscura en su lugar.

Una vez oí a una mujer mayor, de pueblo, decirle a una jovencita a la que le encantaban los pendientes y los collares: hay que ver cómo te gusta todo lo que cuelga.

¿Que por qué los varones se adornan mucho menos?

Porque tienen lo que adorna.

De modo que son las mujeres, las que no lo tienen, las que se adornan.

Hay quienes, así los lacanianos, se refieren a eso como la mascarada de la feminidad, pero les diré que eso me parece conceptualmente inapropiado, por todo lo que de peyorativo hay en la palabra mascarada.

Por mi parte, preferiría hablar de sacerdocio, pues esa escenografía erótica que las mujeres asumen como propia tiene por objeto conducir a los varones hacia el encuentro sexual.

Creo que los psicoanalistas que como Lacan hablan tanto del misterio de lo que la mujer desea se confunden en lo fundamental.

Lo que la mujer desea está muy claro: desea lo que su madre señaló como el objeto del deseo.

Es mucho más problemático el caso del varón.

¿Por qué?

Precisamente porque él vio lo mismo.

Y cuando le dijeron que él lo tenía, se infló de orgullo como un pavo real. Y comenzó a inquietarse cuando tenía cerca de sí uno de esos seres tan raros, las niñas, cuya mera existencia le hacía plausible la posibilidad de perder su tan estimada propiedad.

Ese es, por cierto, el motivo de que el estado de latencia se prolongue en los niños y se acorte en las niñas.

Y ese es también uno de los efectos inesperados de la escolarización mixta: que durante al menos un par de años los niños son víctimas del acoso sexual de las niñas de su edad.

Pero volvamos a lo sustantivo: ¿no les parece que un broche que es una medalla es un perfecto emblema de la feminidad, es decir, de la valentía con la que la niña debe aceptar la realidad de su castración y de la decisión con la que va comprometerse en guiar el más frágil deseo del varón?

Younger Debbie: Look at my gold locket!

Y Debbie la reconoce como su medalla dorada.

Recibida de un héroe.

Como les he anticipado, que es más que un signo, que es un símbolo, que tiene la fuerza de la palabra simbólica, se manifiesta bien en sus efectos sobre el cuerpo:

Younger Debbie: She don’t wear it much on account of it makes her neck green.

(…)


Younger Debbie: But l wouldn’t care if you gave me a gold locket if it made my neck

Younger Debbie: green

Younger Debbie: or not.

Porque no es un mero significante sino una palabra, un símbolo, real, necesariamente roza y mancha, deja una huella indeleble en el cuerpo que la recibe.

En cierto modo, lo quema.

Martha: Oh, it is pretty.

Martha: Ethan, I think she’s too young–

Ethan: Oh, let her have it.


Así, ante lo real del sexo, lo masculino y lo femenino comparecen como dos significantes dotados de densidad simbólica:

una espada

y un broche.

Es decir, un adorno que brilla, que atrae la mirada, y una espada capaz de apuntar hacia allí y atravesar ese adorno, guiada por su brillo.

Queda con ello anticipada, más allá de la dialéctica fálica -que se declina por la oposición tener / no tener-, la dialéctica genital que se declina en términos de hacer y padecer -pero en la que no deben perder de vista, para no malinterpretarla, que la posición del padecer es la del goce.

Y una advertencia conceptual: tal y como la formulo –hacer versus padecer– no la encontrarán en Freud, pero llegado el momento creo que podré demostrarles hasta qué punto se encuentra allí.

Donde no se encuentra de ninguna manera en Lacan, pues en su discurso todo se detiene en la fase fálica y en la dialéctica del tener y el no tener -como se manifiesta bien en esos dos enunciados lacanianos que rezan la relación sexual no existe y no hay acto sexual.

Ethan: It doesn’t amount to much.

No vale gran cosa para él, el soldado derrotado en el frente.

Pero lo vale todo para la niña que lo recibe, no tanto por lo que significa en sí mismo, sino por quién y cuándo se lo da.

Aaron: Bed, young ladies.

Martha: Yes, Daddy.

Younger Debbie: Thank you, Uncle Ethan.


Ethan, Martha, Aaron

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(dog barking)


Poderoso siempre el sentido compositivo de Ford.

Ella es el tema del conflicto mudo entre los dos hermanos.

Y ella reina en la casa desde la cocina.

Ya sé, les parecerá un tópico, pero dejará de parecérselo desde el momento que, con el psicoanálisis, tomen conciencia de la importancia decisiva del lazo que, en torno al alimento, se crea en el origen -en esa etapa que Freud designa como la fase oral.

