8. El eterno retorno


Sacrificio, Así habló Zaratustra, Solaris, Stalker

Jesús González Requena
Seminario Psicoanálisis y Análisis Textual
2008/2009 La Diosa del Agua (Andrei Tarkovski)
Sesión del 27/02/2009 (19/12/2009)
Universidad Complutense de Madrid

 

 


Un espejo crucificado

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En el punto de partida de la escena de Sacrificio en la que Alexander visita a María -con la esperanza de que ella detenga el fin del mundo- se encuentra la Virgen y, junto a ella, un florero de cerámica rosa lleno de flores -no esperemos encontrar árboles aquí: este es un espacio netamente femenino.

Maria: Fue pura casualidad que le oyera llamar.

Y, en seguida, un espejo.

Aunque tardamos en reparar en él, porque nuestra mirada se fija primero en el crucifijo que tiene delante. Y luego, en seguida, en las fotografías familiares que lo rodean.

Sólo cuando aparece una luz en su interior y con ella ciertos movimientos, el espejo se impone a nuestra mirada.

Maria: El queroseno se acabó y me levanté a llenar la lámpara.

Tiene dos rasgos esenciales.

El primero es que es un espejo borroso.

El segundo, que esa borrosidad está en relación directa con la neta definición del bien iluminado y definido crucifijo que hay delante de él.

Es, podríamos decir, un espejo crucificado.

Resulta evidente, en cualquier caso, que la posición de ese alto crucifijo delante de él y pegado a su marco lo inhabilita como espejo en el que uno pueda mirase a sí mismo.

Y, así, este especial espejo se convierte en marco de ese crucifijo.

De modo que, quien se coloque ahí, frente a él, no tanto se verá a sí mismo, como se verá a sí mismo mirando a ese crucifijo.

Como si Cristo, entonces, tuviera la función de contener el espejo.

De frenar la eterna repetición alucinatoria y especular que amenaza siempre al universo tarkovskiano.

 


El susurro siniestro del enano

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Retrocedamos ahora al comienzo del film, solo un instante después del monólogo sobre el árbol seco y la leyenda del monje.

En su camino de retorno a casa, Alexander y su hijo se encuentran con Otto, el cartero, quien no trae otro mensaje que el de su propia vivencia de desrealización:

Otto: Siempre me he sentido como si… me encontrara en una estación de tren. Y siempre he sentido que lo que sucedía no era la vida real, sino una espera… una espera por algo real.

La vivencia de desrealización, es decir, de falta de realidad, es una de las características más comunes de la psicosis -y, dicho sea de paso, recorre toda la obra de ese cineasta con cuyo equipo realizó Tarkovski Sacrificio: Ingmar Bergman.

Otto: A veces pienso en cosas extrañas, te lo aseguro.

A veces pienso en cosas extrañas.

Curioso enunciado éste.

No lo es, por ejemplo, este otro: un hombre me ha contado cosas extrañas.

Pues en este caso es otro hombre el que lo cuenta y las cosas que cuenta, cuando las escucho, al reconocerlas como diferentes a las mías, las siento extrañas.

Pero en cambio, en este enunciado –A veces pienso en cosas extrañas– soy yo quien las piensa, y por eso, porque proceden de mí, esas cosas que pienso no deberían resultarme extrañas.

De modo que esa extrañeza, la de sentirme habitado por ideas que no son mías, posee un cierto aroma siniestro.

Otto: Como en aquel enano, por ejemplo. Aquel enano de mala fama

Mientras oyen como se despliega la larga mención de Otto a Así habló Zaratustra, no pierdan de vista la casa del fondo, referencia visual constante de la secuencia.

Alexander: ¿Qué enano? Ahora sí que has logrado dejarme descolocado.

Otto: Sabes a quien me refiero: al jorobado. El de Nietzsche. El que hizo que Zaratustra se desmayase.

Alexander: ¿que se desmayase? ¿Qué dices? Pero, ¿conoces a Nietzsche?

Otto: No, personalmente, no.

Otto: No lo he estudiado tan a fondo. Pero… Me interesa, no puedo negarlo.

Alexander: ¿Y?

Otto: A veces le doy vueltas a cosas como el eterno retorno.

La cita es explicita. Y resulta bien evidente su motivo, pues el eterno retorno es la invasión del tiempo por la lógica del espejo: habría una imagen especular de todo suceso; todo habría sucedido ya y todo habría de volver a suceder de manera idéntica una y otra vez.

Y dado que el tiempo es infinito, a su vez esas repeticiones lo serían igualmente.

De hecho, lo hemos contemplado, realizado, en El espejo: allí, Andrei es el retorno de su padre Arseni, como su hijo lo es de él mismo.

Y lo mismo por lo que se refiere a su madre, que retorna y se repite en su esposa.

Otto: Vivimos, tenemos nuestras preocupaciones… tenemos esperanzas… esperamos algo,

Otto: tenemos esperanzas, las perdemos, nos acercamos a la muerte. Finalmente morimos. (Se escucha un trueno). Y nacemos de nuevo, pero sin recordar nada.

Otto: Y todo comienza de nuevo, desde cero.

Otto: No exactamente igual, ligerísimamente diferente.

Otto: Pero aun así, es tan desesperanzador y no sabemos por qué.

Otto: Sí… no, de hecho… es exactamente igual, literalmente lo mismo.

Otto: Una representación de la misma obra, por así decirlo.

Otto: Si lo hubiera podido crear yo mismo, lo habría hecho así. Suena cómico, ¿verdad?

Aparentemente Alexander escucha sin interés el diálogo de su amigo el cartero.

Pero, sin embargo, no se aparta de él más que Nietzsche de su enano. De hecho, avanzado el film oiremos decir de él a su hija mayor:

Marta: Dice que él y el chico fueron japoneses en una vida anterior.

Otto: Una representación de la misma obra, por así decirlo.

Otto: Si lo hubiera podido crear yo mismo, lo habría hecho así. Suena cómico, ¿verdad?

Suena cómico, pero suena igualmente siniestro.

De hecho, como tal lo vivió Nietzsche: como una idea aterrorizante que se le impuso en uno de sus paseos campestres.

Al parecer, nada más volver, se lo contó a Lou Andreas Salome en un susurro, como si tuviera miedo de sus propias palabras -como, precisamente, si esas palabras no fueran suyas y tuvieran un poder aniquilante.

Y de hecho, este rasgo revelador -el del susurro asustado- quedó escrito en Así habló Zaratustra.

Repasémoslo: es un intertexto directamente suscitado por Sacrificio:

«Sombrío caminaba yo hace poco a través del crepúsculo de color de cadáver, sombrío y duro, con los labios apretados. Pues más de un sol se había hundido en su ocaso para mí.»

[Friedrich Wilhelm Nietzsche, 1883-1885: Así habló Zaratustra, traducción de Andrés Sánchez Pascual. Alianza Editorial, 2006]

El paisaje mismo descrito por Nietzsche es siniestro, no solo sombrío, pues, ¿cómo es un crepúsculo de color de cadáver? ¿Quizás así?:

¿O así?:

«Un sendero que ascendía obstinado a través de pedregales, un sendero maligno, solitario, al que ya no alentaban ni hierbas ni matorrales: un sendero de montaña crujía bajo la obstinación de mi pie.

«Avanzando mudo sobre el burlón crujido de los guijarros, aplastando la piedra que lo hacía resbalar: así se abría paso mi pie hacia arriba.»»

[Nietzsche: Así habló Zaratustra]

¿Qué es un sendero maligno?

¿De qué índole de malignidad se trata?

El caso es que del mundo entono empieza a emerger un murmullo maligno y burlón.

 


Desdoblamiento, circularidad

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«Hacia arriba: a pesar del espíritu que de él tiraba hacia abajo, hacia el abismo, el espíritu de la pesadez, mi demonio y enemigo capital.

«Hacia arriba: aunque sobre mí iba sentado ese espíritu, mitad enano, mitad topo; paralítico; paralizante; dejando caer plomo en mi oído, pensamientos-gotas de plomo en mi cerebro.

«Oh Zaratustra, me susurraba burlonamente, silabeando las palabras, ¡tú piedra de la sabiduría! Te has arrojado a ti mismo hacia arriba, mas toda piedra arrojada – ¡tiene que caer!»

[Nietzsche: Así habló Zaratustra]

Es aquí donde aparece el enano, como un desdoblamiento del propio narrador.

Su primera manifestación es la de un demonio enemigo que arrastra hacia el abismo.

Pero la cosa es ambigua, pues se manifiesta sentado sobre él, de modo que su cabeza, la del enano, ha de estar junto a la suya propia.

El rasgo mayor de su presencia, más allá de su aspecto a medio camino entre sátiro y demonio, es el poder extremadamente doloroso de sus palabras, que son vividas como plomo derretido que perfora los oídos de Nietzsche.