Ethan: Passed the Todd place coming in. What happened?

Reparen en que Ethan está sentado en una mecedora.

Hablaremos de ella cuando aumente su protagonismo en el final de la escena.

Aaron: Gave up, quit, went back to chopping cotton.

Aaron: So did the Jamisons.


¿Se dan cuenta de que el arco de la espalda de Ethan traza una curva que concluye en la cabeza de Martha?

Y desde allí la mirada a la vez amorosa y preocupada de ella conduce hacia él, quien está adivinando su presencia, su proximidad.

Aaron: Without Martha…

Aaron: She just wouldn’t let a man quit.

Aaron: Ethan, I saw it in you before the war.

Aaron: You wanted to clear out.

Aaron: You stayed beyond any real reason. Why?

Retrocedamos para atender al tejido de miradas de la escena:


Martha mira a Ethan.

Ethan lo adivina y gira su cabeza hacia ella.

Aaron: Without Martha…

La mirada de ambos se encuentra en el momento en que Aarón, desde fuera de campo, pronuncia el nombre de ella


lo que hace que ella baje la mirada primero

y luego la dirija a Aaron, reconociéndole como su dueño.


Y por cierto que Aaron está orgulloso de su propiedad.

Pero está, igualmente, enamorado, de modo que ella, a su vez, es dueña de su deseo.

Aaron: She just wouldn’t let a man quit.

Y que eso es así, es algo que él mismo verbaliza.

La versión española lo traduce como: Ella no me permitiría que abandonara.

Lo que ciertamente no es la solución idónea, pues escamotea muchas cosas del original.

Especialmente la manera como él mismo comparece en su frase como un hombre. Es decir: queda señalado el poder de ella, como mujer, por lo que se refiere a la identidad de él como hombre.

De modo que si el renunciara como los otros, si abandonara sus tierras y retornara al Este para volver a ser el peón agrícola que una vez fue, perdería, ante la mirada de ella, su condición de hombre.

No puede extrañarles, por ello, que la espada de Ethan presida el salón familiar colocada sobre la chimenea.

Se dan cuenta de lo trágico del asunto: dado que si ella ha impuesto quedarse allí ha sido porque no ha dejado de esperar el retorno de Ethan.


Ethan sigue mirando a Martha.

De modo que Aarón reclama su propiedad:

Aaron: Ethan,

Ethan mira a Aaron, Martha vuelve a mirarle a él.

Aaron: I saw it in you before the war.

Aaron: You wanted to clear out.

Hubo un tiempo en que tú también quisiste irte.

Aaron: You stayed beyond any real reason. Why?

Evidentemente, Aaron está preguntando a Ethan por su deseo.

Pero, más que eso, le está señalando su propiedad, quiero decir, está reclamando la ley que hace de Martha su mujer.


Observen el cambio de plano.

Lo motivan dos cosas: una, la entrada de Martha en su intento de mediación entre los dos hermanos.

Martha: Aaron, please–

Ethan: You

Ethan: asking me to clear out now?

El otro motivo es el que responde a la pregunta de Aaron.

Quiero decir: a su auténtica pregunta, que no es por qué quiso irse, sino por qué ha vuelto ahora.

Retrocedamos, porque la respuesta ya ha sido escrita:

Aaron: You stayed beyond any real reason. Why?


Lo ven, ¿verdad?

Se trata de la mecedora.

Ford ha querido que ahora no solo se centre en cuadro sino también que reciba una luz que no tenía hace un momento:

Cosas del cine. Si hace un momento ninguna luz la iluminaba,

ahora recibe la luz suficiente para que descubramos que su respaldo es amarillo.

Sintonizando entonces con el fuego de la chimenea con el que, sin duda, hace tan buena pareja una mecedora.

De modo que por eso ha vuelto: no solo porque ama a Martha, sino también porque comienza a sentirse viejo y desea tener una mecedora junto al fuego.


Ethan, Moss y la mecedora

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Se dan cuenta de que ese es un hilo que tiene su alcance en el film, pues ese deseo coloca a Ethan muy cerca de Moss -es decir: Moisés- el loco.

Ethan: Couldn’t be two like that in the whole world.

La escena que ahora les muestro -situada mucho tiempo después en el film- comienza con una pincelada humorística, pero eso en nada resta dramatismo a lo que sigue.

Ethan: Mose!

Ethan: Mose Harper!