Y los perfora con palabras extrañas, como las que asaltan a Otto, el cartero.

De modo que, ¿no es Otto el enano de Alexander?

Lo más notable es que es el enano el que introduce el tema de la circularidad:

«¡Oh Zaratustra, tú piedra de la sabiduría, tú piedra de honda, tú destructor de estrellas! A ti mismo te has arrojado muy alto, – mas toda piedra arrojada – ¡tiene que caer! Condenado a ti mismo, y a tu propia lapidación: oh Zaratustra, sí, lejos has lanzado la piedra, ¡más sobre ti caerá de nuevo!» […]»

[Nietzsche: Así habló Zaratustra]

Lo que sube baja, lo que echas fuera sobre ti retorna, la piedra que arrojas acaba golpeándote en la cabeza.

«Yo subía, subía, soñaba, pensaba, mas todo me oprimía. Me asemejaba a un enfermo al que su terrible tormento lo deja rendido, y a quien un sueño más terrible todavía vuelve a despertarlo cuando acaba de dormirse.»

[Nietzsche: Así habló Zaratustra]

Nietzsche se describe -pues no otro es, obviamente, Zaratustra- como un enfermo.

Y más exactamente como un enfermo psíquico, pues su tormento está relacionado con los pliegues del sueño allí donde estos conducen a la pesadilla.


Iván: Mamá, allí hay un cuco.

«Yo subía, subía, soñaba, pensaba, mas todo me oprimía. Me asemejaba a un enfermo al que su terrible tormento lo deja rendido, y a quien un sueño más terrible todavía vuelve a despertarlo cuando acaba de dormirse.»

[Nietzsche: Así habló Zaratustra]

Los estudios filosóficos sobre Así habló Zaratustra no suelen detenerse en estos rasgos narrativos del texto, por considerarlos una mera investidura poética.

En mi opinión, sin embargo, muestran con claridad como la locura del filósofo ya había comenzado. Pues Zaratustra aparece como una construcción delirante de sí mismo, una figura gigantesca -nada menos que el profeta del superhombre, y en cierto modo ya el primer superhombre- que, a su vez, se desdobla en la figura grotesca del enano.

«Pero hay algo en mí que yo llamo valor: hasta ahora éste ha matado en mí todo desaliento. Ese valor me hizo al fin detenerme y decir: «¡Enano! ¡Tú! ¡O yo!» […]

«»¡Alto! ¡Enano!, dije. ¡Yo! ¡O tú! Pero yo soy el más fuerte de los dos -: ¡tú no conoces mi pensamiento abismal! ¡Ése no podrías soportarlo!»»

[Nietzsche: Así habló Zaratustra]

Un desdoblamiento que es vivido como un tormento intolerable.

«Entonces ocurrió algo que me dejó más ligero: ¡pues el enano saltó de mi hombro, el curioso! Y se puso en cuclillas sobre una piedra delante de mí. Cabalmente allí donde nos habíamos detenido había un portón.»

[Nietzsche: Así habló Zaratustra]

El enano salta, se desplaza fuera del radio corporal de Nietzsche, y así, éste se observa a sí mismo desde otro lugar: son los rasgos de una experiencia de bilocación.

 


El enano habla el eterno retorno

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Dispone entonces Nietzsche los términos de la elegante metáfora espacial con la que va a describir su teoría del eterno retorno.

«»¡Mira ese portón! ¡Enano!, seguí diciendo: tiene dos caras. Dos caminos convergen aquí: nadie los ha recorrido aún hasta su final.

«Esa larga calle hacia atrás: dura una eternidad. Y esa larga calle hacia adelante es otra eternidad.

«Se contraponen esos caminos; chocan derechamente de cabeza: -y aquí, en este portón, es donde convergen. El nombre del portón está escrito arriba: ‘Instante’.

««Pero si alguien recorriese uno de ellos – cada vez y cada vez más lejos: ¿crees tú, enano, que esos caminos se contradicen eternamente?»»

[Nietzsche: Así habló Zaratustra]

Como ven, lo que está en juego es el valor y el sentido del instante presente -es decir, el instante del acto: pues hay ahí un portón que debe ser atravesado- flanqueado por los dos caminos opuestos e infinitos del pasado y del futuro.