(speaks ln spanish)

(Mose whooping)


Moss está loco, ¿quién lo duda?

Martin: Hey , Mose! Sure is good to see you!

Ethan: Mose, you look mangier than ever.

Moss, estás más sarnoso que nunca, le dice Ethan.


Ethan: How about a drink?

Mose: Yes, sir. Thank you kindly.

Ethan: Tequila.

Mose: Ain’t been too good.

Moss se lamenta de sí mismo.

Mose: No, sir. Not too good.

Mose: Getting old.

Está envejeciendo y lo sabe.

Ethan: You were born old.

Y no es verdad que siempre haya sido viejo.

Es Ethan quien quisiera verle así, para no tomar conciencia de su propio envejecimiento.

Mose: Been helping you, Ethan. Been looking all the time.

Ethan: Well, reward still stands


La recompensa, el dinero, ya no significa gran cosa para Moss.

Atiendan a como asoma la tristeza en el rostro de Ethan.

Mose: Don’t want no money, Ethan.

Mose: No money, Marty.


De modo que Moss proclama su deseo.

Y al hacerlo nombra el deseo de Ethan.

Mose: Just a roof over old Mose’s head…


Solo quiere un techo sobre su cabeza.

-observen de nuevo el rostro de Ethan-

Mose: and a rocking chair by the fire.

y una mecedora junto al fuego.


Mose: My own rocking chair by the fire, Marty.


El signo, el símbolo y lo real

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Martha: Aaron,

Martha: please–

Ethan: You

Ethan: asking me to clear out now?

Aaron: You’re my brother, Ethan. You’re welcome to stay as long as you have a mind to.

Aaron: That right, Martha?

Martha: Of course it is.

Ethan: I expect to pay my way.

Ethan: There’s 60 Double Eagles in there.

Ethan: And twice that much here. Yankee dollars.

Martha decide interponerse y poner fin a la velada.


Sus manos se tocan mientras que Aaron contempla extasiado las monedas.

Aaron: That’s fresh minted.

Aaron: There ain’t a mark on it.

Monedas demasiado nuevas, recién salidas de fábrica.

Ya les he dicho que su condición de monedas demasiado nuevas es uno de los precisos indicios de la condición de forajido de Ethan.

Pero no se agota en ello el sentido que en el texto alcanzan estas monedas tan absolutamente nuevas.

¿Con qué otra cosa del texto correlacionan?

No hay duda, con los símbolos recibidos por los niños:

Es la oposición del signo y el símbolo: de lo semiótico a lo simbólico.

El signo, el significante, es limpio, sin marcas, pura diferencialidad.

Cualquiera puede enunciarlo, pero como signo, es independiente de toda enunciación.

Y por eso mismo, posee significado, pero carece de sentido.

El símbolo, la palabra, en cambio, es real: sólo existe cuando alguien lo enuncia, y de ello, y del momento en que es pronunciado, depende su sentido.

Como les decía: el símbolo conforma al sujeto, dejando en él una huella indeleble.

Todo lo contrario al signo, y todo lo contrario especialmente a la que sería su expresión más pura: el dinero, significante universal y abstracto y por eso mismo absolutamente vacío de sentido.

Pero hay todavía en este asunto de la oposición entre los símbolos y los signos, tal y como se manifiesta en el contraste entre la espada y la medalla frente al dinero, un aspecto más importante si cabe.

¿Cuál?

Ese dinero, a la vez que nuevo, contante y sonante, es el resultado de una victoria: Ethan ha triunfado arrebatándoselo a sus enemigos.

Todo lo contrario sucede por lo que se refiere al sable y la medalla, que bien patentemente proceden de una derrota.

Pero, en este contexto, hay que manejar con cuidado la palabra derrota: sin duda, Ethan, como soldado, en la guerra, ha sido derrotado, su narcisismo guerrero ha recibido, con ello, una herida.

Pero, en tanto que la ha soportado, en tanto que la ha incorporado, como sujeto, en esa que es la dimensión del sujeto y que no es, por tanto, la narcisista, yoica, sino la simbólica, ha estado a la altura de su prueba: frente a lo real, ha dado la talla, ha luchado, no se ha rendido.

¿Que no ha vencido?

Pero es que a lo real no se lo vence nunca.

Lo real, tarde o temprano, necesariamente, nos derrota.

De modo que el héroe no es el que lo vence, sino el que le hace frente.

Por eso el sujeto, el héroe, se forja en sus derrotas. Mientras que de las victorias, en cambio, nadie aprende nada.

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