La respuesta del enano introduce entonces la idea del eterno retorno:

«»Todas las cosas derechas mienten, murmuró con desprecio el enano. Toda verdad es curva, el tiempo mismo es un círculo.» «Tú, espíritu de la pesadez, dije encolerizándome, ¡no tomes las cosas tan a la ligera! O te dejo en cuclillas ahí donde te encuentras, cojitranco, – ¡y yo te he subido hasta aquí!»»

[Nietzsche: Así habló Zaratustra]

¿Qué papel asume el enano en este exordio filosófico?

Desde luego, no uno socrático. Pues no hay dialéctica ni antagonismo alguno.

Como acabo de señalarles, ha sido la respuesta del enano la que ha anticipado la teoría del eterno retorno que Nietzsche va a formular: Todas las cosas derechas mienten […] Toda verdad es curva, el tiempo mismo es un círculo.

De modo que en algun punto del infinito esos dos caminos se encuentran y funden, y así todo está destinado a ser repetido.

¿A qué viene entonces la ira con la que Nietzsche le insulta?

Sencillamente: a la disociación esquizoide que atraviesa su discurso.

Pues, de hecho, a continuación, sin solución de continuidad, el propio Zaratustra hace propia y prosigue la sugerencia del enano.

«¡Mira, continué diciendo, este instante! Desde este portón llamado Instante corre hacia atrás una calle larga, eterna: a nuestras espaldas yace una eternidad.

«Cada una de las cosas que pueden correr, ¿no tendrá que haber recorrido ya alguna vez esa calle? Cada una de las cosas que pueden ocurrir, ¿no tendrá que haber ocurrido, haber sido hecha, haber transcurrido ya alguna vez?

«Y si todo ha existido ya: ¿qué piensas tú, enano, de este instante? ¿No tendrá también este portón que haber existido ya?»

[Nietzsche: Así habló Zaratustra]

Si lo piensan bien, creo que llegarán a la misma conclusión que yo: que es el enano el que habla; que Zaratustra oye retumbar en su interior su discurso con tal intensidad que se ve obligado a recitarlo y, así, hacerlo suyo.

 


La puerta: la angustia del yo en el instante del acto

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«¿Y no están todas las cosas anudadas con fuerza, de modo que este instante arrastra tras sí todas las cosas venideras? ¿Por lo tanto, incluso a sí mismo?

«Pues cada una de las cosas que pueden correr: ¡también por esa larga calle hacia adelante tiene que volver a correr una vez más!

«Y esa araña que se arrastra con lentitud a la luz de la luna, y esa misma luz de la luna, y yo y tú, cuchicheando ambos junto a este portón, cuchicheando de cosas eternas ¿no tenemos todos nosotros que haber existido ya?

«Y venir de nuevo y correr por aquella otra calle, hacia adelante, delante de nosotros, por esa larga, horrenda calle – ¿no tenemos que retornar eternamente?»

[Nietzsche: Así habló Zaratustra]

Y esa araña.

Esa araña que se arrastra con lentitud a la luz de la luna…Stalker

«Y esa araña que se arrastra con lentitud a la luz de la luna, y esa misma luz de la luna, y yo y tú, cuchicheando ambos junto a este portón…»

[Nietzsche: Así habló Zaratustra]

Escritor: Aquí… ¡aquí hay una puerta!

Ante esa puerta del instante que aguarda se detienen una y otra vez los personajes de Stalker cuchicheando sus inagotables temores.

Stalker: ¡Ahora, hay que ir para allá! ¡Abra la puerta y entre!

«Y esa araña que se arrastra con lentitud a la luz de la luna, y esa misma luz de la luna, y yo y tú, cuchicheando ambos junto a este portón, cuchicheando de cosas eternas…»

«¿No tenemos todos nosotros que haber existido ya?»»

[Nietzsche: Así habló Zaratustra]


Escritor: ¿Otra vez yo? ¿Tengo que entrar yo?

Y lo que de eterno aquí comparece es la indecisión constante del yo ante el instante mismo del acto.

Quizás eso nos explique el motivo nuclear del delirio del eterno retorno: ¿no se tratará de un delirio destinado a permitir al individuo burlar la angustia del momento del acto?

Pues si todo acto ha sido ya repetido, ya no depende de él y, en el límite, no significa nada, dado que en su repetición se agota todo su sentido.

Pero claro está, el efecto de esa negación del acto es necesariamente demoledor: la calle, llena de puertas como esa, se torna horrenda:

«Y venir de nuevo y correr por aquella otra calle, hacia adelante, delante de nosotros, por esa larga, horrenda calle – ¿no tenemos que retornar eternamente?»

[Nietzsche: Así habló Zaratustra]

Horrenda porque de ella no hay escapatoria posible: es la suya una repetición absoluta que aniquila toda libertad y que convierte todo instante en una farsa de sí mismo.

Les decía que no hay diferencia entre las palabras del enano y las de Zaratustra.

De hecho, ha sido él el que ha anticipado la topología necesariamente circular de esas dos calles:


«»Todas las cosas derechas mienten, murmuró con desprecio el enano. Toda verdad es curva, el tiempo mismo es un círculo.»»

[Nietzsche: Así habló Zaratustra]

 


Circularidad: yo no soy yo

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La misma circularidad está presente en la configuración espacial de Solaris, donde la vida de la nave se organiza en torno a un pasillo circular:

Hari: ¡Te debo dar asco!


Si han visto el film, sabrán que eso está en relación directa con el núcleo de la historia.

Se trata de un planeta de agua, todo él un inmenso océano dotado de inteligencia, que realiza los deseos de los investigadores que lo estudian, dando vida a los objetos de su deseo.

Tal es el caso de Kelvin, el protagonista, cuya joven esposa se suicidara años atrás en la tierra,

y de cuyo recuerdo el océano de Solaris genera una dúplica que reaparece una y otra vez por más que el protagonista trate de deshacerse de ella y por más, incluso, que ella misma intente suicidarse.

La escena que ahora les muestro responde precisamente al retorno de ella a la vida tras haber tratado de darse muerte.

Quizás haya ocasión de volver a ello más detenidamente. Pero ahora conviene que nos detengamos en los demoledores efectos psíquicos del eterno retorno: si todo se repite, yo no soy yo, sino tan solo la sombra de otro que ya ha sido.

De ello precisamente habla el fragmento de la escena inmediatamente anterior al que acabamos de contemplar:


(Grito gutural de Hari.)

Hari: ¿Soy yo?

Hari: ¿Qué…? ¿Qué…?

Hari: ¿Por qué? ¿Por qué?

Hari: No… Esta no soy yo… Esta…

Yo no soy yo: he aquí el enunciado mayor que nos devuelve la esquicia central de la psicosis.

Hari: yo… no soy Hari…

Pero claro, si yo no soy yo, puede que nada sea lo que parece ser.

Hari: ¿Y tú…? ¿Puede que tampoco seas tú?

Puede, en suma, que no haya un tú con el que sustentar un intercambio simbólico.

Kelvin: No sigas, Hari.

Hari: ¡No soy Hari!


Hari: Quizás tu aparición debe ser un tormento, o una concesión del Oceano… ¡No sé!

Kelvin: ¡Pero te aprecio más que a todas las verdades científicas!

Hari: ¿Me parezco mucho a ella?

Kelvin: Te parecías.

Kelvin: Ahora no eres ella, la verdadera Hari.

Terrible, ¿no?, lo que le dice cuando intenta animarla.

Pero es que claro, en el régimen del eterno retorno, es decir, en el régimen de lo imaginario desbocado en un abismo de espejos, nada puede ser verdadero.

Hari: Dime, ¿te repugna mucho que yo sea así?

Hari: ¿Me aborreces?

Kelvin: No.

Hari: ¡Mientes!

Kelvin: ¡Cállate!

Hari: ¡Te debo dar asco!

Sucede que la aborrece tanto como la ama, la odia tanto como no puede vivir sin ella.


 


Miedo de los propios pensamientos

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En la misma media en que se abisma en esa horrenda calle, el pánico invade a la enunciación:

«Así dije, con voz cada vez más queda: pues tenía miedo de mis propios pensamientos y de sus trasfondos. Entonces, de repente, oí aullar a un perro cerca.»

[Nietzsche: Así habló Zaratustra]

Tiene miedo de sus propios pensamientos, en tanto los reconoce como extraños.

Son los pensamientos del enano que habita en él y que, sin embargo, se quiere gigante.

¿Y qué me dicen de ese perro al que oye aullar cerca? Podría ser el que habita la Zona de Stalker:

Yo diría, en cualquier caso, que es una figura del todo equivalente al enano -a fin de cuentas, como él, le hiere a través de sus oídos-: se oye aullar de desesperación en él.

No interpreto. Nietzsche lo dice con todas las palabras: tiene miedo de sus propios pensamientos, son sus propios pensamientos, por extraños, los que hieren sus oídos como si fueran plomo derretido o los más agudos aullidos de un perro.

El perro de Stalker, si no aúlla, se hace presente al fondo con un mensaje no menos inquietante. Pues es Anubis, el dios egipcio de las ceremonias funerarias.


«¿Había oído yo alguna vez aullar así a un perro? Mi pensamiento corrió hacia atrás. ¡Sí! Cuando era niño, en remota infancia: entonces oí aullar así a un perro. Y también lo vi con el pelo erizado, la cabeza levantada, temblando, en la más silenciosa medianoche, cuando incluso los perros creen en fantasmas: de tal modo que me dio lástima. Pues justo en aquel momento la luna llena, con un silencio de muerte, apareció por encima de la casa, justo en aquel momento se había detenido, un disco incandescente, detenido sobre el techo plano, como sobre propiedad ajena: esto exasperó entonces al perro: pues los perros creen en ladrones y fantasmas. Y cuando de nuevo volví a oírle aullar, de nuevo volvió a darme lástima.

«¿Adónde se había ido ahora el enano? ¿Y el portón? ¿Y la araña? ¿Y todo el cuchicheo? ¿Había yo soñado, pues? ¿Me había despertado? De repente me encontré entre peñascos salvajes, solo, abandonado, en el más desierto claro de luna.

«¡Pero allí yacía por tierra un hombre! ¡Y allí! El perro saltando, con el pelo erizado, gimiendo, – ahora él me veía venir – y entonces aulló de nuevo, gritó: – ¿había yo oído alguna vez a un perro gritar así pidiendo socorro?»»

[Nietzsche: Así habló Zaratustra]

El paisaje descrito es, en lo esencial, el mismo que rodea al Stalker -basta, para percibirlo, con considerar que el suyo es un desierto de agua.

Y, llegado el momento, el delirio se disuelve.

Entonces se hace evidente que esos sentimientos extraños le habitan a él, por más que él no pueda reconocerse en ellos.

De modo que el sabor siniestro de la cosa se impone inevitablemente.

Pero atendamos ahora a la emergencia de ese recuerdo de la infancia.

Supongo que perciben la desolación de ese niño que se identifica en el perro que aúlla.

Es decir: que se vive como un perro abandonado que aúlla.

¿Fue esa su primera experiencia de disociación, desdoblándose en ese perro que, tan humano en su temblor y terror, no sólo gemía, sino que incluso gritaba pidiendo socorro?

 


El niño del espejo

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De la Visión y el enigma se encuentra casi al comienzo de la Tercera parte de Así habló Zaratustra.

Y en cierto modo corresponde así a otro fragmento del texto que se encuentra en el comienzo de la Segunda parte: El niño del espejo.

«Una mañana se despertó (Zaratustra) antes de la aurora, estuvo meditando largo tiempo en su lecho y dijo por fin a su corazón:

«»¿De qué me he asustado tanto en mis sueños, qué me ha despertado? ¿No se acercó a mí un niño que llevaba un espejo?»

«»Oh Zaratustra -me dijo el niño-, ¡mírate en el espejo!»

«Y al mirar yo al espejo lancé un grito, y mi corazón quedó aterrado: pues no era a mí a quien veía en él, sino la mueca y la risa burlona de un demonio.

«En verdad, demasiado bien comprendo el signo y la advertencia del sueño: ¡mi doctrina está en peligro, la cizaña quiere llamarse trigo!»

[Nietzsche: Así habló Zaratustra]

Les invito a hacer todo lo contrario a lo que hacen los nietzscheanos, que se toman en serio el último párrafo, para no ver en el resto más que una metáfora de la conciencia alerta del filósofo.

Les invito, en suma, a que vean en ese último párrafo la reacción persecutoria con la que se deshace del contenido de la escena anterior, que hay que tomarse al pie de la letra, pues en ella se mira en el espejo y no se reconoce, ve en él la mueca y la risa burlona de un demonio, de ese demonio extraño que él mismo siente ser.

Esa psicosis que emerge en Nietzsche directamente asociada al desarrollo de su andadura filosófica debe ser tomada en serio.

Pues es precisamente en este momento álgido cuando se formula un enunciado que va a resquebrajar los pilares de nuestra civilización.

Me refiero, desde luego, al que proclama la muerte de Dios.

Ahora bien, si Dios ha muerto, ¿qué podría llegar a contener la potencia imaginaria del espejo?

¿Les extraña esta pregunta?

En cualquier caso, es una de las preguntas mayores del texto tarkovskiano. n